Trescientas... y pico

Correos y los buenos parásitos (cada uno de nosotros)

Fotografía: Pedro Antonio Martínez Robles (Fuente: https://elnoroestedigital.com/).

Nos cuenta la biología que en el proceso de cambio de piel de las serpientes, éstas casi dejan de comer, se vuelven apáticas, y tienen como un periodo transitorio a modo de una ligera hibernación. ¿Estaremos asistiendo nosotros, como sociedad avanzada, a uno de estos cambios periódicos de piel? También nos cuenta esta misma ciencia que el proceso de muda tiene como objetivo deshacerse de los parásitos que se les han ido impregnando en la vieja piel y prepararlas para luchar mejor contra las enfermedades. ¿Serán nuestros rápidos y actuales cambios me pregunto también– el camino de adquirir nuevas fortalezas para poder afrontar mejor el futuro, o será justo para su contrario?

Sucede que una de las realidades a las que de una manera silenciosa, casi imperceptible, nos hemos ido acomodando últimamente es precisamente al vértigo de estar cambiando continuamente de piel, al viejo dicho de que ya casi nada es lo que parece. Esta nueva dictadura de lo cambiante, como si regresáramos al tiempo olvidado de la trashumancia, es la que parece mover los pilares de nuestra vida en la Tierra, la que acuna las nuevas formas de la acción política, la que enmarca las grandes decisiones de la gran economía. Enconados debates como la propia ley trans, por poner un ejemplo reciente, serían de algún modo una derivada de este proceso imparable de cambio, de muda continua, en la que hemos convertido el vivir, y donde como bien sabemos cada vez es más difícil responder a la pregunta qué es ser un hombre, qué una mujer, realidades igualmente difusas y volátiles.

El luminoso libro El infinito en un junco de Irene Vallejo, una de esas obras que aparecen muy de vez en cuando para reconciliarnos con nosotros mismos, con nuestro pasado, con todo lo bello que hemos construido, también con todo el dolor que ha supuesto ese mismo proceso de creación y su perpetuación, sería hoy ya y de alguna manera, casi una obra de arqueología ¡a los dos años de su publicación! Los cambios que han tardado siglos, milenios, en conformar el significado de las palabras, en hacer posible que estas mismas palabras pudiéramos guardarlas en arcanos seguros para conocimiento de generaciones futuras, van hoy tan rápidos que apenas si nos da tiempo de asimilarlos.

El otro día leía curioso una noticia con este titular, uno de tantos por otro lado: Correos lanzará una operadora de móviles. Esto es algo sin aparente mayor recorrido pero que, por esas asociaciones de ideas que empujan nuestro pensamiento, enseguida me llevaron a pensar si esta circunstancia era un hecho aislado o un síntoma de algo más profundo, cambiante, la razón de algunas de las pequeñas neurosis sin nombre en las que andamos metidos en los días oscuros de nuestras vidas, días donde, cabe decirlo, las nubes nos entorpecen ver la infinita línea del cielo. Un síntoma de esa otra realidad de muda constante, enfebrecida, en la que ya nada es lo que parece. Ahí está, como metáfora de esta nueva realidad, el presidente Pedro Sánchez en su reciente gira estadounidense vendiendo producto –así llaman ahora a hacer política, vender producto– a las grandes tecnológicas norteamericanas como si fuera el CEO de una multinacional llamada España. ¿Es esto la nueva política?

Fotografía: Quino Al (Fuente: Unsplash).

Ciertamente, estos cambios son especialmente visibles en el mundo de la economía, que casi siempre son la avanzadilla de todo devenir. Un ejemplo de esta trasmutación podría ser la palabra “Telefónica” que ya no encierra, ni siquiera mayormente, una compañía cuya principal actividad es la comercialización de la palabra entre dos personas que están distantes en el espacio. Así, vemos que en la oferta comercial que esta empresa –ahora llamada Movistar– creada para impulsar las comunicaciones en España, nacida en los albores del siglo XX y nacionalizada por la dictadura franquista, es hoy un auténtico y variopinto supermercado donde lo que menos importa ya es la palabra. Lo mismo te ofrecen TV a la carta, seguros médicos a medida, una alarma o un seguro para nuestro hogar.

