La guerra siempre empieza antes del primer disparo. Empieza cuando una sociedad se acostumbra a ver el dolor ajeno como una noticia más en el telediario del mediodía, ante una mesa preparada para comer. Empieza cuando el miedo se convierte en un argumento “sólido” para justificar un enfrentamiento, cuando la propaganda sustituye a la complejidad, cuando el adversario deja de ser una persona y pasa a ser una molestia o un problema, una amenaza, una categoría sin identidad y sin rostro. Empieza cuando el lenguaje utilizado queda exento de humanidad para que la conciencia soporte mejor lo que viene después. Entonces ya no se habla de niños heridos o mutilados, sino de daños colaterales; ya no se habla de barrios arrasados, sino de operaciones; ya no se habla de hambre, sino de costes asumibles. Y en ese momento exacto, cuando el horror encuentra una forma técnica de nombrarse, la guerra ya ha ganado una parte importante de la batalla.
Nos hemos habituado demasiado a contemplarla desde lejos, como observadores ajenos que han sido inmunizados frente al dolor de los demás. La miramos en la pantalla de la televisión mientras cenamos, la escuchamos de fondo en la radio del coche, la reducimos a mapas, flechas, portavoces, analistas y balances. La guerra se ha convertido para muchos en una especie de ruido constante del mundo, en una atmósfera de fondo, en una tormenta permanente que siempre cae sobre otros. Pero la guerra, en un pequeño planeta como el nuestro, nunca está lejos. Siempre termina alcanzándonos, aunque sea en forma de inseguridad, de miedo, de inflación, de radicalización política, de fractura moral, de cansancio emocional o de ese deterioro silencioso que se instala en las sociedades cuando normalizan la violencia como un mecanismo legítimo para resolver conflictos.
El mundo actual debería avergonzarnos un poco más de lo que nos avergüenza. El Comité Internacional de la Cruz Roja advirtió a finales de 2025 que en 2024 hubo alrededor de 130 conflictos armados, más del doble que quince años antes, y en este 2026 seguimos asistiendo a un paisaje internacional desgarrado: Ucrania continúa atrapada en una guerra devastadora; Sudán se hunde en una catástrofe prolongada; Gaza sigue siendo una herida abierta para la conciencia humana; Líbano permanece al borde de otra descomposición regional; Myanmar continúa castigando a su población civil; el este de la República Democrática del Congo sigue ardiendo; y la reciente guerra en torno a Irán ha añadido más inestabilidad, más muertos y más riesgo a una región que vive desde hace años al borde del abismo.
Basta mirar con un poco de honestidad para comprender que no estamos ante conflictos aislados, sino ante una forma de fracaso global. En Gaza, incluso cuando se pronuncian palabras grandilocuentes como pueden ser tregua o negociación, la devastación humanitaria sigue imponiendo su verdad más cruda. En el Líbano, los movimientos diplomáticos conviven con una fragilidad extrema, con desplazamientos, bombardeos y una paz que parece siempre estar a punto de romperse. En el caso de Irán, la sola necesidad de hablar ya de bloqueos, pausas frágiles y posibles nuevas conversaciones de paz muestra hasta qué punto la región entera vive sometida a una lógica de amenaza permanente. La diplomacia aparece, sí, pero casi siempre llega después de la destrucción, cuando ya se han acumulado las ruinas en las urbes y son demasiadas las personas que no volverán.
Sin embargo, sería un error pensar que la guerra se reduce a Oriente Próximo, a África o a las fronteras orientales de Europa. La guerra, desgraciadamente, es inherente a la condición humana, y por eso nos atañe a todos. Cambian las banderas, cambian los uniformes, cambian las justificaciones históricas, religiosas, estratégicas o económicas, pero el mecanismo moral apenas se altera. Siempre hay una herida previa que no se ha cerrado adecuadamente, una humillación acumulada y enquistada por el tiempo, una identidad agraviada, una narrativa que simplifica los discursos de odio oculto, un liderazgo que enciende en pro del ansiado cambio, una masa que repite y una parte del mundo que mira hacia otro lado hasta que el incendio ya es imposible de contener. La guerra no nace de la noche a la mañana. Se va cocinando lentamente en los discursos, en los prejuicios, en la propaganda, en la deshumanización y en la incapacidad de imaginar soluciones que no pasen por aplastar al otro.

Por eso, desde un punto de vista pedagógico o formativo, convendría dejar de enseñar las guerras solo como una cronología de fechas destacadas, de tratados suscritos y gloriosas ofensivas. Las guerras deberían enseñarse, sobre todo, como una pedagogía del dolor. Deberíamos estudiar no solo quién ganó, quién perdió o qué frontera cambió, sino qué le ocurre a la mente de un niño que duerme durante meses con el estruendo de las bombas, qué se rompe en una madre que no sabe si podrá alimentar a sus hijos al día siguiente, qué huella deja en una generación crecer entre ruinas, qué clase de cultura política se hereda cuando la humillación se convierte en memoria familiar y el miedo en una emoción estructural. Si enseñáramos las guerras así, quizá nos costaría más romantizarlas.
