Trescientas... y pico

Ucrania, Afganistán, tan cerca, tan lejos

Fuente: La Sexta.com.

El camino es, casi siempre, el mismo. Primero emerge la rabia como humana reacción ante el horror, la solidaridad como herramienta de lucha y de autodefensa, pero conforme el tiempo va pasando de forma lenta pero inexorable, y van cayendo las hojas del calendario como frutas maduras, ese mismo espacio de rabia y solidaridad va cediendo paso y sitio a una cierta indiferencia, hasta llegar a esa estación final que es el olvido. El abandono. El silencio. Afganistán mismamente, ¿Ucrania mañana?

Absortos como andamos con el horror de una guerra próxima, cercana, europea, tan nuestra, a la que hemos decidido prestarle toda nuestra atención y todo nuestro apoyo político, económico y militar, por tierra, mar y aire y esperando con el corazón encogido que el monstruo que la desató no entienda que formamos parte de ella, parece que ya no quedara espacio para casi nada más. Aunque ese nada más sea otro conocido horror del que somos posiblemente también sus principales responsables.

Fotografía: F. Muhammad (Fuente: Pixabay).

Muy cerca de aquí, de esta Ucrania que se desangra, de ese escenario próximo de destrucción y muerte, hay una de esas otras realidades silenciosas que ya casi hemos olvidado, pero que ahí siguen. No hay allí bombas, como si las bombas fueran el único método para matar; no hay misiles, ni ejércitos avanzando en el territorio enemigo, destrozando puentes, despanzurrando edificios residenciales, como si esta fuera la única forma de romper el silencio y destrozar los sueños. Por no haber no hay ni aparente destrucción masiva de objetivos militares y estratégicos; ni, parece, tampoco darse un éxodo masivo de su población. Bueno, eso, en realidad no lo sabemos con total certeza, porque seguramente esa no información forma parte del botón de apagado que hemos decidido apretar.

Ciertamente es esta una tierra que de pronto hemos decidido que está demasiado lejos, pero cuya herencia traspasamos sin cláusulas ni salvaguardas a quienes hoy la dirigen con medieval puño de hierro. Es aquel un conflicto que no mata con disparos a quemarropa, pero que lo hace lentamente; que no encarcela a sus víctimas tras unos muros de hierro y  hormigón, pero que es capaz de encarcelar tras un trapo, un simple burka, una orden ministerial que prohíbe el paseo por la calle que debería ser de todos. Es la guerra contra las mujeres y contras las niñas que se libra en Afganistán y a la que parece hemos decidido dejar definitivamente de lado.

Fotografía: David Mark (Fuente: Pixabay).

Estamos, o parece que estamos, en el proceso preventivo que nos llevará al seguro olvido que transitamos otras veces. Primero, fue esa cierta indiferencia en la forma de mirar y ver, con honrosas excepciones, claro, que toda regla tiene su propia excepción. Con algún reportaje, algún titular incómodo, algún recordatorio. Como esas hermosas, pausadas y necesarias palabras de hace unos días de la periodista Soledad Gallego-Díaz en la cadena Ser tituladas ¿Qué nos pasa?, y en las que se preguntaba en voz alta por la escasa movilización a favor de los derechos de las mujeres afganas en nuestras sociedades bien pensantes.

No hace tanto, apenas unos meses, los mismos dirigentes, las mismas organizaciones que aquí, en Europa, en Ucrania, se esfuerzan por hacernos llegar partes diarios de sus conquistas y sus logros en el campo de batalla y en el campo de la política, esos mismos países que repiten una y otra vez, machaconamente, estar en el lado bueno de la historia, que imponen más y más sanciones al agresor ruso, son los mismos –y eso no lo deberíamos olvidar– que hace apenas unos meses estaban sobre el terreno de ese otro país, Afganistán, que casi dirigían ese otro país. Y era precisamente su presencia allí la que hacía que, pese a todo, las niñas y mujeres de aquel otro país pudieran asirse a un fino hilo de futuro y de esperanza. Eso hasta que esa misma gente decidió un día de hace apenas un año que aquella guerra no era ya la suya. Bastaron apenas unas promesas vanas de los futuros dueños, los talibanes, de que no harían lo que otras veces ya hicieron.

Fotografía: Amber Clay (Fuente: Pixabay).

De modo que de la rabia inicial por lo que está sucediendo al ver la cárcel para mujeres en la que estos mismos tahúres de la historia están convirtiendo su propio país, en muy poco espacio de tiempo hemos pasado a esa cierta indiferencia, a este cierto olvido de hoy con apenas unas pocas noticias aisladas aquí y allá.

Un día leemos que los talibanes han obligado a las niñas mayores de 12 años a abandonar las escuelas. Otro, la proclamación de una negra sharia que casi reduce el ámbito laboral de las mujeres, de todas las mujeres, al espacio de los cuidados. Otro, que se prohíbe a las mujeres no acompañadas de hombres que deambulen por determinados espacios públicos. Otra –una de los últimos, pero no la última– ha sido convertir a las mujeres periodistas que salen en TV en bustos parlantes sin rostro y ordenarles utilizar el burka si no quieren perderlo todo.

Fotografía: Elin Tabitha (Fuente Unsplash).

Hay un libro, una hermosa novela, escrito por el afgano Khaled Hosseini, que estos días, en medio de la insoportable balacera que asola un país y una tierra, Ucrania, me ha venido nuevamente a la memoria como contraparte de esos recuerdos olvidados. Es este un texto que habla del insoportable silencio que un día encarceló con barrotes de intolerancia a todas las mujeres de ese otro país, Afganistán.

Su luminoso título es Mil soles espléndidos y es la historia de dos mujeres, Mariam y Laila. No es de ahora, si no de otro tiempo, de principios de este otro siglo de las sombras, y de un otro tiempo en el que los padres de los talibanes de ahora también quisieron encerrar a todas las mujeres y niñas del país, a todas las mujeres y a todas las niñas, tras los barrotes de la más absoluta intransigencia. Habla de la lucha y el precio que tuvieron que pagar todas las Mariam  y todas las Lailas de entonces en aquella tierra por intentar romper aquellas cárceles y aquellas cadenas que eran, sobre todo, tumbas en vida.

Por eso, preguntarse, ¿Ucrania ahora? Sí, claro que sí. La rabia tiene, debe, dejar espacio a la solidaridad y a la ayuda, retardar la indiferencia, evitar el olvido, porque si este último es tan selectivo como vemos que es entonces tenemos el derecho a pensar que puede que no sea ni tan sincero, ni tan desinteresado.

Si tienen ocasión, lean aquel texto. En sus maravillosas palabras escritas con los rescoldos de tanta injusticia, de tantas invasiones, de tanto integrismo, está encerrada simbólicamente la lucha por la dignidad y por la libertad de esas dos mujeres, de todas las mujeres. ¿De Afganistán?, sí, claro, pero no solo. Es seguramente la mejor vacuna y el antídoto más eficaz contra la indiferencia y contra la pandemia de hipocresía que vivimos. Y, sobre todo, contra el olvido selectivo en el que andamos metidos nuevamente ahora.

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Pepe López

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