Narrativa

Don Quijote viene a Alicante en busca de Dulcinea

Don Quijote y Sancho Panza. Pintura de Wilhelm Marstrand. Colección de Museo Nivaagaard (Fuente: Wikimedia).

Don Quijote, acompañado de su fiel escudero Sancho Panza, al no encontrar a Dulcinea en la Mancha, decide trasladarse a tierras levantinas, donde le han comentado que posiblemente su Dulcinea, como tantas otras personas manchegas, se haya venido buscando las bondades del clima alicantino, el atractivo de sus playas y de tantas otras virtudes de esta zona.

Los encontramos en la Explanada de Alicante montando cada uno en su montura personal, don Quijote montando en su caballo Rocinante y Sancho Panza en su burro, al que él denomina “el rucio”.

Ambos, como decimos, han abandonado su tierra natal, para embarcarse en esta nueva aventura por tierras alicantinas, donde pronto irán descubriendo esas bondades que a ellos les han contado que por aquí existen e irán descubriendo por sí mismos durante su búsqueda de Dulcinea.

Don Quijote dice no haber dejado a nadie en la Mancha digno de triste recuerdo, lo único “triste” es su triste figura. En cambio, Sancho Panza sí dice recordar con cariño a su mujer, Mari Gutiérrez, y a sus dos hijos, pero ante la promesa de don Quijote de hacerle gobernador de la ínsula Barataria, todo lo da por bueno y le sigue fielmente.

Explanada de España, Alicante. Fotografía: YaGeek (Fuente: Wikimedia).

Aquí, rodeados de palmeras, con el murmullo de las olas y la brisa del mar, se sienten fortalecidos para iniciar su búsqueda, y así empieza la aventura.

—Don Quijote: Habedes observar querido Sancho, que las recomendaciones de aquellas personas que nos hablaran de Alicante eran merecedoras de mucho elogio y más observancia de la realidad. Esta tierra desconocida por nos es un portento en belleza, en alegría, en sol y en muchas otras gracias que nos hemos de aprovechar para ensalzar aún más la belleza de Dulcinea en cuanto la encontremos.

—Sancho Panza: Así es, mi señor don Quijote, en llegándome a este lugar, dióme cuenta de esa gran belleza que vos mencionáis. Pero no vislumbra mi pobre entender dónde están los caballos y los rucios, como los que hay en la nuestra tierra.

—DQ: No desesperéis mi buen Sancho, que todo se andará. Lo importante ahora es encontrar a mi señora Dulcinea. Y de paso ir descubriendo estas bellezas naturales, que tanto tú, amigo Sancho, como yo empezamos con agrado a observar. Recuerda que mi buen Rocinante sabrá guiarnos por los vericuetos más interesantes y dignos de mención, para llegar a buen fin y mejor hallar.

Ya sabéis, mi buen Sancho,  que siempre me “ficé” de seguir el rumbo que desee Rocinante en busca de nuestras aventuras… sabéis también, amigo Sancho, que llamo así a Rocinante por ser “nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo”.

—SP: Decís bien, mi señor don Quijote, aunque en mi poco saber no os entienda del todo, pero me doy por satisfecho en acompañaros, y en algún momento encontrar a vuestra amada Dulcinea y también a la ínsula Barataria, para poder ser gobernador en ella.

Acuarela de Salvador Tusell, una de las 350 que aparecen en El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, edición de Luis Tasso, Barcelona, [1894?]. Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla (Fuente: Wikipedia).

—DQ: Tendremos que empezar nuestro deambular por estas preciosas tierras hasta ir encontrando lo que buscamos. Primero nos centraremos en la búsqueda de Dulcinea, porque en cuanto a la ínsula, creo que si mis cansados ojos no me engañan he visto allá a lo lejos, en el horizonte, algo parecido a un gran promontorio que podría ser la ínsula que también buscamos.

—SP: Confío en vos, mi señor don Quijote, y entre sus habilidades y las de Rocinante creo que llegaremos a la satisfacción de nuestros deseos.

—DQ: Pues empecemos sin tardar y sin menguar esfuerzos, por visitar esta gran masa de agua que tenemos a nuestra vera, que no es un río, ya que, como podéis observar, amigo Sancho, es mucho mayor que los ríos que nosotros conocemos, por aquí suelen a esta gran masa de agua llamarle mar.

Nuestros amigos dirigen sus monturas fuera de la Explanada y se van acercando al mar, primero al puerto y luego a la playa del Postiguet, quedando totalmente maravillados de tal gran cantidad de agua, jamás vista ni imaginada por ambos.