Porque la guerra ha sido muchas veces contada con un lenguaje que la embellece y la ennoblece. Se ha vestido de épica, de sacrificio, de honor, de patriotismo, de necesidad histórica. Se ha presentado como la salida dura, pero inevitable, frente a problemas complejos de una sociedad que no ha aprendido a dialogar. Y, sin embargo, la guerra no ennoblece casi nada. La guerra embrutece. La guerra rompe. La guerra infantiliza el pensamiento, porque reduce toda complejidad a una consigna binaria: o nosotros o ellos. La guerra degrada el lenguaje, destruye los vínculos, altera la percepción moral y deja a las sociedades atrapadas entre el deseo de venganza y la imposibilidad de recomponer una convivencia que ha sido triturada durante demasiado tiempo.
Debemos ser conscientes de que el conflicto no es el enemigo. El conflicto forma parte de la vida. Lo hay en la familia, en la escuela, en el trabajo, en la política, en la convivencia entre los pueblos y en las relaciones internacionales. Lo verdaderamente decisivo no es si existe conflicto, sino cómo se gestiona. Una sociedad adulta no es la que evita toda tensión, sino la que ha aprendido a gestionarla sin convertir a la parte discrepante en una amenaza total. La guerra aparece cuando el conflicto deja de verse como una situación tensa, propia de las relaciones del ser humano, y empieza a vivirse como una batalla existencial que solo puede cerrarse con la aniquilación, la expulsión o la humillación del otro.
Ahí entra la deshumanización, que es probablemente el verdadero prólogo de toda guerra. No se mata a quien se reconoce como semejante. Para matar hace falta antes degradar a la persona y perder la condición humana. Hace falta convertir al otro en enemigo, en invasor, en fanático, en una amenaza abstracta, en una cifra sin nombre. Hace falta construir un relato fundamentado en un argumento donde el sufrimiento ajeno no importe demasiado o incluso pueda parecer merecido. Y ese proceso no solo ocurre en los frentes militares, pues también ocurre en nuestras sociedades, aparentemente pacíficas, cuando el insulto sustituye al argumento, cuando la caricatura sustituye al matiz y cuando la rabia se vuelve una identidad política rentable.
Por eso, a pesar de la distancia geográfica, no se debería leer todo esto como si fuera un drama ajeno. Aquí no vivimos la guerra, no hay sirenas antiaéreas ni edificios bombardeados en nuestras ciudades, pero hay conflictos profundos que crean inseguridad y miedo en la ciudadanía. Los datos más recientes del CIS ayudan a poner palabras a esa sensación. Así, en el estudio sobre temores de febrero de 2026, una gran mayoría afirmaba que los conflictos sociales —violencia, polarización, enfrentamientos— van en aumento. Además, un alto porcentaje percibía bastante o mucho deterioro de la democracia. Esos datos no describen una guerra, pero sí retratan una sociedad tensa, cansada, sobresaltada, expuesta a un desgaste emocional y cívico que no deberíamos trivializar.
Un ejemplo de violencia y crispación en la sociedad española.
Todos los países tienen, por tanto, sus propios frentes. No son trincheras, pero desgastan. El conflicto está presente en el lenguaje político cuando se utiliza al adversario como blanco moral en lugar de como interlocutor democrático. Hay violencia en ciertos platós y en ciertas redes sociales donde el insulto cotiza mejor que la inteligencia. Hay agresividad en los hogares donde el conflicto se resuelve a gritos. Hay enfrentamiento en las aulas cuando se normaliza la humillación del diferente. Hay sufrimiento en una sociedad que acepta que miles de jóvenes trabajen sin poder emanciparse, que millones de personas vivan bajo una presión económica constante y que demasiada gente camine con la sensación de que el mundo se ha vuelto más inhumano, más hostil, más acelerado y menos habitable.
No es una exageración. Las guerras grandes y las pequeñas violencias cotidianas no son equivalentes, pero beben de la misma cultura cuando se normaliza la imposición como método. Por eso importa tanto cómo educamos. Un niño no aprende primero geopolítica, sino cómo relacionarse con sus iguales. Aprende viendo cómo resolvemos los conflictos en casa, cómo discutimos en el aula, cómo tratamos al que discrepa, cómo respondemos a la frustración y qué hacemos con nuestra rabia. Si lo educamos en la humillación, en la venganza, en el desprecio o en la lógica individualista de “ganar” incluso a costa del otro, no estamos formando ciudadanos, sino sembrando futuros mecanismos de violencia.
Educar para la paz no consiste en llenar una pared de palomas blancas una vez al año. Consiste en enseñar competencias concretas y exigentes: el pensamiento crítico, la autorregulación emocional, la escucha activa, la empatía, la capacidad de negociación, la lectura ética de la realidad, la tolerancia a la frustración, la detección de bulos, el análisis del lenguaje del odio y la capacidad para reparar el daño sin quedar atrapados en el orgullo. Educar para la paz es enseñar a poner límites sin humillar, a disentir sin destruir, a defender convicciones sin convertirlas en un permiso para deshumanizar. Es una tarea mucho más ambiciosa que cualquier eslogan institucional, porque obliga a revisar la cultura entera, no solo los contenidos de una asignatura.
