Trescientas... y pico

Censuras

Fuente: Perfil de @natalia_velilla en Twitter.
  A distinguir me paro las voces de los ecos 
 y escucho solamente, entre las voces, una.

La censura está claramente de vuelta. Tanto que, a veces, pareciera que camináramos lentamente a su encuentro, hacia ese tipo de sociedad donde la intransigencia tiende a ocupar, cada vez más y sin rechazo, rasguños, ni heridas, los mullidos sillones en donde no hace tanto descansaban señorialmente la libertad y el derecho a la discrepancia como valores de convivencia. El reciente y chusco acto de censura protagonizado por el gobierno de izquierdas de las Islas Baleares a instancias de unos jueces trasnochados y desnortados es, posiblemente, el penúltimo capítulo de un fenómeno que está pasando de ser anécdota para, lentamente y como entra un cuchillo en la mantequilla, convertirse en categoría que anticipa tiempos oscuros y repletos de intransigencias.

El acto de censurar es, muy probablemente, una consecuencia del miedo al contraste de ideas, a la falta de argumentos y el intento autoritario de imponerlas, algo que, de otra manera, tendría enormes dificultades para abrirse paso. Detrás de todo acto censor se esconde, también posiblemente, la negación del otro, el miedo a la fuerza de las palabras y a las ideas, la claudicación de trozos de libertad, la pura negación de la obra creativa.

Fuente: Perfil de @noticias4vision (Canal 4, El Salvador) en Twitter.

De modo que, desde el punto de vista democrático y de defensa de las libertades, el acto de censurar debería ser siempre una actividad marginal y prohibida, fuera de la ley, perseguida, acaso un acto bárbaro, propio de regímenes totalitarios, de sociedades inseguras y desconfiadas. Pero, parece claro, que hoy en día no solo no sucede nada de esto, si no que, incluso, está de moda la censura, al punto de que pareciera que es, en lenguaje moderno, un ejercicio rompedor y un tanto cool de hacer política y tomar decisiones que nos afectan a todos.

Las pieles de los actores políticos, de los colectivos religiosos, culturales, sociales, etc.,  se han vuelto muy finas, casi transparentes, y lo que antes era campo donde habitaba con naturalidad el sarcasmo, la crítica, incluso la mordacidad corrosiva, ahora es, tempranamente, echado al lado de lo no deseable, no publicable, sin derecho a ser usado ni pronunciado. En esas parece estamos cada vez más.

Hay siempresiempre la ha habido– una censura dura, de piel rizosa y trazo grueso, una censura de tintes conservadores, de defensa del privilegio, que nunca acepta al discrepante, que persigue cualquier atisbo de pensamiento libre u obra que cuestione su estatus. Es la censura de cualquier dictador, la censura cruel e infantil de estos días de Putin al prohibir que a la guerra se le llame guerra con amenazas de cárcel.

Fuente: Perfil de @PlataformaTrans (Federación trans del Estado Español Plataforma Trans) en Twitter.

Pero hay, de un tiempo acá, ese otro peligro del que se habla menos, una censura fina, con tintes de supuesto izquierdismo, progresista, que es por su naturaleza más difícil de descubrir y denunciar, pero que actúa como un salvoconducto para mentes estrechas, temerosas, desconfiadas, que se creen en posesión de certezas inmutables. Es la censura de la Unión Europea desde que comenzó la guerra a todos los medios oficiales rusos; es la censura de muchas obras, películas, seminarios, y artistas rusos, cuyo principal pecado es ser solo rusos; es la censura a no poder cuestionar aspectos de la conocida ley trans sin ser antes amenazados con ser expulsados al cadalso de la ignominia.

Y es, también, la ruin censura de estos días en las Islas Baleares de una simple viñeta en una exposición de treinta dibujos, obligada, condenada, a ser descolgada de la pared, decapitada de la arena pública. Es, también posiblemente, ese lugar difuso, autojustificativo y cobarde de-querer-quedar-bien donde se ubicaría esta reciente decisión del gobierno balear.

Como es conocido, hace poco el gobierno de Baleares decidió censurar una viñeta de la artista Diana Raznovich incluida en una exposición sobre la violencia de género que había organizado un organismo propio, el Institut de la Dona del citado gobierno. La decisión no fue siquiera a iniciativa propia, ni por la presión de la calle, ni por el revuelo o alarma social, si no que fue simple y llanamente la respuesta a un duro comunicado de las asociaciones de jueces –Conservadoras y progresistas, sin distinción– que entendieron, en un claro acto de extralimitación de poder, que aquella pequeña y humilde viñeta incluida en una exposición de 30 dibujos, hería su honor, era sesgada, reforzaba los estereotipos, atentada contra el buen nombre de la carrera judicial y desincentivaba a las víctimas a interponer denuncias contra sus agresores. ¡Una viñeta contra miles de jueces!

Diana Raznovich en 1998. Fotografía: Erna Pfeiffer (Fuente: Wikimedia).

Poco ha importado que la artista y autora del dibujo clame al cielo contra el gesto y el espíritu censor del gobierno balear; poco sus explicaciones de que su obra solo retrata el sesgo machista de una parte de la judicatura y no al conjunto. Todo inútil porque seguramente ese virus retrógrado y buenista de no-herir-sensibilidades ya estaba allí instalado previamente.

Escribía Machado, lo recogíamos al principio, en su famoso poema Retrato –(…) A distinguir me paro las voces de los ecos (…) la necesidad de pararse un momento a distinguir entre esas-voces y esos-ecos que nos asaltan. Parece que al gobierno de Baleares –pero no solo– este tiempo es solo de ecos. Y que las voces solo importan, solo pueden ser pronunciadas, oídas, si se proyectan como ecos de quien(es) previamente creen tener el derecho de la voz.  ¡Pobres jueces! ¡pobre gobierno balear! ¡pobre sociedad!

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Pepe López

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