Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Al paso

Roma, lección de vida y de muerte

Plaza de San pedro en el Vaticano. Fotografía de Diliff (Fuente: Wikimedia).

Del Coliseo al Vaticano. Esto es así para los turistas y para la historia. Acabo de regresar de Roma, donde nunca antes estuve, y he cumplido con un viejo sueño gracias a mi hijo Javier, que me ha acompañado por la Vía Apia, Plaza de San Pedro y tantas y tantas calles empedradas del casco antiguo, lugares muchos de ellos por donde transitaron desde Rómulo y Remo hasta Julio César, Augusto, Cicerón, Marco Antonio, Agripina, Diocleciano, Constantino y su madre santa Elena, y los tres emperadores hispanos, Adriano, Trajano (ambos de Itálica, junto a Sevilla) y Teodosio I el Grande nacido en la hispana Cauca (Coca, Segovia), a los que añadiremos al gran Marco Aurelio, de padre nacido en la Bética hispana.

Muchas ruinas, mucha grandeza y mucha muerte. Grandes arcos triunfales, como el de Septimio Severo y, muy singlar y bien conservado, el de Constantino, que conmemora su victoria contra Majencio en la batalla del Puente Milvio, sobre el Tíber, con un Constantino que, ayudado por la cruz (tuvo una visión con el símbolo cristiano y la leyenda “con este signo vencerás”), promulgó un edicto acabando con la persecución del cristianismo. Es curioso que, cerca del Coliseo, estén el Arco de Triunfo de Constantino y las ruinas de la Basílica de Majencio. Emperadores de todo tipo y generales de las legiones en luchas fratricidas permanentemente por el poder en los amplios territorios de dominio romano. Guerras y más guerras, asesinatos y más asesinatos siempre en busca del poder, incluso en el seno de las mismas familias poderosas. Llegó la ira hasta el punto de que Nerón ordenó matar a su madre, Agripina, acusándola de un complot para derrocarle. De lo mismo acusó a Séneca y a Petronio y ‘los suicidó’.

Los bárbaros acabaron con el Imperio de Occidente (año 476) y los otomanos con el de Oriente, Imperio Bizantino, con capital en Constantinopla, la actual Estambul, en 1453. El Imperio Romano fue dividido en dos por el hispano Teodosio I el Grande, que puso al frente de Oriente a su hijo Arcadio y en Occidente a su otro hijo, Honorio. Es significativo que Teodosio I fue quien hizo religión oficial del Imperio el cristianismo, que sólo dejó de ser perseguido por el edicto de Constantino. Un hispano hizo oficial el cristianismo con el llamado Edicto de Tesalónica, ciudad del norte de Grecia. Los emperadores romanos eran forofos de Grecia y Turquía. Constantino vivió mucho tiempo en Turquía y murió en su admirada Nicomedia, actual Izmit turca, aunque fue enterrado en Constantinopla, nombre que se popularizó en contra de la voluntad de  Constantino, quien la llamó  Nova Roma y la hizo capital del imperio. 

El Coliseo. Fotografía de Jimmy Walker (Fuente: Wikimedia).

Del colosal Coliseo (donde martirizaron a tantos seguidores de Cristo) al Vaticano hay unos cuatro kilómetros. En unos minutos se pasa del lugar del suplicio de los cristianos a la cabeza de la cristiandad, una ‘ciudad-estado’ que atesora religión y asombrosas obras de arte en sus fabulosos museos y en la Basílica de San Pedro, destacando sobre otras, las pinturas de Rafael y las de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina junto a la soberbia escultura de ‘La Pîedad’ en la Basílica de San Pedro. El ‘Moisés’ se ve, se admira y se disfruta en la vecina Basílica de San Pietro in Vincoli (San Pedro Encadenado), junto al mausoleo de Julio II, el papa ‘mecenas’ de Miguel Ángel.

Quiero destacar el paso de la antigüedad pagana a la exaltación del cristianismo hasta el punto de que tanto Constantino como Teodosio y otros emperadores se creyeron pontifex maximus religiosos, no sólo protectores sino guardianes de la ortodoxia salida de los concilios de Nicea, Constantinopla, Éfeso… La Iglesia, con el paso de los siglos, se emborrachó de poder temporal y fueron las órdenes religiosas las que mantuvieron, por así decirlo, la pureza de las enseñanzas evangélicas y haciendo verdad lo que dijo el Señor: “Mi reino no es de este mundo”.

