Trescientas... y pico

Tres villanos en el reino de Nevenka

Luis Bárcenas (Fuente: COPE); Juan Carlos I (Fuente: La Sexta); José Manuel Villarejo (Fuente: RTVE); Nevenka Fernández (Fuente: Netflix).

Dicen que el tiempo cura. No se fíen. No siempre es así. A veces, su paso nos golpea tan duro, tan de forma inmisericorde, que podemos perder pie firme, nos hiere tanto que nos hunde más en la ciénaga en la que manoteamos para tratar de salir a flote. También es cierto que otras, y afortunadamente, el pasar de ese mismo tiempo nos reconcilia con lo mejor de nuestro pasado.

Delante nuestro tres claros y precisos ejemplos de lo primero: un rey (Juan Carlos); un policía (Villarejo) y un gerente de partido político (Bárcenas). Y frente a todo ese lodazal, frente a todo ese infierno por venir, emerge, justo ahora, la figura de un hermoso ejemplo y paradigma de lo contrario para salvarnos de tanto negro augurio: Nevenka Fernández.

Juan Carlos, un rey derrotado por su sombra

El primero, por importancia, por relevancia, por ser el prototipo del ángel caído, el nexo que une la oscuridad de un régimen sanguinario, vengativo y oscuro con la conquista de la luz y el futuro, es el exrey Juan Carlos I, y decimos “ex” porque incluso el apelativo de emérito parece exagerado, está como de sobra, y más parece un subterfugio que otra cosa para no dejarle desnudo y a la intemperie. Más ahora que vamos descubriendo el pelaje real de quién había detrás de la tramoya que mostraban los focos y relataban las crónicas cuando todos (o casi) nos creímos parte de la corte.

Juan Carlos I, durante una jornada de caza (Fuente: La Sexta).

De Juan Carlos, poco más que añadir, ya que sus andanzas por medio mundo son suficiente crónica negra para ir engrosando la hondura de la ignominia con la que está embarrando su fulera trayectoria. A cada plano, a casa secuencia que va pasando ante nosotros el caleidoscopio de su impostura, aumenta su fundido a negro.

Pudo romper la tradición y pasar a la historia como el gran rey que hizo posible el advenimiento de la democracia, pero prefirió ser fiel a su estirpe. Pudo cambiar los libros de historia, pero esa misma historia que es el paso del tiempo, nos lo ha devuelto hecho un Saturno capaz de devorar no solo a sus propios hijos –que también–, sino dispuesto a devorarse a sí mismo en un acto de impúdica necrofagia, en otro safari repugnante con tintes antropofágicos.

Villarejo, el príncipe de las tinieblas

Muy cerca de él, de esa figura de exrey dislocado, emerge el gran bucanero de esta serie, el auténtico pirata de las alcantarillas y las cloacas, el comisario José Manuel Villarejo. Es este un personaje de serie B con pretensiones de protagonista principal, la criminal constatación de que no hace falta llegar a ser importante en el escalafón para que tus andanzas acaben importando a casi todos los demás. Y, también, y lo más grave, que supongan una amenaza para los intereses creados de quienes tienen intereses que poner a resguardo.

Este príncipe de las sombras y de las tinieblas es otro buen ejemplo de que el tiempo no lo cura todo, sino que, a veces, muchas veces, es justo su contrario.  Personaje que ha sido amamantado por lo peor de nosotros mismos, es hombre llamado a ocupar amplios espacios (más de treinta causas judiciales le aguardan) en los noticieros del futuro, en los informativos, en las interminables y monotemáticas tertulias con las que nos intentan alimentar.

José Manuel Villarejo (Fuente: RTVE).

La caja de Pandora del excomisario Villarejo promete interminables tardes de gloria en la política nacional en su impulsivo reparto de capazos de mierda a diestra y siniestra. “Las cloacas no generan mierda, la limpian”, eso dijo pavoneándose ante los periodistas que aguardaban expectantes su salida de prisión el muy ladino y como advertencia críptica de lo que está por venir

Bárcenas, un dandy en presidio

Difuminado, capitidisminuido, perdiendo foco si se quiere, pero ahí sigue él, Luis Bárcenas, como muestra palpable de que todo pasado es pura filfa, pura mentira, de que de todo lo que un día se nos dijo nada tenía que ver con la realidad. Bárcenas es la prueba, el hombre que encarna como nadie la gran mentira de una época, un tiempo brumoso envuelto en sobres en “b”, de cuentas en “b”, ideas en “b”, protagonista silente y necesario de la serie de más éxito en un tiempo, Corrupción en Génova 13, ycuya trama de futuras temporadas parece no tener final.

Pero él, Bárcenas recordémoslo– solo era el recadero en ese mercadillo de la corrupción, el botones enfermo de notoriedad que sisaba una parte del recado en sus viajes de ida y vuelta a dónde se guardaban los verdaderos caudales de la empresa. Él, bien lo sabemos también, prefería los fines de semana en Baqueira Beret.  

