Impulso irresistible

Somos la persona que Dios nos ha encomendado

Imagen: Public Domain Pictures (Fuente: Pixabay).

En el lenguaje espiritual se utilizan términos muy repetidos que si no los recordamos o atendemos en su profundidad empiezan a perder sentido. En el caso del apostolado y de realizar labor de cuidar a los nuestros (parientes, familiares, amigos, compañeros…) y también de hacernos cargo de otras personas que vemos perdidas y necesitadas de una orientación, es muy frecuente que utilicemos el verbo encomendar: encomendar a alguien ante el mismo Dios es confiarle nuestra preocupación por esa persona que hemos seleccionado para que sea cuidada espiritualmente, rogando a nuestros santos que le ayuden y lo lleven por los caminos más seguros que acierten en su mejor destino. Es eso una verdadera muestra de amor al prójimo, y desde una perspectiva coloquial y clásica así lo hacemos, y, en definitiva es esa la manera en la que empezamos a tener interés en que ese amigo o amiga disponga de los mejores medios de formación personal, intelectual y espiritual. Después viene el pedir y re-pedir por esa persona y ayudarla interesándonos por sus inquietudes que acabamos por hacer nuestras. De tal modo que “lo nuestro” (nuestra debida formación, preparación y dedicación, parece que lo dejamos en segundo o en enésimo lugar, flotando por esas nubes de nuestras preocupaciones y otras atenciones que por nuestros diversos trabajos tenemos que llevar a cabo diariamente y en cada momento. Normalmente esto es así, pero un psiquiatra nos da el siguiente razonamiento que nos ha dado que pensar y que argumentamos en seguida.

El especialista al que sin haberle llamado nos ha salido al paso con sus argumentos nos razona que, si Dios es la verdad, la negación de uno mismo y seguirle debería potenciar en nosotros una bien entendida estima personal por nosotros mismos, un mejor autoconcepto, ya que cuando de estos temas hablamos con nosotros mismos resulta que estamos en la cola más absoluta de nuestras estimas particulares. O sea, que no nos queremos para nada. Pero él dice que debemos procurar cuidar y mejorar nuestra propia identidad y nuestra personalísima personalidad, a la que le tenemos prohibido cualquier asomo de delectación personal, asomando el cuello por donde ya no cabe para no dejarnos ver, ni muchos menos dejarnos halagar y recibir gratitudes y aprecios que estimamos no nos corresponden. El amigo nos invita a simular que estamos en conversación con algunos santos y santas que se hicieron famosos por sus renuncias a las palmaditas en la espalda, los honores y los premios. Los santos, para llegar a serlos, han renunciado a todas esas prebendas o sobresueldos de la autoestima que nos llevarían a la locura. Y no es que esas personas se hayan hecho así por un exceso en uniformizarse en su forma de presentarse, pues lo que hay que ver en ellas es precisamente su diversificación y el mantenimiento de su personalidad a base de trabajarse duramente su conciencia.

Nos anima lo que nos dice el especialista a continuación al aconsejarnos que renunciemos a lo efímeros que hemos podido llegar a ser de tanto abdicar de lo nuestro dejando de mirarnos a nosotros mismos. Que no nos pase que la avaricia misma nos haga desear lo que nos va a perjudicar mucho más. A veces estamos entrampados en entregas desaforadas hacia los demás perdiendo nuestra propia personalidad, que es como renunciar o despreciar lo que hemos recibido de nacimiento o por la educación recibida por el sacrificio de nuestros mismos padres. Nosotros no tenemos que resolver la vida ni los problemas a otros sin haber atendido antes la obligación real de solucionar lo nuestro, lo propio y particular. Y aquí está la clave de lo que nos hace redescubrir en nosotros mismos nuestro amigo científico: para darse es necesario poseerse, para salir de uno mismo se necesita antes estar dentro, y ahí dentro poner en orden las ideas, cuidarse (que hay mucho que proteger y muchos más que, a lo mejor sin  saberlo nosotros, vienen con ganas de rompernos los esquemas mentales); sí, cuidarse, pero también a uno mismo y acordarse que debemos amar al prójimo “como a uno mismo”.

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Demetrio Mallebrera

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