Otro ejemplo de esta trasmutación de las palabras, de sus significantes y de sus consecuencias, son los bancos de toda la vida, esas empresas que poco o nada tienen que ver con lo que tradicionalmente eran, iglesias laicas enraizadas en el pueblo, en el barrio, y a las que nos dirigíamos a confiarle nuestros ahorros (si los había) o a pedirles dinero para cumplir nuestros sueños, confiados nosotros, confiados ellos, y donde el empleado, al que conocíamos como uno de los nuestros, nos recibía amablemente con la mejor de sus sonrisas.

Telefonistas (Fuente: Fundación Telefónica).

¿Qué queda de todo ese paisaje? ¿Qué queda de todo el significante de la palabra b-a-n-c-o? Ciertamente no queda casi nada. No solo están desapareciendo físicamente de nuestros pequeños pueblos, de las zonas más alejadas y olvidadas, dejando a millones de personas sin sus necesarios servicios financieros, echando a decenas de miles de empleados a la calle, y sin que nuestras autoridades parezcan muy preocupados por ello, sino que los pocos que van quedando han medio cerrado sus puertas, nos han expulsado al duro asfalto y nos han convertido en paganos por los servicios que dicen nos prestan pero que en realidad les realizamos nosotros a ellos desde el ordenador, el móvil o la tableta.

 Antes, recordémoslo, eran ellos los que nos reclamaban, los que pedían nuestra nómina, pero ahora todo eso ha cambiado. Tanto que si logramos contactar con ellos muchas veces suele ser a través de una voz anónima, de un empleado que ni nos conoce y del que nada conocemos, y tenemos la impresión de que solo nos quieren si ampliamos nuestras relaciones contratando seguros de todo tipo y condición, fondos de los que desconocemos no solo la letra pequeña sino también la gruesa, y que intuimos se acabarán convirtiendo en la puerta de entrada de la próxima estafa legal que sufriremos. La lista de trasmutaciones no para de crecer. Ahí están, por ejemplo, las tecnológicas, las petroleras, los hipermercados, tan parecidos, tan iguales todos, cambiando una y otra vez su piel.  

Cabina telefónica en Negreira, Galicia. Fotografía: Xosema (Fuente: Wikimedia).

La lectura pausada del libro de Irene Vallejo te hace ver cuán dificultoso y largo fue hasta hace no tanto el proceso de creación de la palabra, cuán dificultoso fue encontrar el medio físico que la preservase, las dificultades para encerrarlas en las tablillas de arcilla y madera, en los papiros, en el pergamino, en los códices, hasta llegar al libro de papel con el que crecimos y aprendimos; y cuán dificultosa fue la creación de esos museos de la palabra escrita que fueron las grandes bibliotecas de la historia como la gran Biblioteca de Alejandría, y cuán fácil es la destrucción de toda esa memoria cuando las cosas, como ahora, se aceleran a un ritmo de vértigo donde las cosas mismas, los objetos, las palabras, las empresas, como esa noticia de Correos de antes, ya no son nada de lo que hasta muy poco nos parecía que era su verdadera esencia. Y entonces, cuando ya sabemos que su destino, como el de la serpiente, es mudar de piel a cada poco para tratar de sobrevivir en un mar infectado de parásitos, lo bueno, una buena noticia, es que posiblemente aún no nos hemos percatado del todo de que igual que hay parásitos malos, que te chupan la sangre, que te enferman, de los que hay que desembarazarse para sobrevivir, los hay también buenos, necesarios, imprescindibles para la vida. Como éramos nosotros para con todos ellos, para Telefónica, los bancos, Correos… Y eso, bien mirado, nos puede dar fuerza para pensar que sin nosotros, sin cada uno de esos parásitos buenos, ellos no son nada por mucho que una y otra vez cambien de piel. Esa es la esperanza. Casi la única esperanza.

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Pepe López

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