Al llegar a la playa intentan dar de beber a sus monturas, pero observan con extrañeza que estas, a pesar de tener sed, reculan para atrás y se niegan a beber de esa agua. A ellos les extraña sobre manera y bajan de las monturas para comprobar el por qué se niegan las bestias a beber de esa agua. Prueban con las manos a beber y automáticamente tiran el sorbo de agua bebido, reculando y sintiendo que esa agua sabe a sal.

Playa del Postiguet actual. Foto: Redacción
Playa del Postiguet actual (Fotografía: Redacción).

—DQ: Por las barbas del profeta, mi buen Sancho, esta agua debe de estar envenenada o maldita por algún genio maligno para que no podamos beberla las personas ni los animales que no sean de la zona.

—SP: Decís bien, mi señor don Quijote, esto debe ser cosa diabólica y no conocida por vos ni por mí.

—DQ: Prosigamos entonces, mi buen Sancho, hasta encontrar agua que no esté poseída por los demonios y podamos beberla.

Nuestros personajes levantando la mirada, observan como en lo alto de la montaña frente a la que están junto a la playa, existe una enorme edificación fortificada, en cuya parte más saliente se observa algo parecido a la cara de un moro con el gorro y todo.

—DQ: Cielo santo, mi buen amigo Sancho, ¿veis lo que mis ojos están observando, allá en lontananza en lo más alto de ese monte?

—SP: Decís bien mi señor, más parece también algo creado por los diablos para asustar a las pobres personas como nosotros, enseñándonos esa gran cara del moro dispuesta a luchar con quien ose acercarse a él.

—DQ: Vive Dios, amigo Sancho, que esta tierra será muy bella, pero encierra enigmas que serán dignos de descifrar. Tendremos que seguir reconociendo estos lugares y preguntando a los nativos, esperando nos vayan aclarando estos misterios.

—SP: Como siempre, mi señor, vuestra lógica es digna de seguimiento y elogio para llegar a buen fin, así pues haremos lo que vos proponéis.

Estando en estas diatribas acierta a pasar cerca de donde estaba nuestra pareja una persona y, sin más, le preguntan por lo que ellos consideran un gran misterio, la persona viandante, aparte de reírse un poco de las tribulaciones de nuestra pareja, accede a comentarles una de las leyendas que pesan sobre la llamada “Cara del Moro” del castillo llamado de Santa Bárbara.

La leyenda de la Cara del Moro

Castillo de Santa Bárbara. Fotografía: Zeiterre (Fuente: Wikimedia).
El castillo de Santa Bárbara está situado sobre la montaña Benacantil. Desde allí se divisa toda la bahía y sus alrededores, lo que le da un gran valor estratégico. Pero lo que más llama la atención es la forma de la roca sobre la que está situado el castillo. Vista desde la playa del Postiguet, se divisa perfectamente la «Cara del Moro».

Aquí os contamos una de las muchas leyendas del origen del nombre de Alicante y de esta roca, la Cara del Moro.

Cuenta esta leyenda que hace muchos siglos, en esta costa levantina, cuando los musulmanes dominaban estas tierras, existió un califa que gobernaba esta bella ciudad. Era un soberano magnánimo y justo al que todos respetaban. Vivía en el castillo junto a su familia, pero entre todos sus hijos, tenía una favorita, su bella hija Cántara, de la que estaba especialmente orgulloso.

La belleza de Cántara era famosa en toda la zona y, por este motivo, llegaron a la ciudad numerosos pretendientes con intención de pedir la mano de la princesa y conseguir su dote. Pero solo dos llamaron la atención de Cántara.

Uno era Almanzor, un bravo general procedente de Córdoba con el que Cántara quedó muy impresionada, por su porte y la fama que le precedía. El otro era un joven llamado Ali que, aunque no le precedía fama alguna, pertenecía a una familia noble, era guapo, apuesto y muy seductor.

Aunque el califa prefería a Almanzor, Cántara no se decidía, así que ante la duda, se decidió poner a prueba a los pretendientes, para que la decisión quedara en manos de Alá. El primero en llevar a cabo una gesta que fuera de su agrado, se llevaría la mano y, por supuesto, la fortuna de la bella Cántara.

Almanzor partió hacia la India a por sedas y especias y abrir así una ruta comercial con el Lejano Oriente. Ali decidió un trabajo que, aunque duro, le dejaba intencionadamente cerca de su amada: quiso abrir una acequia que trajera agua a la ciudad desde la zona de Tibi. Ali comenzó las obras de la acequia con gran interés y entusiasmo, pero enseguida comenzó a dejarlas en un segundo plano, ya que su obsesión en ver a la princesa le tenía nublado el entendimiento. Cuando veía un momento libre, corría a cortejar a Cántara, le hacía regalos, le cantaba romances e intentaba seducirla de mil maneras distintas. Pronto la joven princesa Cántara se vio perdidamente enamorada del joven Ali.