Pese a su provecta edad, aún pasea garboso y amenazante por las salas de los juzgados de medio país los escasos gramos del dandy chulesco y descarado que un día retrataron las fotos a su llegada a uno de sus muchos aeropuertos. Con traje de presidiario, sí, pero aún podemos entrever al gentleman que fue, el que hacía como que trabajaba, pero que en realidad siempre procuraba estar cerca de una de las pistas de esquí suizas desde las que vigilar de cerca su impúdico patrimonio robado a otro ladrón.

Luis Bárcenas (Fuente: COPE).

Bárcenas, preso y convicto, dispuesto (eso dice) a cantar La Traviata, o el mismísimo catecismo si necesario fuera, eso sí en contadas gotas de venganza y a cambio, también, de un poco de árnica de un fiscal, o de algún juez, que le devuelvan el futuro.

Nevenka, una heroína de carne y hueso

Y frente a toda esta ralea de personajes, personajillos, protagonistas de las peores escenas de nuestras pesadillas pasadas y futuras, de saltimbanqui de tragicomedia, justo al otro lado del espejo nos aparece entre las brumas de los recuerdos la imagen poderosa y envejecida de una mujer, de una súper heroína de las de carne y hueso, Nevenka Fernández.

Justo veinte años después de aquella ignominia, ella, Nevenka, ha decidido hablar para curarse, para curarnos. Y lo ha hecho a través de una miniserie que hace unos días se estrenaba en Netflix, una serie de tres capítulos que lleva grabado a fuego su propio nombre: Nevenka.

Es la historia, ya saben, de aquella joven concejala del PP de Ponferrada (León), Nevenka Fernández, captada para ir en las listas del PP porque se necesitaban “mujeres y a ser posible jóvenes” y que, una vez instalada en su despacho, tuvo el atrevimiento de denunciar por acoso sexual a quien entonces era su jefe, al todopoderoso alcalde y pope popular de Ponferrada, Ismael Álvarez.

Merece la pena recorrer los tres capítulos de esta miniserie como acto de justicia memorística, y merece la pena verla y oírla sobre todo a ella sobre ese fondo neutro, y no porque vayamos a descubrir algo que no sabíamos –que casi todo fue ya escrito, como lo escribió Juan José Millas en su libro Hay algo que no es como me dicen–, sino porque nos pone ante el doloroso espejo de lo que hace apenas veinte años éramos como sociedad.

Ahí está el impagable papelón para la historia del entonces fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León, José Luis García Ancos, revictimizando a la víctima durante el interrogatorio, señalando su negligencia culpable: “¿Por qué usted que ha pasado ese calvario, ese sufrimiento que nos ha estado narrando a través de todo el día de hoy, que se le han saltado las lágrimas en infinidad de ocasiones, ¿por qué usted? que no es la empleada de Hipercor que la tocan el trasero y tiene que aguantarse porque es el pan de sus hijos. Usted no tenía por qué aguantar eso…”.

Serie sobre Nevenka Fernández (Fuente: Netflix).

Ahí están como oprobio también las dolorosas palabras de algunas de las mujeres anónimas que acudieron a la manifestación de apoyo al alcalde ya condenado por acoso sexual que duelen como puñales: “Hay injusticias en la vida y una de las más grandes es la que le han hecho a este pobre hombre; no hemos tenido nunca un alcalde como este”, dice una de ellas; “A mí no me acosa nadie si no me dejo”, se le oye expresar con rabia a otra mujer.

Todo ello es sobrecogedor y nos muestra cuán equivocados y complacientes estábamos (¿seguimos estando?) en temas de machismo, de igualdad, cuán difícil y doloroso ha sido el camino recorrido y, al tiempo, nos alerta de lo mucho que queda por avanzar para que las Nevenkas como la de la serie no sean las que tengan que seguir marchándose lejos, muy lejos, de su pueblo para intentar rehacer su vida y el acosador y maltratador sea el que permanece en su propio pueblo, feliz, altanero.

No sé, no sabemos, si el tal Juan Carlos volverá de su autoexilio dorado para presentar de una vez todas sus cuentas pendientes; si Villarejo acabará engullido por las cloacas del Estado de las que él se ha autoerigido en portavoz; ni siquiera sé –sabemos– si Bárcenas pasará más tiempo en la cárcel que fuera hasta el final de sus días, y si a sus palabras le restan aún algunos gramos de credibilidad, pero lo que sí podemos intuir ya es que la reaparición de Nevenka en medio de tanta podredumbre es un signo de que algunas briznas de esperanza quedan. De que el paso del tiempo no siempre cura, cierto, pero que a veces, cierto también, alivian el dolor de tanto negro pasado.

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Pepe López

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