Impulso irresistible

Sanar los ojos del corazón

Fotografía: Photo Mix (Fuente: Pixabay).

Dedico este artículo a mi primera nieta, Irene, pues quien me ha dado la idea de hablar de los ojos del corazón es otra Irene: Irene Martín, ingeniera industrial y directora de la Fundación Maior, que busca la educación integral a través de la cultura. Y es que sanar los ojos del corazón debe ser una tarea continua en nuestra vida para que veamos más y mejor a Dios. Ya san Pablo pedía esta iluminación “para que conozcáis la esperanza a que habéis sido llamados” (Ef. 1, 18). También entre los religiosos posteriores, san Ignacio experimentó la “sanación de su mirada” a raíz de haber estado contemplando a Dios junto al río Cardoner en Manresa: “Y esto con una ilustración tan grande que le parecían nuevas todas las cosas” (Autobiografía, 30). Y es que, como dice Irene Martín:

“Sanar el corazón es una búsqueda importante en la vida, desde la época de aquellos santos hasta nuestros días”.

Irene Martín

Hay enseñanzas similares en otros autores más cercanos a nosotros en el tiempo. El papa Benedicto XVI así lo afirma en su libro Jesús de Nazaret: “A Dios se le puede ver con el corazón, la simple razón no basta”. Es que “las cosas de Dios se reconocen precisamente con el corazón, con esa mirada que engloba todo nuestro ser, no sólo con el discurrir intelectual”. El punto de partida es positivo: si hay que “sanar” el ojo interior del corazón significa que ya lo poseemos, solo que, por alguna razón, no “funciona” y hay que “arreglarlo”, es decir, sanarlo y educarlo. San Agustín explicó que el origen de este desajuste está en el pecado original. Porque en el Paraíso Adán tenía el corazón sano, con una conciencia pura, y disfrutaba de la presencia de Dios; todo lo remitía a él. Pero después del pecado su ojo quedó enfermo, comenzó a tener miedo de la luz divina, veía las cosas con el velo de la sospecha y buscaba esconderse, huir de la mirada de Dios. “Esto lo vemos también en nuestro día a día. Nos es difícil percibir las cosas con la sencillez de los niños, con su naturalidad, con la confianza que tienen de que siempre son regalados con cosas buenas por parte de su entorno de amor familiar”.

“Nuestro mundo pone trabas para que no podamos ver bien ni percibir esa presencia divina”.

Irene Martín

El ritmo marcado por el marketing, por el placer de comprar y consumir enfrenta a la calidad con la cantidad, debido a una mentalidad posesiva y pasional que sólo busca una satisfacción rápida embotando así nuestra mirada que no nos deja apreciar lo verdadero, lo bello, lo bueno del mundo. Pero no podemos dejarnos llevar por la desesperanza. Esas dificultades son reales, pero junto a este diagnóstico del problema encontramos en estos mismos autores orientaciones prácticas para ayudarnos en este proceso de sanar la mirada. Para tener “esta educación de los ojos del corazón” conviene comenzar por la unidad del corazón. Explica Benedicto XVI que“ para que el hombre sea capaz de percibir a Dios, han de estar en armonía todas las fuerzas de su existencia”. Es decir, la base afectiva del hombre debe ir en la misma dirección que su razón y su voluntad, y esto implica una auténtica y vivida UNIDAD DE CUERPO Y ALMA. También se va adquiriendo esta unidad, esta mirada sana, siguiendo la liturgia. Esta forma de ver y vivir nuestro propio desarrollo espiritual nos llevaba por tiempos y celebraciones que no debemos dejar de valorar. Los ojos del corazón se llenaban de luces que contenían recuerdos y esperas, y también lo que decía San Agustín (atender y vivir los santos misterios y sus vivencias personales, solventar la necesidad de volver a lo natural, a cuyo advenimiento de necesidades populares y culturales está lleno el calendario litúrgico en lo referente a vivencias y al estudio serio de los sacramentos). LOS OJOS DEL CORAZÓN están en nosotros y deben seguir nutriéndose de experiencias positivas que nos hagan más espirituales.

“Esta es la apasionante tarea de la vida: educar nuestra mirada, hacernos dóciles al Espíritu. Así se abrirán con limpieza los ojos de nuestro corazón”.

Irene Ramos
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Demetrio Mallebrera

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