Trescientas... y pico

Los aplausos de la vergüenza

Fuente: La Sexta.com.

Aplaudir es, de alguna manera, la forma que los seres humanos tenemos de mostrar afecto, de expresar reconocimiento por un trabajo bien hecho, cercanía a quienes queremos y admiramos, incluso dar apoyo cuando el camino se empina y las dificultades aparecen en el horizonte, pero, también, es esa otra manera de expresar solidaridad y reconocimiento ante la derrota, sabiendo que para llegar hasta ahí se hizo cuanto fue posible aunque el objetivo no se llegase nunca a alcanzar.

De eso precisamente va el deporte, la cultura, el buen deporte, la buena cultura; también la vida, la buena vida. Así que, de alguna manera, están esos aplausos que unen, que encienden emociones, que reconfortan y reconocen el esfuerzo y la entrega, que ayudan a transitar el camino del sufrimiento y que estrechan el largo trecho del encuentro y el abrazo. Así sucede casi siempre. Quizás por esto mismo cueste tanto entender esos otros aplausos de estos últimos días tan extraños, hechos a la contra, que han quedado como excepciones congeladas a una regla, ejemplos que no deberían haberse producido y que tuvieron como escenario de la ignominia las ciudades de Sanxenxo y Burjassot.  

Fuente: RTVE.

Son ambos del mismo cariz aunque parezcan lejanos. Los regalados a un rey emérito exiliado de sí mismo, un rey demediado, mal remedo del histórico personaje de Italo Calvino en El Vizconde demediado; y también los expresados por padres, familiares y amigos a unos adolescentes cuando salían de un juzgado en libertad vigilada tras ser detenidos y acusados de violar grupalmente a dos niñas de 12 y 13 años, aplausos que dividen, que extrañan y que se acercan a esa consistencia viscosa de una cierta sinrazón, porque no parecen hechos a favor de nada, sino en contra de todo aquello que habría de ser previamente acordado.

De los primeros los dedicados a un rey extrañado de sí mismo, que parece haber sido absorbido por su propia imagen de personaje canallesco– se han llenado páginas y páginas en los días que precedieron a este escrito. Han ocupado, y así siguen, horas y horas de tertulias televisivas devaluadas al precio de los despojos, ocupando hilos interminables de ovillos infectos en redes sociales y donde el gran argumento es casi siempre una gran falacia: si alguna vez hiciste el bien, quedas blindado para hacer todo el mal que puedas y desees.

Pero luego están esos otros que tanto dañan y golpean los principios democráticos de la convivencia, esos oscuros aplausos y vítores lanzados en el aire viscoso de la noche que acaba de caer por unos padres, familiares y amigos a cinco adolescentes tras pasar el día declarando ante la juez de menores y tras ser puestos en libertad vigilada por haber (presuntamente, siempre presuntamente) violado grupalmente a dos niñas de 12 y 13 años en una casa abandonada de Burjassot.

Fuente: Antena 3 Noticias.

Cuando lo aconsejable, lo lógico, lo moral y éticamente aceptable, sería que imperase como mínimo un cierto silencio y el recogimiento en uno y otro escenario, el sentido de una cierta vergüenza por unos hechos probados y otros probables, nos encontramos con esos dos gestos de un hondo contenido chulesco y de desafío a la norma.

Seguramente sus autores, los de uno y otro lado, de procedencia diversa y situados a cientos de kilómetros de distancia, quienes hicieron ese gesto de aplaudir y vitorear al corrupto y a los presuntos violadores, pensarán que nada tienen que ver entre sí, pero segura y posiblemente desconocen que sus gestos están unidos por un hilo invisible que los delata como hijos del mismo proceder: aquel que considera que si te reconoces como siervo no puedes aspirar nunca a ser igual que tu señor, el mismo que delata que si te ha tocado ser mujer, o niña como es el caso, nunca podrás soñar con ser reconocida como una igual. Ese fino hilo que, de una u otra forma, siempre acaba justificando el abuso del poder. Las oscuras vergüenzas del poder.

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Pepe López

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