Narrativa

Diálogo de besugos

Fotografía: Beth MacDonald (Fuente: Unsplash).

He preparado este pequeño monólogo recordando aquellos tebeos antiguos, de cuando los que ahora tenemos nietos éramos niños.

En uno de esos tebeos había unos monólogos que se titulaban “Diálogos de besugos”, de ahí me ha venido la inspiración (después de tantos años) para escribir el que ahora paso a leerles, que no pasa de ser eso… un diálogo de besugos.

—Buenos días.

—Buenas tardes.

—Oiga le he dicho buenos días.

—Y a mí qué me cuenta, yo le digo buenas tardes.

—Oiga que yo no quiero que me cuente nada.

—Si yo no cuento no ve que no llevo nada para contar.

—Pues vaya un cuentista que está usted hecho si no cuenta nada.

—Cada uno cuenta como le da la gana.

—Pero bueno ¿a qué viene tanto cuento?

—El cuento lo tendrá usted, que me viene con lo del cuento.

—Y si no cuenta ¿qué hace ahí parado en la calle, que le puede pillar un coche?

—A mí no me pilla nadie, eso quisiera yo, que me pillaran para subir a la acera.

—Y ¿para subir la acera necesita que le pillen?

—Pues claro, ¿no ve usted que voy en silla de ruedas?

—Pues es verdad, no me había fijado.

—Vaya, además de no ser cuentista, es usted ciego.

—Pues mire, ahora que lo dice, sí que soy un poco cegato.

—Y ¿se da cuenta a su edad?

—Hombre más vale tarde que nunca.

—Y a mí que me importa si es tarde o es nunca.

—¿Para qué es tarde, para lo del cuento o para subir a la acera?

—Oiga, no me líe que me parece usted un poco liante.

—Yo no lío nada, ¿dónde me ve usted la cuerda para liar?

—Ahora me va a decir que necesita una cuerda para ayudarme a subir a la acera.

—Pero ¡qué cuerda, ni qué acera, ni qué niño muerto!

—Oiga que yo no he matado a ningún niño, que solo quiero subir a la acera.

—Y para subir a la acera ¿hay que matar a un niño?

—A un niño no, en todo caso vapulear al alcalde para que habilite las aceras, y podamos subir los que vamos en silla de ruedas.

—Si el alcalde no va en silla de ruedas, ¿para qué quiere habilitar ninguna acera?

—Para que yo pueda subir… ¡so besugo!

—Oiga, lo de besugo lo será usted, a mí ni siquiera me gusta el pescado.

—Pues no lo parece porque cara de besugo sí que tiene.

—Pero bueno, en vez de insultarme a mí ¿por qué no insulta al alcalde que es el que no le arregla la acera?

—Yo insulto a quien me da la gana, para eso soy el insultador.

—Pues el insultador que le insulte, buen insultador será.

—Ahora me viene con trabalenguas.

—De nuevo se equivoca, a mí no se me traba la lengua ni nada.

—Pues dichoso usted, porque a mí se me traban las piernas y no puedo andar.

—Estaría gracioso que anduviera con las piernas trabadas.

—Ya quisiera yo andar aunque fuera con las piernas trabadas.

—Pues trábeselas usted a ver qué tal anda.

—¿Y su padre qué?

Fotografía: Steve Buissine (Fuente: Pixabay).

—Pues no sé, no le conozco.

—¿Qué no conoce a su padre?

—Ni al suyo tampoco tengo el gusto de conocerle.

—Pues vaya un gusto de conocer a otro padre y no conocer el suyo.

—Tanto gusto.

—El gusto es mío.

—Gusto tanto o tanto gusto.

—Yo no tengo que gustarle a usted para nada.

—Pues mucho gusto.

—Váyase usted a hacer puñetas.

—Y eso de las puñetas ¿cómo se come?

—Como todo, con cuchara.

—¿Dónde encuentro yo ahora una cuchara?

—Al lado del tenedor.

—Pero bueno ¿esto es la calle o un restaurante?

—Esto es el cuento de nunca acabar.

—Y ¿por qué no acaba usted el cuento?

—Porque hasta que el alcalde no venga a arreglarme la acera para que pueda subir con mi silla de ruedas, no me pienso mover de aquí.

—Ah, ¿pero usted piensa?

—Como todo el mundo.

—Si piensa… ¡luego existe!

—No existo, soy una fotografía viviente.

—Pues quién lo diría viéndole tan “espabilao”

—Lo que estoy es cabreado por no poder subir la acera.

—Y para subir la acera ¿le hace falta ser una fotografía viviente?

—Eso pregúnteselo al alcalde.

—Si yo no conozco al alcalde ¿cómo le voy a preguntar si es usted una fotografía viviente?

—Oiga, ¡so cegato! váyase a lo de antes… a hacer puñetas.

—No se ponga así por una fotografía de nada hombre.

—Me pongo como me da la gana.

—Pues así no subirá usted la acera.

—Y con su ayuda tampoco.

—¿Cómo le voy a ayudar yo, si me está usted diciendo que lo tiene que hacer el alcalde?

—Ni usted, ni el alcalde, ni nadie. A este paso me veo aquí para siempre.

—Pero ¿a qué paso si usted no anda?

—Ni ando ni quiero hablar más tiempo con besugos como usted… buenos días.

—Buenas tardes.

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Francisco Carrión Galera

Paco Carrión (Galecar), nacido en El Daimuz (Oria-Almería), es ya un hombre maduro con intensas “cicatrices” en sus vivencias de todo tipo y a todos los niveles, pero es en esta madurez cuando se pone a escribir un poco más seriamente de cómo lo hacía en su juventud, desgranando en algunos de sus libros, su experiencia en la historia y la vida de España. Desde entonces ha publicado 12 libros de distintos temas, varias obras de teatro y múltiples relatos cortos y poemas, además de tener tres libros pendientes de ser publicados.
Personaje inquieto, aventurero, polifacético, investigador de vivencias, y un largo etcétera. Ello le llevó a trabajar en el cine, en teatro, televisión, salas de fiestas, compañías de revistas y en cualquier faceta que tuviese algo de innovador y bohemio, cultural, festivo o artístico a la vez.

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