A comienzos de los años ochenta, un joven de 21 años que trabajaba en una fábrica, en un banco o en un comercio daba por hecho que debía marcharse de casa. Tal vez compartía un piso modesto, quizá se casaba pronto o alquilaba un pequeño apartamento sin ascensor. No era fácil, pero era natural. La independencia formaba parte del paso a la vida adulta. Los padres también esperaban ese momento. Las casas eran más austeras, las normas más rígidas y la convivencia intergeneracional prolongada no se consideraba deseable.
Hoy el escenario es radicalmente distinto. Imaginemos a un joven de 29 años con contrato laboral, salario de 1400 euros y estudios universitarios. Sigue viviendo en casa de sus padres porque alquilar un piso consume prácticamente todo su sueldo. Tiene pareja, trabaja, viaja, sale a cenar y compra tecnología, pero continúa instalado en el dormitorio juvenil. A veces incluso la pareja pasa más tiempo en casa de los suegros que en la suya propia. Y la familia se adapta: más gasto, menos intimidad y una convivencia que se prolonga indefinidamente.
Según escuchaba esta semana en la Cadena Ser, nuestro país acaba de alcanzar un récord histórico que debería avergonzarnos como sociedad. La tasa de emancipación juvenil ha caído al 14,5 %, la más baja desde que existen registros, y la edad media para abandonar el hogar familiar supera ya los 30 años. Mientras tanto, la media europea está en 26,2 años. En países como Francia o Alemania, muchos jóvenes se independizan entre los 23 y los 24 años. La principal causa es evidente: la vivienda. Nuestros jóvenes necesitan destinar prácticamente el 99 % de su salario para alquilar un piso en solitario. El mercado inmobiliario ha dejado de ser un espacio para vivir y se ha convertido en una máquina de expulsión generacional. Los alquileres han subido de forma brutal, especialmente en las grandes ciudades y zonas turísticas. Compartir piso ya no es una etapa provisional de universitarios: es una obligación estructural incluso para trabajadores cualificados.
El Consejo de la Juventud, según declaraciones a El País, lo resume con crudeza: “el acceso a la vivienda se ha convertido en uno de los principales factores de empobrecimiento de la juventud”. Andrea González Henry, presidenta del organismo, advierte que ya no basta con estudiar o trabajar para poder independizarse. Esa frase desmonta el viejo pacto social: estudiar, esforzarse y trabajar ya no garantiza autonomía. Pero reducir el problema únicamente al precio de la vivienda sería simplificar demasiado. Existe también una dimensión cultural y familiar incómoda de reconocer. Muchos jóvenes que sí tienen ingresos permanecen en casa porque la alternativa supone una pérdida drástica de calidad de vida. En el hogar familiar disponen de comida, limpieza, conexión a internet, lavadora, calefacción y, muchas veces, cero aportación económica. Algunos incluso incorporan a sus parejas a esa estructura doméstica sin asumir verdaderas responsabilidades adultas.

Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿hemos educado mal a nuestros hijos? Tal vez nuestra generación, obsesionada con proteger, dialogar y evitar frustraciones, no ha sabido transmitir la importancia de la autonomía personal. Hemos convertido el hogar en un espacio excesivamente cómodo. Muchos padres continúan organizando la vida doméstica alrededor de hijos de casi treinta años: horarios de comida, televisión, vacaciones, rutinas familiares. El mando de la casa cambia de manos sin que nadie lo verbalice. La consecuencia es doblemente perversa. Los jóvenes retrasan la madurez emocional y los padres prolongan una etapa vital que debería haber terminado hace años. La convivencia eterna genera tensiones silenciosas, desgaste psicológico y pérdida de intimidad. Padres que ya deberían disfrutar de una vida más libre siguen ejerciendo de sostenes económicos y logísticos. Hijos adultos continúan instalados en una adolescencia prolongada.
Los psicólogos llevan tiempo alertando de este fenómeno. La autonomía no es solo una cuestión económica; también es un proceso de construcción identitaria. Salir de casa obliga a asumir límites, frustraciones, responsabilidades y decisiones propias. Cuando esa transición se retrasa indefinidamente, la entrada en la vida adulta también se aplaza. Y eso tiene efectos en la autoestima, en las relaciones de pareja y en la capacidad de afrontar riesgos. Una paradoja que, en nuestra sociedad, es especialmente cruel porque convive con una aparente mejora laboral. El paro juvenil ha descendido y la temporalidad se ha reducido respecto a hace una década. Sin embargo, trabajar ya no basta. Más del 70 % de los jóvenes con empleo sigue viviendo con sus padres. Es decir, el salario ha dejado de ser una herramienta de emancipación.
Y mientras tanto, el país envejece, cae la natalidad y se debilita el ascensor social. Porque quien no puede independizarse tampoco puede formar una familia, tener hijos o construir un proyecto vital propio. La emancipación tardía no es solo un problema juvenil: es un problema económico, demográfico y emocional que afecta a toda la sociedad. La vivienda se ha convertido en la gran frontera de desigualdad. Los jóvenes que logran emanciparse suelen hacerlo gracias al apoyo familiar: avales, ayudas económicas o herencias futuras. Los demás permanecen atrapados en casa. El mérito individual pesa cada vez menos frente al origen social.
De esta manera, pues, nuestro país corre el riesgo de normalizar algo profundamente anormal: generaciones enteras viviendo en casa de sus padres hasta los treinta y muchos años. Y cuando una anomalía se normaliza, deja de indignarnos. Ese es quizá el mayor peligro sin que nadie, en las trifulcas diarias de nuestra vida política, presente un proyecto sensato frente a un problema que atenta los cimientos de nuestra sociedad.
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Pero quién le coloca el cascabel al gato… Poco parece importar a políticas y políticos en INEPTITUD y DESIDIA en idiotez y a madres y padres que erramos por sobre protección materma y paterna…
Gracias
PD: Hijos e hijas son de la vida…