Trescientas... y pico

Las residencias del futuro: una noticia que casi no lo fue

(Fuente: https://www.lasexta.com/).

Venimos de donde venimos. De la beneficencia y de los asilos de ancianitos de anteayer, regidos mayormente por órdenes religiosas. Y estamos donde estamos, en un paisaje donde florecen como setas las macrorresidencias privadas, lugares mayormente donde el maltrato no se ve pero se palpa, entornos donde las palabras que rigen su funcionamiento son también mayormente términos como negocio, rentabilidad, margen de beneficios, esas cosas.

Venimos de donde venimos y estamos donde estamos. En parte, porque hay terrenos, espacios, donde es más fácil no legislar, no obligar a cumplir la ley, no pensar, dejar que la iniciativa privada resuelva “el problema”, que el negro y la oscuridad presidan la estancia, pandemia por medio, pero no solo. Y todo en medio de una selva y una maraña legislativa que permite algunas (pocas) buenas experiencias de residencias para personas mayores y otras (las más) pensadas, contempladas, como mera extensión de una cuenta de resultados que cabalga a lomos del negocio que va de los años finales de la vida a la muerte.

Fotografía: Gerd Altmann (Fuente: Pixabay).

En medio de la orgia bélica y del canto a la renacida política de bloques que ha sido la celebración de la cumbre de la OTAN en Madrid, ha pasado como de puntillas, un tanto desapercibido, un hecho noticioso que debería haber tenido amplio eco y haber protagonizado un serio debate entre nosotros, presentes y futuros usuarios. Me refiero al acuerdo entre el Gobierno y las comunidades autónomas sobre qué tipo de residencias para personas mayores queremos a  futuro en nuestro país, la actualización del modelo, su misma concepción, los espacios, los servicios, el personal, sus objetivos, esas cosas, esos principios de cuidado y derechos que debían presidir los últimos años de la vida, de cada una de nuestras vidas.

Sucedió el martes 28 de junio y se celebró lo justo, especialmente por parte de la ministra de Derechos Sociales, Ione Belarra, que declaró, solemne, con una pizca de emoción y en un vídeo grabado, la importancia histórica del asunto. “Uno de los acuerdos más importantes de esta legislatura”. Eso dijo. Y, rápidamente, pasamos página, como pasamos página cuando el asunto no nos gusta y preferimos ocultarlo bajo la alfombra del no saber, del no querer, porque así esa realidad pareciera que dejara de estar ahí, de mirarnos a la cara y de frente. De pedirnos cuentas.

La propuesta del Ministerio un mínimo entre mínimos, un acuerdo genérico, sin clara financiación– salió adelante por los pelos. Y eso sí, después de ser ampliamente cepillados y rebajados sus principios rectores, de modo que no incordiasen demasiado, que permitiesen ese mínimo consenso. Y aún y así solo obtuvo el respaldo de diez comunidades autónomas y el voto en contra –todas las gobernadas por el PP y la Castilla La Mancha del socialista García Page– de las nueve restantes, lo que ya supone todo un mal augurio, un negro presagio, un camino plagado de espinas del futuro que le espera a la norma.

En una de las escasas crónicas donde se daba cuenta del asunto pudimos leer que “Las residencias (del futuro) deberán funcionar de forma más parecida a un hogar”, lo que como principio está bien; igualmente, que en ese futuro incierto y a partir de ahora “se prohibirá la construcción de macrocentros para mayores (el tamaño máximo se sitúa entre 75 y 120 plazas, en función de dónde se emplacen)” y que “se elevarán las exigencias de personal”. Lo cual no estaría mal del todo, si, además, se hiciera cumplir, y no como ahora, cuando sabemos y conocemos que la mayoría de las escasas sanciones que levantan las administraciones es por esto mismo, porque ni siquiera la raquítica norma que lo regula, se cumple ahora. No es mucho, ya digo, pues venimos de donde venimos.

Fotografía: Gerd Altmann (Fuente: Pixabay).

La negociación, cuentan, ha sido complicada y tediosa. Y, para recabar los apoyos suficientes se han ido flexibilizando exigencias a medida que han ido avanzando las discusiones. Seguramente este acuerdo de mínimos ha sido la pizca de decencia que ha hecho emerger una pandemia y los miles de muertos en condiciones de absoluto abandono que hemos ido conociendo. Sin todo eso, sin esa pandemia, sin las lacerantes muertes de personas mayores en residencias, seguramente todo habría continuado más o menos igual. En la sombra.

Solo por dar algunos datos que ilustran el panorama de las residencias de personas mayores en España, vemos que el cuadro nos revela un paisaje presidido por la dejación de las administraciones en la preservación del derecho al buen trato de las personas que por unas u otras razones se ven en la tesitura de pasar sus últimos años de vida en estos centros; esta misma realidad nos ilustra de que la dejación de las diferentes administraciones en la creación de plazas públicas es endémica y ha llevado a que la privatización del servicio supere hoy en día el 60 %. Y, consecuencia de ello, la penetración de grandes fondos de inversión atraídos por rentabilidades de hasta o superiores al 20 % ha sido exponencial en los últimos años. Todo ello hasta el punto de que el por algunos llamado el “ladrillazo de las residencias” ha convertido al sector en uno de los más atractivos en rentabilidad para muchos fondos de inversión, que, de paso, se han convertido en un auténtico contrapoder de intereses no siempre compatibles con el respeto, los derechos y el buen trato.

Dando de comer en una residencia durante la pandemia (Fuente: RTVE).

A veces, solo a veces, el ruido de las bombas que caen y las que se proyectan a futuro como garantía de ese mismo futuro, nos impiden ver el bosque que tenemos delante. Es un bosque donde abunda el maltrato y el olvido, y donde las buenas intenciones de un gobierno plasmado en este acuerdo de mínimos sobre cómo deberían ser las residencias del futuro, es posible que no sirvan de mucho. Su escaso eco mediático, su magro apoyo político, así lo hace temer. Ya lo dijo un tal Mariano Rajoy a propósito de la Ley de la Memoria Histórica de José Luis Rodríguez Zapatero que debería haber servido mayormente para sacar de las cunetas a las decenas de miles de víctimas de la guerra civil y de la dictadura que, en su gran mayoría, aún siguen allí. “No fue necesario derogar ninguna ley, bastó con no dar un duro”, dijo ufano el propio expresidente del gobierno.

Seguramente suceda ahora algo parecido. Ni siquiera será necesario derogar este nuevo marco regulatorio que, ciertamente, algo mejora lo anterior, que claramente supera el buenismo y la beneficencia de dónde venimos, las propias leyes del mercado en la que estamos. Bastará con hacer que no se cumpla, que sea un envoltorio vacío. Con no dar un euro más.

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Pepe López

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