Tras  ver tantas ‘ruinas grandiosas’ y disfrutar de un Vaticano lleno de tumbas famosas, lo normal, creo yo, es sacar lecciones de humildad para el tiempo presente. Ya a los generales triunfadores en las batallas que hicieron grande el imperio romano, cuando desfilaban con sus tropas ante el emperador en Roma, antes de recibir la corona de laurel, durante el desfile, un esclavo les repetía, cada dos por tres: “Memento mori” (”recuerda que morirás”). Y cuando los papas, recién elegidos, eran portados ante los fieles hacia su coronación con la tiara pontificia, alzados en la ‘silla gestatoria’, como las imágenes de Semana Santa, a hombros de ‘costaleros’ de la Santa Sede, el maestro de ceremonias iba delante del papa y ordenaba tres paradas, en cada una de las cuales quemaba lino o estopa y, cuando cesaba el fuego, repetía esta frase : “Sancte Pater, sic transit gloria mundi” (“Santo Padre, así pasa la gloria del mundo”). Una llamada a la humildad. Así fue en el Vaticano hasta Pablo VI incluido. Su sucesor, Juan Pablo I (uno de los papas con más corto mandato, 33 días de 1978, aunque hubo otros ocho que le superaron en brevedad a lo largo de la historia), acabó con la silla gestatoria. A partir de Juan Pablo II (1978-2005) se institucionalizó el ‘Papamóvil en los desfiles papales ante los fieles para saludarlos y bendecirlos.  

Retrato de Rodrigo Caro por Francisco Pacheco en su “Libro de descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones”. Fondo antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla (Fuente: Wikimedia).

Hubo un poeta sevillano, nacido en Utrera, Rodrigo Caro (1573-1647), amigo de Góngora y Quevedo, abogado y sacerdote, que escribió mucho y bien sobre diversas materias y que dedicó un famoso poema de 102 versos a la ciudad de nacimiento de Adriano y Trajano, la Canción a las ruinas de Itálica:

Estos, Favio, ay dolor, que ves ahora,
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa…
Este despedazado anfiteatro,
impío honor de los dioses, cuya afrenta
publica el amarillo jaramago,
ya reducido a trágico teatro,
¡oh fábula del tiempo, representa
cuanta fue su grandeza y es su estrago”.

El destino de todo lo terrenal, de todo lo humano, es, como cantaba Serrat, tomando versos de Antonio Machado, efímero:

“Todo pasa y todo queda,
porque lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar”.

Ricos y pobres, poderosos y esclavos, a todos termina igualándolos la muerte como bellamente lo expresaba Calderón de la Barca:

“Muerte, tu equidad alabo,
que, en tu regazo profundo,
lo mismo valen al cabo
las cenizas de un esclavo
que las de un señor del mundo”.

‘No somos nadie’, que se dice en lenguaje coloquial cuando mueren amigos o conocidos. Pero si tienes la fortuna de ser creyente, como san Pedro, aunque alguna vez hayas negado conocer a Jesucristo, como hizo él, hay tiempo para arrepentirse y llorar, como también hizo él, y esperar que tras la muerte heredaremos lo que prometió Jesús en la cruz al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, en el Reino de los Cielos. Aunque te cueste creerlo, amigo lector, es lo que nos espera tras los imperios egipcio, griego, romano, español, ruso, norteamericano, chino y hasta el sanchista. Sí, una compañera y amiga periodista reza todos los días por Sánchez. La Iglesia ora todos los días, al comienzo de la misa, por todos los gobernantes para que su labor beneficie a todos los súbditos especialmente a los más necesitados. Por miserables que parezcamos, casi una ruina egipcia, romana o itálica, resucitaremos y seremos eternos. Metámonos esto en la cabeza y nos ayudará a hacer un mundo mejor. Hazte de Cristo que dijo: “Los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras quedarán para siempre”. Nos ha hecho sus hermanos, hijos de Dios Padre y herederos de su gloria. Eso sí, nos pide que no nos odiemos, que nos amemos los unos a los otros. Amén, que quiere decir así sea.

Ramón Gómez Carrión

Periodista.

3 Comments

Click here to post a comment