Trescientas... y pico

Elogio de la alpargata

Pedro Sánchez durante la reunión del Grupo de Trabajo que supervisa la repatriación del contingente español en Afganistán (Fuente: Perfil de @sanchezcastejon en Twitter).

La alpargata, las abarcas desiertas de Miguel Hernández, las esparteñas castellanas o espardenyes catalanas, el esparto, el cáñamo o el yute, todas esas fibras textiles naturales a la reconquista de mercados y conciencias, pueden ser hoy, y afortunadamente, un signo de distinción, una manera informal de bien calzar. Tan es así que, a veces y acompañadas de la firma de grandes diseñadores, cotizan a unos precios al alcance de muy pocos. No siempre fue así, bien que lo sabemos. Más bien justo al contrario. Eran todas ellas símbolos precarios y calzado de sumisión, de pobreza, de derrota, de futuro en manos de otros. Es esta una realidad de contraste que es fácil de ver, de entender, pero que a algunos sospechosamente tanto les cuesta comprender.

Son estas últimas, gentes de memoria selectiva, que aprovechan cualquier circunstancia para hacer caja, para ocupar espacio y relevancia en el ranking veraniego de las ocurrencias, siempre dispuestas al chiste fácil, perezosas en la confrontación de ideas. Así parece haber ocurrido a cuenta de las curiosas llamémoslas así– reacciones políticas y periodísticas a las alpargatas que calzaba el presidente Pedro Sánchez en una reunión de coordinación por el desastre de Afganistán.

Vemos así que pareciera que su pensamiento, el de aquellas personas resistentes a la evolución de la mirada, solo desearan beber de aquel otro tiempo y se resistieran con fuerza y ahínco a mirar de cara a esta otra nueva realidad, esa donde los símbolos, los viejos textiles, los gustos se han reinventado y puede que no sean ya lo que ellos piensan que son, y que nada, ni siquiera la simple alpargata, debiera ser menospreciada. Y así sucede que lo que fue una oportunidad de reivindicar un diferente y buen calzar, una forma propia de vestir, de hacer país incluso, se ha convertido en justo su contrario: todo un revival 3.0 del rancio y viejo caciquismo traído a las pantallas de nuestros televisores.

Sánchez preside la primera reunión del Grupo de Trabajo que supervisa la repatriación del contingente español en Afganistán. Fotografía: Pool Moncloa.

Debe ser que cuando los hechos no son suficientes, cuando las ideas naufragan en el frontispicio de la vaguedad mental de un verano tan extraño, es demasiado fácil ver cómo algunos, caso del alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida –pero no solo, porque hasta el gabinete de presidencia participó del desvarío “censurando” los pies del presidente en una segunda entrega fotográfica– recurren al chiste fácil, a la gracieta de gacetillero oportunista y sutil pendenciero, como intento de análisis y menosprecio político: En alpargatas –tuiteó Almeida acusando a Sánchez– uno decide mejor. En verano, tampoco vamos a ponernos zapatos que uno se estresa”.

Sin duda había muchas razones para atizarle al presidente. Para afear sus silencios, para pedir explicaciones sin necesidad de retrotraerse a un mundo imaginario que ya, afortunadamente, no existe, al menos no de la forma cruel y vagamente esclavista que existió durante siglos… ¡pero lo de las alpargatas! Debió pensar el primer edil madrileño que era tan fácil, tan grosero en el imaginario de los más, que no podía dejar pasar la ocasión, aunque a través de ella se escabullera un poso de tiempo viejo y añorado.

Perdonen la confesión, la anécdota si se quiere. Tengo un buen amigo en Caravaca, Juan López, al que he oído relatar en varias ocasiones una historia de esas que enmarcan todo un tiempo, sobre todo aquel tiempo, que describe toda una manera de organizar el mundo, que refleja seguramente como pocos ese poso de relaciones humanas entrecruzadas basadas en una cierta sumisión y de cómo fueron las cosas hasta hace no mucho en este país.

