Narrativa

Camiones de diez ruedas

Imagen: Gerd Altmann (Fuente: Pixabay).

La Navidad empieza temprano a cargar los camiones de diez ruedas de comida que llenan las estanterías de tantos supermercados. Mañana casi todos iremos a vaciar nuestros bolsillos y llenar los carros mientras se frotan las manos y no es por el frío los dueños de tanto descaro.

Algo así pensé esta mañana antes de ponerme a escribir.

Más de mil millones de personas en el mundo pasan hambre cada día. Cada día que nosotros vamos a la compra y nos falta espacio en el maletero del cuatro por cuatro. La nevera de cuatro puertas y un par de congeladores la mantenemos repleta de alimentos ante la inminente amenaza fantasma de un holocausto nuclear o que durante la noche se extinga cualquier vestigio de alimento. Hay tanto de tanto en nuestra sociedad que es probablemente la sociedad más pobre de las últimas décadas.

Por otro lado, y aunque no tenga conexión aparente, el otro día fue justo el día de las personas sin techo que, en España, son decenas de miles y, a las pocas horas, fue el rato de un día del sida. Más de cuarenta millones de personas han muerto desde que esta enfermedad se mostró públicamente en los primeros años de los ochenta del siglo que quedó rezagado hace más de veinte años. las relaciones sexuales, la promiscuidad y el acento en el fleco de la homosexualidad pusieron de manifiesto el VIH. No deja de ser llamativo que todas esas prácticas de cariño que desde tiempos pretéritos ha practicado el hombre de todas las épocas y condiciones y con unas importantes y precarias deficiencias en el ámbito de la higiene, no fueran caldo suficiente de cultivo para acunar semejante mortífera enfermedad.

La Navidad se asoma al escaparate de la vanidad, la verdad es que todo es una gigantesca mentira disfrazada a su vez de consumo que gira como un potente ventilador que esparce la porquería por toda la ciudad y que durante estos días no se ve demasiado, precisamente porque todas las calles están iluminadas con las bombillas de no enterarse de nada.

La Navidad nos embadurna de cosas y cosas, de compromisos de amor de túnel, de tránsito, de obligación de sonreír, de generosidad sellada por todas las calles y esquinas, de muñecos de nieve, sin nieve, de comidas y cenas copiosas salpicadas de dulces y mantecados que aumentaran el nivel de colesterol y tres o cuatro tallas más de pantalón. Todo se repite cada año, la lotería también. Vuelven los décimos de veinte euros, las colas en las administraciones, el gordo, la pedrea, los niños de San Ildefonso, el recuento de las bolas de los dos bombos, el salón repleto de gente y la tele y la radio y las redes y los barcos. Es Navidad y hay que cenar pavo, y langostinos y mus de limón para que entre mejor el solomillo al plato. Vino blanco o tinto según sea para carnes, mariscos o pescado. Pura liturgia que se repite ya tanto, que se hace tan cotidiano y rutinario que la Navidad se hunde porque me parece que empieza a pesar tanto.

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Pablo Guillén

Pablo Guillén empezó a escribir hace algunos años. Un poco para escapar de la rutina de un trabajo que sólo le aportaba un salario. Nada más. Publicó durante algunos años artículos de opinión en un diario local y también participó en algunos encuentros literarios concursando y formando parte en distintas publicaciones.
Tiene tres libros de relatos publicados: “Sombras de luz y niebla”, “Reflejos frente al espejo” y “Lanzarse al vacío y otros relatos”.
Además, tiene el cajón repleto de historias que empujan cada día por nacer, pero la situación actual no es la mejor y como todo el mundo sabe, el dinero no crece por más que riegues esa jodida planta.
Actualmente está inmerso en un nuevo trabajo, sin duda más ambicioso y extenso: su primera novela, aunque declara sin tapujos que se mueve mejor en el mundo de los relatos y puede que le pase un poco como a Oscar Wilde, que sólo escribió una novela, “El retrato de Dorian Gray”.

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  • Admirado Pablo Guillén: Estoy totalmente de acuerdo con tu discurso navideño, tan hermosamente escrito. Pero me extraña que no hayas apuntado a lo que yo considero clave para tantas injusticias y desgracias de esta sociedad consumista e insolidaria, la pérdida de los valores cristianos, esencialmente coincidentes con los meramente humanos y que ciertamente estamos masacrando a todos los niveles y a marchas forzadas. Un saludo cordial.

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