Impulso irresistible

“Señores, vámonos poco a poco”

Acuarela de Salvador Tusell, una de las 350 que aparecen en El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, edición de Luis Tasso, Barcelona, [1894?]. Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla (Fuente: Wikipedia).

“(Don Quijote) volviéndose a Sancho, le dijo:

—Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

—¡Ay! —respondió Sancho llorando—: No se muera vuestra merced, señor mío, Sino tome mi consejo y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía…”

(Cervantes: Don Quijote de la Mancha: parte II, Capítulo 74 –LXXIV-: De cómo don Quijote cayó malo y del testamento que hizo, y su muerte).

Poco a poco, como de puntillas y sin apenas hacer ruido, se va yendo Don Quijote, de su mundo personal y de su universo particular y planetario, alojado en su  interior en el que se gozaba y se embrollaba por empeño de su creador el escritor Miguel de Cervantes de mayúsculas letras, a quien todos los años releemos, como un rito de obligado cumplimiento de admiración y gratitud en torno al 23 de abril para no perder los ya diversos hilos argumentativos de sus excelsas obras, que tanto nos hacen pensar, soñar, viajar, argumentar y disfrutar de la excursión cuyo trayecto está jaspeado de luces y sombras, de personajes raros, de paisajes difíciles de describir y de pisar sin a veces dejar de poner en riesgo la vida o la compostura que uno mantiene con tanto aseo como interés.

Acuarela de Salvador Tusell, una de las 350 que aparecen en El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, edición de Luis Tasso, Barcelona, [1894?]. Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla (Fuente: Wikipedia).

Pongámonos a recordar lo que se nos dice: “Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente en las vidas de los hombres, y como la de Don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque, o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, o ya por la disposición del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura, que le tuvo seis días en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del bachiller y del barbero, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen escudero”. Ahí está le peña de amigos: los servidores, los intérpretes, los conversadores, los sabios del lugar, los teólogos…; todos pendientes del estado de salud del siempre avispado, sonriente y bien acontecido Don Quijote. Todos los presentes se preguntan con la mirada qué le estará pasando al amigo que ha cogido raras fiebres.

“Estos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su deseo en la libertad y desencanto de Dulcinea, le tenía de aquella suerte, por todas las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole el bachiller que se animase y levantase para comenzar su pastoral ejercicio, para el cual tenía ya compuesta una égloga, que mal año para cuantas Sanazaro había compuesto, y que ya tenía comprados, de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado, el uno llamado Barcino, y el otro Butrón, que se los había vendido un  ganadero del Quintanar. Pero no por eso dejaba don Quijote sus tristezas. Llamaron sus amigos al médico, tomóle el pulso y no le contentó mucho, y dijo que por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo corría peligro”.

Ilustración de El Ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha. Fondo: Biblioteca de la Facultad de Derecho y Ciencias del Trabajo Universidad de Sevilla (Fuente: Wikipedia).

Don Quijote tenía el ánimo sosegado, pero su ama, su sobrina y se escudero comenzaron a llorar tiernamente, como si ya le tuvieran muerto. Pero don Quijote les rogó a todos que le dejasen solo, porque quería dormir un poco. Hiciéronlo así, y durmió de un tirón, como dicen, más de seis horas; tanto, que pensaron el ama y la sobrina que se había de quedar en el sueño. Despertó al cabo del tiempo dicho, y dando una gran voz, dijo: “¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los hombres”. La sobrina peguntó y oyó: “Yo me siento, sobrina, a punto de muerte; querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido mi vida tan mala que dejase renombre de loco; que puesto que lo he sido, no quería confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos: al cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás el barbero, que quiero confesarme y hacer mi testamento. Pero de este trabajo se excusó la sobrina con la entrada de los tres. Apenados los vio don Quijote cuando dijo: Dadme albricias, buenos señores, de que ya no soy yo don Quijote, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Yo soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas de la andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios, escarmentado en cabeza propia, las abomino. Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y tráiganme un confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento: que en tales trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así, suplico que en tanto que el señor cura me confiesa, vayan por el escribano”.

Sigue narrando: “Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don Quijote, y, aunque en duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron se moría fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo; porque a las ya dichas razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo”.

Portada de la primera edición de la primera parte de El ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha, de Miguel de Cervantes, publicado en Madrid, 1605, en la imprenta de Juan de la Cuesta (Fuente: Wikipedia).

Todos mostraron una actitud de complacencia con movimientos de cabeza y con los ojos desbordados en lágrimas y suspiros y chispazos en sus corazones. El caballero, cabizbajo y contento por poder soltar todo lo que llevaba por dentro, llamó la atención de los presentes cuando se refirió a Sancho Panza para quien dijo que no se designase culpable de ciertas cuentas no terminadas entre ellos dos, añadiendo: “Perdóname, Sancho, amigo mío, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo. Haciéndote caer en el error en el que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo. ¡Ay! –respondió Sancho llorando-: No se muera vuestra merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese de esa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizás tras de alguna mata hallaremos a la señora Dulcinea desencantada, que no haya más que ver”. Un año más, saludemos a nuestros personajes tan emotivos y a su señor don Miguel Cervantes.

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Demetrio Mallebrera

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