Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Haciendo amigos

Ché, qué final más divina si fuera España–Argentina

Recuerdo al gran cantautor y buena persona Alberto Cortez en un ‘300 millones’, creo, con Pedro Ruiz, cantando esto con ocasión de algún Mundial cuya fecha no recuerdo. Hoy, sopotocientos años después, se dan, al menos hasta ahora, las circunstancias para que esa posibilidad se materialice.

Con los años me he vuelto menos fanático de las cosas y más reflexivo, hasta en el fútbol. ¡Qué cosas! Cuando veo que un equipo juega mal, prefiero que pierda. Pero en el caso de la selección española y del Hércules, NO. Que ganen, aunque sea como viene ganando Argentina. Haciendo amigos.

Curioso el fútbol que, como dicen los italianos, es una de las únicas cosas en las que nos dejan ser patriotas. Curioso que haya muy respetables mangarrufos que sacan una pancarta en la plaza de toros de Pamplona —¡en la Plaza de Toros!— con la leyenda «Puta España y puta selección» —que los detengan—. Curioso que Portugal diga que ellos pueden ganar a España porque es un país pequeño que no tiene nacionalismos, no como España, que está dividida (habría que ver si los lusos no son un nacionalismo también). Haciendo más amigos.

Curioso —y me paso al ciclismo— que, en la subida al Tourmalet del Tour de Francia, cada aficionado vaya con la bandera de su país y los que se van a morir españoles lleven 51 banderitas de cada aldea o región y, además, la de «los presos vascos a casa» o «a la calle», como si quedara alguno en Alcalá Meco o en Fontcalent. No hay ahora ningún preso de las Vascongadas en ninguna cárcel fuera de su comunitat, pero el de las banderitas sigue vendiendo, el muy gañán.

El asunto de las banderas es un rasgo psicológico de la humanidad que nos lleva indefectiblemente a la estupidez y la destrucción. Lógicamente, mis hijos han puesto bajo la tele una bandera de España y yo, encantado.

Planeta fútbol. El mundo mueve sus emociones con este deporte. Me gustan todos los deportes, y el fútbol también, y creo que es necesario e imprescindible, sobre todo en la infancia y la juventud, por los valores que debe enseñar.

El fútbol, cuyo mérito fundamental es que, al jugarse con los pies —con los que, salvo dos o tres, todos somos unos inútiles—, permite que el peor equipo del mundo pueda ocasionalmente ganar al mejor, y eso le da una dimensión estratosférica. Además, si te expulsan a uno importante, igual se soluciona con una llamadita a un compadre. Y encima mueve millones de litros de cerveza al día, lo cual convierte el *panem et circenses* en una anécdota ridícula.

Me encanta esa leyenda urbana —o no— de que, si tienes dudas sobre el sexo u orientación de alguien, solo tienes que preguntarle cuándo es fuera de juego.

Antes, cuando la publicidad se dedicaba a sacar las cosas cotidianas de la vida y ponértelas delante, se podían ver obras de arte en anuncios de veinte segundos. Ahora, los *influencers* nos venden la cabra casi siempre con una felicidad fingida o con retos absurdos para ver quién es más tonto del culo. Es la evolución previsible de la vanguardia bienpensante y del buenismo reinante.

A pesar de todo, me encantaría una final España–Argentina y que terminara en ese orden. Es cierto que serían ellos favoritos. Seguramente, un argentino sabe más de fútbol que el resto de la humanidad; bueno, de fútbol y de lo que sea. Seguramente, nuestro Lamine ni se le parece a su Lionel. Casi seguro que su hinchada será más numerosa que la nuestra.

Pero ¿y si llegamos —tras destruir al imperio napoleónico— y un pamplonés que juega cinco minutos les mete un gol de rebote a un minuto del final del tiempo de descuento?

Ojalá. Y, como decía la canción, al final, a ver si lo de Mikel Merino es así:

«Ojalá que no sea un bulo lo de la flor en el culo».

Pedro Picatoste

Empresario e historiador.

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