Entonces Almanzor regresó. Había cumplido su misión y traía un barco cargado de especias y ricas telas para el Califa y la bella Cántara. Muy satisfecho, el califa decidió darle la mano de su hija al prometedor y centrado muchacho. Ali, al enterarse, cayó en la desesperación más absoluta. Loco de pena, comenzó a correr desconsolado, y en su desesperación se tiró por un barranco. Al caer al fondo del abismo, la tierra se abrió milagrosamente y brotó el agua de la montaña, llenando la actual presa de Tibi, que desde entonces fue la principal fuente de suministro de agua de esta ciudad.

Cántara al enterarse de la muerte de su amado, decidió seguirle. Ya no podía concebir una vida sin él. Así, Cántara, sumergida en una enorme tristeza, encaminó sus pasos hasta la Sierra de San Julián y, desde allí, se tiró al vacío. Desde entonces este lugar se le conoce como el Salto de la Reina Mora.

Por su parte, el viejo califa, habiendo perdido a su hija predilecta, cayó en una profunda depresión que acabó con él, ya que poco tiempo más tarde, murió de pena. Poco después, su triste perfil apareció tallado en lo alto del monte Benacantil, «La Cara del Moro». Toda la corte y los habitantes de la zona, quedaron muy impresionados y entristecidos por la historia. Así que decidieron hacer algo para unir a los dos amantes aunque fuera en muerte y para siempre. Consideraron una buena solución cambiar el nombre de la ciudad. Unirían Ali y Cántara y como resultado quedó la ciudad con el nombre de Alicante. Consiguieron de esta manera que los dos amados permanecieran unidos, aunque sólo fuera por su nombre, pero para toda la eternidad.

Leyenda extraída de: Jenisse Hernández García,  3.º ESO A, IES Leonardo Da Vinci 

Nuestros personajes, después de oír el relato contado por aquella persona anónima, le dan las gracias y prosiguen su camino en busca de Dulcinea mientras van descubriendo otras zonas alicantinas dignas de encomio.

Siguen arreando a sus cabalgaduras y después de algunas horas de trayecto, de pasar la primera playa, algunas zonas difíciles de atravesar por lo escarpadas que eran, llegan a otra gran extensión de agua, que para ellos era algo aún más impensable que lo que habían visto anteriormente. Era la playa de San Juan, por supuesto ellos no conocían ni el lugar ni el nombre, por lo que su asombro crecía cada vez más, por la gran extensión de agua y por, además, no ser bebible al estar totalmente salada.

Playa de San Juan. Fotografía: Pablo Forcén (Fuente: Wikimedia).

—DQ: Amigo Sancho, esto ya es cosa de genios diabólicos, jamás imaginé que pudiera haber tanta agua junta y no poder beber ni una gota por estar salada, los ríos que conocemos en nuestra tierra, allá en la Mancha no tienen ni comparación con esta gran magnitud de agua.

—SP: Como siempre, decís bien, mi señor, esto es algo increíble, si no lo estuviesen viendo mis ojos, no lo creería.

—DQ: Qué clase de gente vivirá en estos parajes y cómo disfrutarán de toda esta agua si no pueden beberla.

—SP: Arte diabólico es, mi señor, unos tanto y otros tan poco.

Aquí termina la primera parte de las andanzas de don Quijote y Sancho Panza por la zona de Alicante. (Posiblemente seguirá)

Sending
User Review
0 (0 votes)

Francisco Carrión Galera

Paco Carrión (Galecar), nacido en El Daimuz (Oria-Almería), es ya un hombre maduro con intensas “cicatrices” en sus vivencias de todo tipo y a todos los niveles, pero es en esta madurez cuando se pone a escribir un poco más seriamente de cómo lo hacía en su juventud, desgranando en algunos de sus libros, su experiencia en la historia y la vida de España. Desde entonces ha publicado 12 libros de distintos temas, varias obras de teatro y múltiples relatos cortos y poemas, además de tener tres libros pendientes de ser publicados.
Personaje inquieto, aventurero, polifacético, investigador de vivencias, y un largo etcétera. Ello le llevó a trabajar en el cine, en teatro, televisión, salas de fiestas, compañías de revistas y en cualquier faceta que tuviese algo de innovador y bohemio, cultural, festivo o artístico a la vez.

Comentar

Click here to post a comment

*

code

Patrocinadores

Pactos