Trescientas... y pico

Ser pobre en Madrid no es tarea fácil

El portavoz del Gobierno de la Comunidad de Madrid, Enrique Ossorio, busca a los pobres (Fuente: Cadena Ser).

Hubo un tiempo, no tan lejano, no crean, en que ser pobre era una forma de estar en el mundo. Un estatus. Uno nacía pobre y sabía que moriría así, pobre. Era como un destino, un DNI virtual grabado en tu frente al nacer. Ibas por la calle y todos bueno, casi todos– te veían y reconocían. “Mira, ahí va un pobre”. Y eso era una suerte, como una forma de vivir.

Nada más verte, a lo lejos, tu forma de desplazarte, tu ropaje, esa forma de llevar la cabeza medio ladeada, medio agachada, sin atreverte a mirar a los ojos al de enfrente, esos gestos tan propios de los que eran como tú, te hacían inconfundible. No había dudas. Eras un pobre sin discusión alguna.

De modo que nadie, ni siquiera los que mandaban, o los que estaban cerca de los que mandaban, o los que daban discursos en los altares y tras los atriles, osaban poner en duda tu pobreza, tu menesterosidad, una condición y un status ganados a pulso. Recuerden Plácido, de Buñuel, y esa frase con la iba a ser originalmente llamada la película: Ponga un pobre en su mesa (por Navidad).

Era un tiempo, como ahora, en donde algunos hacían enormes esfuerzos para negar que hubiese clases sociales ni todos esos líos antiguos, pero donde los pobres tenían su sitio. De modo que no era raro que uno de ellos tocara a tu puerta, abrieras, y allí estaba él o ella, alargando tímidamente su mano. Eso, claro, si tu no eras el que estaba al otro lado de la puerta porque en el reparto inicial te había tocado representar ese papel.

Fotografía: Ben Kerckx (Fuente: Pixabay).

Tan bien representados estaban éstos, los pobres, que se les podía ver casi siempre formando parte del paisaje que había por entonces, un paisaje de mocos, hambre y sabañones, pero digno. ¡Y es que también había dignidad en la pobreza, no se crean! Estaban, casi siempre y sobre todo, en las puertas de las iglesias, a la entrada y salida de misa, en los entierros, alargando el brazo levemente, nada amenazante, no como ahora que nunca se sabe qué hay tras de la mano que pide.

Se les veía también en cualquier acontecimiento social de importancia, esperando un gesto de compasión, un acto de generosidad, el cristiano acto que todo buen católico debía hacer a diario para salvar su alma, para que pudieras volver a casa con la sensación de haber hecho una buena obra, así se llamaba dar unas perrujas sobrantes a aquel que vivía donde tú pero que no era como tú.

Eso sí, sabíamos, intuíamos, que había pobres mayormente porque había ricos, pues la ley natural hacía pensar que una cosa llevaba a la otra. Pero ya que eras  pobre, al menos, y eso era de agradecer, nadie en su sano juicio ponía en duda tu condición. ¡Era tan fácil serlo! Nada que ver con el hoy y el ahora, donde ser pobre no es tarea nada fácil, cuando no resulta sospechoso. Si eres pobre es cosa tuya, será porque te lo has buscado. Eso se piensa y también, últimamente, se dice mucho.

La confusión debe venir porque, incluso, muchos de esos pobres de hoy visten igual que los que oficial y estadísticamente no lo son, aunque lo sean un poco. Los hay que viven en casas, humildes casas, eso sí, de precario y con la amenaza del desahucio; que tienen hijos, familia; incluso los hay que disponen de trabajos, no uno, sino dos o tres, en los que unos días trabajan y otros no. Es su manera de serlo.

Infografía con datos de la Fundación Foessa (Fuente: www.vidanuevadigital.com).

De modo y manera que si quieres verles tienes que esforzarte. Es lo que hace Cáritas, que de vez en cuando quiere que los veamos. Hace que nos esforcemos. Que no perdamos de vista que también hay esa otra pobreza que ha cambiado de rostro, de escenario, de atuendo, esa que en el infernal subibaja de la vida moderna y en la noria de los acontecimientos de los intereses que no controlamos, hace que cualquier día, el menos pensado, te echen del curro, de tu casa de alquiler más o menos social, y te toque, así de repente y sin estar preparado, representar el papel de pobre.

Es lo que dice, por ejemplo, el cardenal arzobispo de Madrid, Carlos Osoro: “Que el informe de FOESSA – de Cáritas, para entendernos– toque nuestro corazón y reconozcamos a las personas en exclusión social que tenemos a nuestro lado, aquí en Madrid, para así ofrecer respuestas a sus necesidades reales”.

Pero parece que ni así. Ahí, un ejemplo de tantos, tenemos al portavoz y consejero de Educación de la Comunidad de Madrid, Enrique Ossorio (108.000 euros de sueldo), quien hace unos días y cuando un periodista va y le pregunta que si tenía algo que decir sobre el informe de Cáritas que revela que en Madrid hay 1,5 millones de personas pobres y en exclusión social, y que la cosa se ha puesto mucho peor con la pandemia, no supo bien qué responder. O quizás sí.

Y no porque no supiera la respuesta. No, nada eso. Era solo que por mucho esfuerzo que gastó no pudo siquiera hallar ni a uno de ellos. En medio del acto informativo hizo el esfuerzo –es de reconocer– de mirar en derredor, agachar la vista al suelo, mirar hacia delante y hacia atrás, ¡y nada! ¡Ni un solo pobre en Madrid! Es lo que tiene ser pobre y vivir en la capital. Que ni te ven. Debe ser –en palabras de Osoro, el cardenal– que de lo que algunos no van sobrados siquiera es de corazón. Que pudiera ser como otra forma de ser pobres.

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Pepe López

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