Pues bien, este amigo relata cómo viviendo ellos de “prestado” en una casa en la finca de los señoritos (los dueños de las casas, las tierras, y, puede que algo más, que eso era ser señorito), a la edad suya de 10 u 11 años, su padre le expuso al dueño y señor de aquellas tierras y hacienda su deseo de que su hijo Juan tuviera estudios (así se decía, tener estudios). Y que, para tal fin, habían previsto la posibilidad de meterlo interno en el instituto de una población que distaba unos setenta kilómetros de la casa de la finca dónde toda su familia vivía y trabajaba.

La respuesta del señorito no se hizo esperar. Se supone que contrariado y quizás extrañado al tiempo, como si le costara entender aquellas palabras de su empleado entreveradas de permiso encubierto, aquel atrevimiento, pues bien, su respuesta fue según el relato más o menos de este tenor: “Pero, a ver, buen hombre, dónde va a estar mejor tu hijo Juan que aquí en la finca, con nosotros; aquí el trabajo nunca le va a faltar. ¿Estudiar? Eso vete quitándotelo de la cabeza”.

Afortunadamente el sexto sentido que muchos de nuestros padres y madres, de nuestros abuelos, tuvieron en aquel tiempo, un sexto sentido lleno de incertezas, pero que al tiempo anticipaba esperanzadores sueños de que sus hijos y nietos pudieran volar, hizo que el buen padre no desistiera del empeño familiar de “darle estudios” a su vástago. Juan pudo finalmente estudiar. Interno, claro, la única forma de hacerlo, y con gran sacrificio de sus padres. Fue (lo es todavía, pues eso, como en tantas profesiones, nunca se deja de ser) un gran maestro; sus hijos también pudieron ir a la universidad y hoy empujan sus vidas profesionales hacia nuevos horizontes llenos de retos que aquel señorito, de vivir, le debieran parecer cosa imposible para toda aquella gente de alpargata y ropa precaria que trabajaba para él de sol a sol y 365 días al año.

Suelas de alpargatas (Fuente: Museo del Cáñamo, Callosa de Segura).

Lo que aquel señorito, como tantos otros por otro lado, no debió entender es que un tiempo nuevo estaba empujando y que ese nuevo viento, como un feliz parto, ya nada ni nadie podrían pararlo. Hoy, el país, con sus grandes claroscuros, que los hay, es heredero de aquel empuje y aquellas ansias de mejorar, de aquellos presentimientos de hombres como el padre de Juan, que tomaron decisiones desobedeciendo a quienes, y de alguna manera, se creían dueños de vidas y haciendas.

Cuando estos días asistía atónito, extrañado incluso diría, a toda esa polémica inventada y un tanto estéril del traje sport y las alpargatas del presidente Sánchez, me venían a la cabeza aquellas imágenes, aquel cortijo, aquella tierra de familiar sumisión, como me revoloteaban también las sangrantes palabras y la esperanza rota de Miguel Hernández en su poema de “Las abarcas desiertas”. Y, sobre todo, las veces que, avergonzada y equívocamente, hemos dado por hecho que llevar alpargatas, esparteñas, abarcas… es siempre e ineludiblemente signo de pobreza, de vaguedad, de postración, cuando puede ser, debería ser, también justo su contrario. Un símbolo de fortaleza, de reivindicación, de aceptación del pasado. De la capacidad de reinventarnos.

Fuente: Perfil de Descubre Castañer by Manolo Blahnik en YouTube.

Justo esa nueva imagen que a los nuevos señoritos, a toda esa gente que viaja en deportivos, que a veces ocupa sillones consistoriales, mullidos butacones en consejos de administración, puestos relevantes en gobiernos, tanto les cuesta entender, esa misma gente que se cree que pueden dar lecciones de vida cada vez que hablan, que pueden decidir quién estudia y quién no. No saben, no han descubierto, todavía, que unas buenas alpargatas, unas buenas abarcas, compiten con ventaja en los escaparates de los mejores comercios de las grandes avenidas de las grandes ciudades. Y que caminar, soñar y decidir el mañana muy posiblemente se hace más y mejor si los pies están cómodos. Y descansados. Y, sobre todo, libres de ataduras. Aquellas que rompieron todos aquellos buenos padres y madres como los de Juan.

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Pepe López

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    • Gracias Maruja Moyano por tu comentario… no siempre la modernidad debe levantarse sobre las cenizas de lo que fuimos; a veces, incluso, se diría que una y otra deberían ir de la mano si de verdad nos queremos como sociedad.

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