Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

WhatsApp, ese testigo incómodo

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Hubo un tiempo no muy lejano en el que WhatsApp servía para avisar de que llegabas tarde, mandar un ok con desgana o reenviar un chiste dudoso a un grupo familiar imposible de silenciar. Era un territorio informal, casi íntimo, una prolongación digital de la conversación de pasillo o del comentario al oído. Hoy, sin embargo, ese mismo mensaje con dos tics azules puede acabar en un juzgado, citado, transcrito y diseccionado como prueba documental. Quién nos lo iba a decir. La actualidad de nuestro país se ha encargado de recordárnoslo con insistencia. Mensajes de WhatsApp han sido protagonistas en informaciones sobre la gestión de la dana, en disputas políticas de alto nivel, en ceses, desmentidos y silencios estratégicos. Han aparecido —o no— conversaciones atribuidas a dirigentes como Alberto Núñez Feijóo, Carlos Mazón o Salomé Pradas; se ha debatido sobre la conservación o destrucción de chats relevantes; y hasta el fiscal general del Estado ha sido mencionado en el debate público sobre la importancia de las comunicaciones digitales; se ha confrontado la amistad inicial y su quebramiento entre Pedro Sánchez y el entorno de José Luis Ábalos. Todo ello ha colocado a WhatsApp en el centro de una pregunta incómoda: ¿es esto una conversación privada o un documento legal?

La respuesta, aunque a muchos les pese, es clara: puede ser ambas cosas. El sistema legal de nuestro país —y, en general, el europeo— ha evolucionado para adaptarse a una realidad en la que gran parte de nuestra vida transcurre por escrito en una pantalla. La Ley de Enjuiciamiento Civil y la Ley de Enjuiciamiento Criminal admiten como prueba cualquier medio que permita reproducir palabras, datos o hechos relevantes, siempre que se garantice su autenticidad y su integridad. Traducido al lenguaje de la calle: un wasap no vale por el simple hecho de existir, pero puede valer mucho si se demuestra que no ha sido manipulado y que procede realmente de quien dice haberlo enviado. Aquí entra en juego la ironía del asunto. Porque la misma aplicación que usamos con ligereza —entre emojis, abreviaturas y faltas de ortografía consentidas— exige, en sede judicial, un rigor casi notarial. Peritajes informáticos, cotejo de terminales, certificaciones notariales de conversaciones exportadas… Todo para demostrar que aquel “vale, hazlo” o ese “tiramos pa’lante” significaba exactamente lo que parece significar. Nunca escribir tan rápido tuvo consecuencias tan lentas.

Y, claro, aparece la picaresca. El borrado providencial del móvil, la restauración de fábrica por error, la pérdida fortuita del terminal justo cuando estalla el escándalo. Gestos que, en otro contexto, podrían pasar por simples descuidos tecnológicos y que hoy levantan sospechas automáticas. Porque el derecho también ha aprendido a leer entre líneas digitales: la desaparición selectiva de mensajes puede interpretarse como indicio, y no siempre juega a favor de quien pulsa el botón de “eliminar para todos”. La amnesia tecnológica ya no es tan creíble. Lo fascinante es que nada de esto estaba en el plan original. WhatsApp nació para facilitar la comunicación interpersonal, para abaratar costes, para hacerla inmediata. En nuestro país, donde se ha convertido en la principal aplicación de mensajería, ha colonizado todos los ámbitos: el laboral, el familiar, el educativo, el institucional. Se trabaja por WhatsApp, se despide a alguien por WhatsApp, se convoca una reunión, se da una orden y, a veces, se comete una imprudencia irreversible. Lo que antes se decía de palabra —con el consuelo del aire que se lo lleva— ahora queda fijado, fechado y reenviable.

Esta transformación no es solo legal; es cultural. Hemos pasado de hablar a escribir compulsivamente, y de escribir cuidando la forma a escribir como se habla… o peor. En los más jóvenes, el impacto es especialmente visible. El uso constante de emoticonos como sustitutos emocionales del lenguaje, la supresión sistemática de tildes, la economía extrema de caracteres y la normalización de abreviaturas han empobrecido, según muchos docentes, la calidad lingüística. No porque WhatsApp obligue a escribir mal, sino porque invita a la inmediatez y penaliza la reflexión. Pensar antes de escribir no da tics azules.

Paradójicamente, ese empobrecimiento formal convive con un enriquecimiento probatorio. Nunca se había escrito tanto y nunca esas palabras habían tenido tanto peso. Un mensaje puede tumbar una versión oficial, contradecir una rueda de prensa o sostener una demanda laboral. WhatsApp se ha convertido en una suerte de notario informal de nuestra vida cotidiana, sin toga ni aranceles, pero con memoria infinita. Tal vez ahí resida la mayor lección. Lo que nació, pues, para mejorar nuestra comunicación se ha convertido también en un arma arrojadiza, en un archivo involuntario de lo que decimos cuando creemos que nadie nos escucha. Antes hablábamos en voz baja, en un despacho o por teléfono. Hoy dejamos rastro. Y ese rastro, tarde o temprano, puede pedirnos explicaciones. Quizá no estaría de más recordarlo la próxima vez que, con un emoji sonriente, estemos a punto de escribir algo que preferiríamos no tener que leer… ante un juez.

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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