Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Opinión

El acoso no es un duelo: es un sistema.

Fuente: www.depositphotos.com.

Y solo se detiene cuando toda la comunidad deja de mirar hacia otro lado.

Cuando hablamos de acoso escolar o violencia en el entorno educativo, seguimos cayendo demasiado a menudo en una idea simplificada: la de un conflicto entre dos personas. Uno estuvo de acuerdo, otro sufre. Y entre ambos, una serie de silencios, dudas y reacciones tardías que acaban determinando el desenlace. Pero esa mirada es incompleta. El acoso no es un choque aislado entre dos alumnos; es un fenómeno relacional, sostenido por dinámicas de poder, por testigos, por respuestas adultas y por una cultura institucional que, si no actúa con claridad, puede terminar alimentándolo. La criminología educativa ayuda precisamente a entender eso: que el daño no nace solo del hecho violento, sino del entorno que lo permite, lo minimiza o lo normaliza.

En ese sentido, el acoso escolar se parece más a un sistema de seguridad fallido que a un incidente puntual. La seguridad privada lo sabe bien: la seguridad 100 % no existe, pero eso no significa resignarse; significa diseñar barreras, protocolos, vigilancia inteligente, tiempos de respuesta y cultura preventiva para elevar al máximo los niveles de protección. En un centro educativo ocurre algo parecido. No podemos prometer ausencia absoluta de conflicto, pero sí podemos construir un ecosistema donde sea mucho más difícil que el daño prospere y mucho más fácil detectarlo, frenarlo y repararlo a tiempo.

Los roles implicados

La primera pieza es la víctima. El alumno o alumna que sufre acoso no solo enfrenta agresiones visibles; también carga con miedo, aislamiento, vergüenza y una sensación de indefensión que puede afectar a su rendimiento, a su autoestima y a su relación con el centro. Muchas víctimas no piden ayuda de forma inmediata porque temen represalias, no confían en que les crean o piensan que soportarlo en silencio será menos doloroso que contarlo. Por eso, cuando la escuela o el entorno educativo llega tarde, no solo llega tarde al conflicto: llega tarde a la protección.

Fuente: www.depositphotos.com.

La segunda pieza es el alumno agresor. Comprenderlo no significa justificarlo. Significa reconocer que detrás de su conducta puede haber aprendizaje de violencia, búsqueda de estatus, falta de empatía o una lectura del entorno en la que agredir le resulta rentable. En criminología educativa importa mucho esta idea: la conducta violenta no se alimenta del vacío, se consolida cuando obtiene recompensa social, miedo en la víctima o indiferencia alrededor. Si el grupo ríe, si los adultos minimizan o si no hay consecuencias claras, el agresor aprende que el poder desequilibrado funciona.

Pero el tercer actor es el más decisivo y, paradójicamente, el más olvidado: los observadores. No son espectadores neutros. Son parte del mecanismo. Unos refuerzan, otros callan, otros dudan, otros ayudan. Y en ese pequeño espacio entre la risa, el silencio y la denuncia se decide muchas veces el futuro del conflicto. Un grupo que protege al agresor convierte el acoso en una conducta rentable; un grupo que lo rechaza, lo desactiva. Los testigos no son un añadido: son una llave. Y su reacción puede frenar o alimentar el problema.

El papel adulto

El profesorado y el equipo directivo son el cuarto pilar. No porque deban cargar solos con todo, sino porque su reacción marca el tono moral e institucional del centro. Cuando un docente detecta, escucha y actúa, no solo interrumpe una agresión; también envía un mensaje a todo el alumno: aquí hay límites, aquí hay protección, aquí hay consecuencias. Cuando, por el contrario, se mira hacia otro lado, se relativiza o se responde con ambigüedad, la escuela pierde autoridad simbólica y el conflicto gana espacio.

Fuente: www.depositphotos.com.

Las familias completan el mapa. A veces llegan antes que el centro, a veces después, y a veces llegan heridas, enfadadas o desorientadas. Su papel es crucial porque sostienen emocionalmente al menor, aportan información que el aula no ve y pueden convertirse en aliadas decisivas de la intervención. Pero también necesitan orientación, claridad y canales confiables. Una familia sola no resuelve un caso de acoso; una familia acompañada, sí puede ser parte de una respuesta sólida. La prevención real no exige familias perfectas, exige familias integradas en un sistema de protección coherente.

Una mirada de seguridad

La orientación, la inspección y los servicios externos cierran el círculo. No deben aparecer solo cuando todo ha escalado, sino como parte de un dispositivo que ordena, supervisa y sostiene. Igual que en seguridad privada la prevención no se improvisa, en el entorno escolar hace falta una arquitectura de respuesta: detección temprana, registro, comunicación, seguimiento y evaluación. No basta con “saber que existe el protocolo”, hay que conseguir que el protocolo se convierta en conducta cotidiana. Ese es el punto donde la institución deja de reaccionar y empieza a proteger de verdad.

Y aquí está la idea diferenciadora: la escuela puede aprender de la lógica de la seguridad. No para militarizarse, sino para profesionalizar su prevención. Igual que una empresa de seguridad no promete infalibilidad, pero sí trabaja para reducir riesgos, anticipar escenarios y responder con rapidez, un centro educativo debe aspirar a lo mismo: detectar señales débiles, formar a su personal, empoderar a los observadores, acompañar a las víctimas, corregir a los agresores y sostener a las familias. No se trata de vivir con miedo, sino de vivir con más garantías.

Conclusión

Hablar de prevención y protección contra el acoso escolar es hablar de dignidad, de responsabilidad y de cultura institucional. No basta con condenarlo cuando ya ha hecho daño. Hay que entender cómo se construye, quién lo sostiene y qué engranajes lo hacen posible. El objetivo no debe ser alcanzar una seguridad perfecta, porque eso no existe. El objetivo debe ser construir una comunidad suficientemente preparada, suficientemente alerta y suficientemente unida como para que el conflicto no se convierta en violencia y la violencia no se convierta en costumbre.

Celeste C. Gil

Criminóloga y directora de Seguridad. Especialista en seguridad escolar. Enfocada en la defensa de decisiones en centros educativos privados e internacionales.

Comentar

Click here to post a comment