Cuando en 1994 dejé mi tierra, lo hice con el corazón oprimido. Y hoy Cuba todavía me duele como una herida que no termina de sanar. Evidentemente, siempre será así. En algunas ocasiones me ha parecido que la llaga ha sanado; pero siempre, al más mínimo roce, vuelve a sangrar como aquel triste primer día. Pienso que a millones de mis compatriotas a lo largo y ancho del planeta les ocurre lo mismo. ¿Saben por qué? Porque Cuba es la patria de todos, aunque vivamos en el fin del mundo. Y —no me canso de decirlo— patria, como madre, hay una sola, la que te tocó al nacer o la que te ayudó a dar tus primeros pasos en la vida. Patria, la verdadera, es una de las pocas palabras que no necesitan adjetivos. Algunos tenemos una “segunda” patria, o una patria “de adopción”. Otros tienen alguna cosa más. Yo, por ejemplo, tengo cuatro países, y a todos ellos les debo algo importante en mi vida, algo que me ha llevado a ser la persona que hoy en día soy. Sin habérmelo propuesto especialmente, uno de ellos me ha dado cultura y ciertos hábitos de vida —además de una familia maravillosa—; en otro, he adquirido la libertad de que disfruto y he completado mi formación como ciudadano del mundo; allí he sembrado mi apellido y mi semilla. Y con el tercero —ese que los cubanos llamamos “la madre patria”—, he regresado a mis raíces primigenias. Aquí vivo y aquí soy feliz. Y aquí también perdurará mi sangre. Pero solo en uno de ellos, en Cubita la bella, puedo reconocer la patria, esa que no requiere de complementos ni adjetivos. Cierto que la Cuba actual se diferencia mucho de aquella que recuerdo y reconozco como mi única patria, incluso de aquella otra que abandoné al partir, pensando que la dejaba definitivamente atrás. Pero es lo que hay, esa es la Cuba de hoy en día, la que nos han legado y en la que deberá vivir ese pueblo que siempre será el mío. Allí tengo una parte importante de mi sangre y allí descansan mis muertos. Así las cosas, ¿qué puedo desearle a mi patria sino paz, prosperidad para su gente y un futuro mucho mejor del que nos prometieron, aún en mi infancia, y el cual veo alejarse cada día más? Y ojalá me equivoque.

No llamo a la confrontación entre hermanos. Ya ha habido demasiada y demasiado odio acumulado. Tengo familiares cercanos y grandes amigos en Cuba, personas con los que evito tratar los temas que han separado a nuestro pueblo. Llamo, sincera y humildemente, a la unión de los cubanos, a sanar definitivamente las heridas y marchar juntos para refundar la nación. Pero ya que me he visto obligado a hablar del tema, quiero expresar aquí una idea que no es nueva en mi relación con Cuba. La he dejado escrita en artículos que he publicado en varios lugares. Y es más o menos esta: Las ciudades pueden ser reconstruidas, la fértil tierra cubana sigue estando ahí y puede alimentar al pueblo. Por otra parte, la modernización de las infraestructuras y la producción de bienes materiales son un objetivo relativamente fácil de lograr. Pero la pérdida mayor, la peor de todas y que, probablemente, ya no se podrá recuperar, es el capital humano que en estos sesenta y tantos años de poder revolucionario ha perdido el país. Y esto —ojalá algún día se comprenda— es un daño enorme e imperdonable a la vez, es el perjuicio mayor que se le ha ocasionado a nuestro pueblo. Otros países cultivan y estimulan la inmigración calificada, mientras el gobierno cubano ha visto y ve tranquilamente cómo se marcha una parte importante de su pueblo. Yo nunca he oído a nadie protestar por esto. Y es una pena. Por mucho capital que se insufle, por mucha inversión extranjera que llegue a Cuba, la inmensa mayoría de los cubanos que andan dispersos por el mundo ya nunca volverán a trabajar por ella. Han echado raíces en otra parte y sus hijos y nietos han nacido allí y se han educado saludando otras banderas. Y hoy en día trabajan, o seguramente trabajarán en el futuro, para crear bienes y riquezas en un país que ya no es ni será Cuba. ¿Quién responderá por esto? ¿Quién será capaz de arreglar el entuerto? ¿Es posible hacerlo? Palabras, no sé, como dijo nuestro José Martí.













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