La mediación, en este sentido, ofrece una lección decisiva. Mediar no es obligar a dos partes a darse la mano para que parezca que todo va bien. Mediar es crear un espacio donde el conflicto pueda ser dicho, escuchado, encuadrado y transformado sin que nadie tenga que desaparecer para que exista una salida, pues en el fondo se trata de que todos ganen. Es distinguir entre posiciones y necesidades, entre relatos y hechos, entre orgullo y dignidad, entre justicia y venganza. Es recordar que la mayoría de los acuerdos estables no nacen de la humillación, sino del reconocimiento mutuo. Y esto vale para un centro educativo, para una comunidad de vecinos, para una ciudad y también, con todas las diferencias del caso, para escenarios internacionales donde la alternativa es seguir enterrando generaciones.
La psicología del trauma añade otra advertencia imprescindible: la guerra no termina cuando callan las armas. Sigue viviendo en los cuerpos, en el insomnio, en la hipervigilancia, en la irritabilidad, en la culpa, en el miedo heredado, en la dificultad para confiar, en la forma en que una comunidad aprende a esperar siempre lo peor. Por eso es tan ingenuo pensar que basta un alto el fuego para recomponer la vida. Después de la guerra hacen falta numerosos cuidados, una auténtica reparación, la expresión de la verdad, un tiempo de duelo, el apoyo psicológico, la justicia, la reconstrucción institucional y tiempo, mucho tiempo. Y, aun así, la cicatriz permanece.

Nos engañamos cuando pensamos que la paz es un concepto blando. No lo es. La paz exige una fortaleza moral muchísimo mayor que la de apretar un botón exterminador, lanzar una amenaza o redactar un discurso incendiario. La paz requiere contener el impulso de venganza, sostener el diálogo cuando todo invita a romperlo, proteger a la población civil incluso en medio del desacuerdo extremo, y tener la lucidez de entender que destruir al otro no resuelve casi nunca lo que de verdad estaba roto. La paz exige justicia, sí, pero no una justicia usada como disfraz del castigo indiscriminado. Exige memoria, sí, pero no una memoria convertida en combustible para nuevas venganzas.
Quizá el mayor problema de nuestro tiempo sea haber perfeccionado hasta el extremo nuestras capacidades técnicas sin haber madurado en la misma medida nuestras capacidades éticas. Hemos sofisticado la maquinaria de destrucción, la vigilancia, la propaganda, la velocidad del bulo, la precisión del misil y la eficacia de los algoritmos que polarizan. Pero no hemos avanzado igual en compasión, en pensamiento crítico, en diálogo, en responsabilidad compartida y en cultura democrática. Sabemos hacer casi todo, salvo convivir con inteligencia. Sabemos dominar la materia, pero seguimos perdiendo demasiadas veces frente a nuestros impulsos más primarios.
Cada guerra es, en el fondo, un suspenso colectivo. Suspende la política, porque fracasa en su obligación elemental de proteger a la sociedad civil y la vida. Suspende la educación, cuando no ha sabido formar ciudadanos capaces de resistirse a la barbarie. Suspende la ética, cuando convierte unas víctimas en dignas de duelo y otras en daños asumibles. Suspende el lenguaje, cuando renuncia a llamar por su nombre al sufrimiento. Y suspendemos también como sociedad cada vez que nos acostumbramos a humillar, a simplificar y a odiar en pequeño, como si esas prácticas no tuvieran nada que ver con los grandes conflictos del mundo.
Tal vez la tarea más urgente no sea solo condenar la guerra cuando ya ha estallado, sino aprender a no prepararla mientras vivimos. Aprender a no matar con palabras, a no matar con desprecio, a no matar con indiferencia, a no matar políticamente al que discrepa, a no matar la posibilidad de convivir pacíficamente por el simple placer de tener razón. Aprender, en definitiva, a gestionar los conflictos sin convertirlos en trincheras. Porque resolver no es aplastar. Resolver no es humillar. Resolver no es borrar al otro. Resolver, cuando una sociedad está a la altura de sí misma, es transformar el conflicto en una oportunidad para seguir viviendo juntos sin destruirnos.
Y quizá ahí esté la última verdad, la más incómoda y la más sencilla. La guerra no demuestra fuerza. Demuestra impotencia moral. Demuestra que hemos llegado al punto en que ya no sabemos hacer otra cosa con nuestros miedos, nuestras heridas y nuestras diferencias. Por eso el verdadero progreso no será tecnológico ni militar, sino humano. Llegará el día en que merezcamos llamarnos civilizados no cuando fabriquemos mejores armas, sino cuando seamos capaces de producir mejores maneras de convivir. Hasta entonces, cualquier discurso triunfal estará incompleto. Porque un mundo que todavía necesita matar para resolver sus conflictos sigue siendo, por mucho que se admire a sí mismo, un mundo pendiente de aprender lo más importante…













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