Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Sin recortes

Sobre el pudor en nuestra sociedad

Dos modelos desfilando en bikini. Fotografía de Savaman - Flickr (Fuente: Wikimedia).

Recuerdo hace ya muchos años que escuché una conversación como esta en un tren entre Ginebra y Berna. La protagonista hablaba en español, pensando que nadie la entendería: “nena, no te lo puedes ni imaginar, aquí, con mis cincuenta años, me acaba de bajar de nuevo la regla. Y ya ves, sin preparación, toda chorreando. Suerte que el pantalón es rojo y no se ve mucho. Aquí son tan finas que ni se enteran”. Una situación como la que recuerdo me lleva a la mente una reflexión sobre el pudor en nuestra sociedad. Algunas veces, sobre todo desde que hemos perdido la vergüenza de compartir nuestras llamadas en público, con el altavoz abierto, nos sonrojamos los que escuchamos sin quererlo conversaciones del ámbito privado.

¿Qué es lo que nos ha llevado a colectivizar los actos individuales como este? ¿Hemos perdido la vergüenza o simplemente deseamos exhibir que tenemos una vida social o alguien en quien confiar? Dejamos de tener reservas en exponer públicamente ciertos aspectos íntimos de nuestra vida, nuestro cuerpo o nuestros pensamientos. Bien cierto es que el pudor puede variar significativamente de una cultura a otra, de una persona a otra, ya que lo que se puede considerar indecente o inapropiado se altera según las normas sociales y personales. La voluntad de rebeldía o de actuar con total libertad puede provocar situaciones que en los otros provoquen una cierta molestia. Como siempre, habría que analizar dónde está el límite entre lo público y lo privado, o sea, como siempre se ha dicho, la libertad de uno acaba donde empieza la del otro. Una máxima que a veces olvidamos, aunque nos llenemos de boca de frases como: “yo actúo como quiero y soy respetuoso con los otros”.

Es evidente que el concepto de pudor ha cambiado en nuestra sociedad. Los avances democráticos y la interrelación con el resto de los países de nuestro entorno nos ha alejado de la represión que, con marcado carácter religioso y político, se desarrolló durante la última dictadura. Hemos asistido a un cambio importante de las normas culturales, abriendo nuestra mentalidad e importándonos menos la aceptación social. La globalización ha permitido tener otros modelos de comportamiento alejados de nuestros antiguos patrones culturales. ¿Cómo rompieron con su pudor por primera vez nuestras conciudadanas cuando utilizaron el bikini o el topless en nuestras playas? Es evidente que la visita de las turistas del resto de Europa en los años sesenta facilitaron, sin ninguna duda, esta pequeña revolución.

Así, la educación sexual y la conciencia de género ha facilitado la desaparición de absurdas prevenciones que limitaban nuestro comportamiento. Todavía no hemos llegado a la costumbre de los países nórdicos de quedarse en ropa interior en los parques si el día es soleado, pero poco a poco, desde los núcleos familiares al resto de actividades colectivas, ponemos menos reparos a desvestirnos en público y mostrar con naturalidad partes de nuestro cuerpo que a menudo quedan ocultas. El cambio generacional ha facilitado también esta desaparición progresiva del pudor. Las generaciones más jóvenes hemos tenido actitudes diferentes hacia la privacidad y la exposición pública en comparación a los grupos de mayores.

Un último elemento a tener en cuenta es el avance tecnológico y con él el desarrollo de las redes sociales. Compartimos la privacidad y tenemos tendencia a exhibirnos en una especie de competición para incrementar nuestros seguidores y marcar algún tipo de tendencia. No hace falta que recordemos la cantidad de separaciones de pareja que se han retransmitido, casi en directo, por algunas de estas redes. Valoramos, pues, la viralidad y la atención. Quien lo hace puede sentir que compartiendo contenido o información personal impactante o controvertida aumentará su visibilidad en línea e incrementará su presencia en el mundo global de las comunicaciones. Esta desaparición del más mínimo pudor nos insensibiliza, la exposición constante a contenido provocador e íntimo puede hacernos perder la sensibilidad y normalizar aquello que agrede nuestros principios sociales. Perdemos el control sobre nuestras propias redes y exhibimos, sin ningún tipo de vergüenza, nuestras faltas o mediocridades, convirtiéndonos en meros transmisores de una realidad errónea, sin opciones de superación. Elevamos lo superficial y superfluo a ejemplo a seguir. ¿Hemos avanzado en nuestra sociedad en este aspecto? ¿Dejar de tener pudor permite que crezcamos como individuos o como colectivos? ¿Dónde está el límite entre lo que pertenece a la esfera de la privacidad y lo que queremos exhibir? Me temo que mantendré durante un cierto tiempo la prevención a exponer mi intimidad en público. Me reservo para mi ámbito personal algunos pensamientos y acciones que no considero que interesen a nadie más. ¡Palabra de pudoroso!

Carles Cortés

Catedrático de universidad y escritor.

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