Al paso

Este Emmanuel Macron y aquel Konrad Adenauer

Konrad Adenauer y Emmanuel Macron. Fotografía K. A.: Peter Bouserath (Fuente: Wikimedia).

Contubernio internacional para acabar con los valores de la civilización occidental.

Es muy malo que haya guerras y más guerras, y que en ellas mueran inocentes en lugar de los que las provocan y las mantienen. Como es inaceptable que los autores de crímenes contra las mujeres no se suiciden antes de causar la muerte de sus odiadas esposas o parejas o exmujeres. E igualmente lamento que los que legalizan el aborto o la eutanasia no hubieran sido abortados en su momento o se vean asistidos en su suicidio con “muerte digna”. Igualmente soy partidario de que vuelvan los médicos a hacer el juramento hipocrático antes de ejercer su profesión y recuperen el honor de trabajar para salvar vidas humanas, y no para impedir que cuerpos de bebés no nacidos se “interrumpan” por siempre jamás, amparándose en la gran mentira de que se hace en aras de la salud reproductiva de las frustradas mamás.

Una vez más estamos ante la cobardía trágica de que las palabras no signifiquen lo que se corresponde con la realidad, sino con nuestros caprichos ideologizados. Ahora, por ejemplo, el presidente de Francia, Emmanuel Macron (Emmanuel, en hebreo, significa “Dios con nosotros”), se ha dirigido a las altas instancias de la Unión Europea para pedir que el aborto se incluya en la Carta Europea de Derechos Fundamentales. ¿Cómo se casa eso con el derecho a la vida?

Nos estamos volviendo locos. Lo de Macron saldrá adelante: no es más que la europeización institucionalizada de algo que es promovido y financiado desde organismos de la ONU. Algo que, como en nuestro país, se celebra, como la eutanasia, desde posiciones de la izquierda y no se condena tajantemente desde los partidos conservadores. Como si fuera progresista promover la muerte de los no nacidos. Humanos que se dedican a matar humanos legalmente. ¿No es claramente contradictorio, algo absolutamente antihumano? Al margen de la religión, ¿no es naturalmente inhumano acabar con un ser humano inocente?

Isabel Díaz Ayuso es más clara que Casado: «Ninguna mujer debe ir a la cárcel por abortar». Pero añade que hay que tener claro el principio del derecho a la vida de los bebés no nacidos. «Abortar es interrumpir una vida; es apología de la muerte». Casado es menos contundente, aunque aboga por elaborar y aprobar una ley de apoyo a la maternidad.

Yo como periodista católico paso de alinearme ni con derechas, ni con izquierdas, ni con centrista alguno. Pero sostengo que, una vez dejado claro que no hay que perseguir y condenar a las mujeres que abortan (y tienen que apechugar con un trauma terrible, que convendría ayudar a mitigar de todas las formas posibles) también me rebelo contra los partidos políticos que van a lo fácil, el aborto libre y gratuito. Eso no es progreso. Progreso es ayudar a la vida, con prevención para evitar embarazos no deseados y con atención excepcional, completa, a las embarazadas.

Hacen falta centros de vida en lugar de hospitales y clínicas de muerte. Hay alternativas al aborto, pero hay que dedicar tiempo y dinero a fomentar el amor a la vida, para ayudar a las víctimas de embarazos no deseados y acompañarlas en el abrirse a las nuevas vidas. Siempre he oído decir a los defensores del aborto que «ninguna mujer quiere abortar porque todo aborto es un trauma, una tragedia». Pero, entonces, ¿por qué no se buscan (y encuentran) soluciones a los problemas de los embarazos no deseados? Un problema no se resuelve con otro problema sino con una solución. Primero, prevención para evitar esos embarazos y, cuando el embarazo se produce, idear alternativas al aborto. Eso exige inversiones eficaces en apoyo a la maternidad.

Ocurre como con la eutanasia. La solución al problema de la soledad, de la depresión, de la enfermedad, de la desesperación de muchos ancianos y enfermos terminales no es el suicidio asistido. La ley de eutanasia es una mentira. Una ley de cuidados paliativos y un voluntariado coadyuvante podrían ser la solución humana y divina para dar unos últimos meses o años con calidad de vida a quienes desean vivir hasta su muerte natural sin ayudas a su suicidio, un suicidio denominado falsamente “muerte digna”.

Los primeros padres de la Europa Comunitaria, Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Jean Monnet y Robert Schuman (a cuyo espíritu se sumaron luego Paul-Henri Spaak, Walter Hallstein, Winston Churchill y Altiero Spinelli) eran hombres de gran altura espiritual y con unos principios morales excepcionales, deseosos de unir en una empresa común a los países de Europa para construir una paz duradera tras la Segunda Guerra Mundial. Eran líderes con una formación intelectual extraordinaria y plenamente convencidos de que eran muchos los grandes principios comunes de la civilización occidental capaces de relanzar económica y culturalmente a todos.

Estatua homenaje a los padres fundadores de la Unión Europea. Obra de Zurab Tsereteli (Fuente: Wikimedia).

La civilización no se sustenta sólo sobre las relaciones económicas. Se construyó, básicamente, sobre la cultura grecorromana vivificada por el cristianismo, como ya he escrito en algunas ocasiones. Lo más triste del actual panorama, lo que llamaría el contubernio internacional para acabar con los valores de la civilización occidental, tiene enemigos interiores además de exteriores.

Durante siglos, en Europa, las ciudades y los pueblos fueron creciendo a la sombra de una catedral o de una iglesia o de un convento y, en ocasiones, en torno a una universidad. Catedrales, iglesias, conventos y universidades se levantaron en Hispanoamérica con la conquista y la evangelización. La imbecilidad de algunos dirigentes políticos condenando globalmente la gesta española en el Nuevo Mundo, apoyados casi siempre por la izquierda española más inculta e ideologizada, son una muestra evidente de que el ataque generalizado a la Iglesia católica forma parte de la descomposición humanística y moral, apoyada y hasta promovida por fuerzas organizadas y absolutamente perniciosas.

Muchos líderes europeos, entre ellos Macron y Sánchez, son grandes promotores del aborto, la eutanasia y la ideología de género, y quedan muy lejos de la altura de miras de aquellos prohombres promotores del secular espíritu de Europa que España y otros países del Viejo Continente llevaron al Nuevo. ¿Serán capaces las nuevas generaciones de evitar que se consume la destrucción de la cultura de la vida por los que promueven la cultura de la muerte? Es preciso desenmascarar a los falsos profetas que, con la máscara del progresismo, nos retrotraen a épocas de obscurantismo. No tienen ningún nivel intelectual y avergüenza su irracional ataque a la naturaleza humana. No es que sean antirreligiosos (que lo son, allá ellos); es que son antihumanos.

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Ramón Gómez Carrión

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