Impulso irresistible

“¡Nunca se cansan de mirar mis ojos el perpetuo milagro de la vida!”

Fotografía: Denise Husted (Fuente: Pixabay).

El 19 de marzo dio comienzo el Año de la Familia, proclamado por el papa Francisco en el quinto aniversario de la exhortación Amoris laetitia, reafirmando que nos había invitado a vivir un año de relectura del documento y reflexión sobre el tema, ya que el 26 de junio de 2022 está prevista la X Jornada Mundial de las Familias. El papa subrayó que “la intención principal del documento es comunicar, en un tiempo y una cultura profundamente cambiados, que hoy es necesaria una nueva mirada a la familia por parte de la Iglesia, con dos aspectos importantes: la franqueza del anuncio del Evangelio y la ternura del acompañamiento”. Hay mucha información en los soportes digitales, que reproducen documentos, reflexiones, coloquios y debates sobre la familia, su concepto en un presente conformista e inconformista a la vez, pero sumamente ideologizado en cuanto a las relaciones interpersonales, las conductas, las intenciones, los cambios legales, las instituciones que fueron creadas en principio para proteger a todos los integrantes no sólo de una familia, sino también de una ciudad en donde deben estabilizarse, aclararse y asumirse (con absoluto sentido de responsabilidad) los papeles o cometidos sociales en razón de cuestiones básicas que toman como fundamento el sexo, la indisolubilidad del matrimonio y de uniones perseverantes y formales, cuyos comportamientos deben quedar aclarados por leyes para que todo el mundo sepa lo que puede o no puede hacer con sentido de responsabilidad y de franca humanidad. Los contemporáneos hemos heredado un esquema social que está basado en el derecho, la razón y la costumbre asumida con respeto ante otros pensamientos, ensamblados para la mayor y la mejor convivencia social.

Los tiempos revueltos que vivimos (que incluso tienen repercusiones sobre la salud y la convivencia) están cargados de cables de alta tensión que rápidamente pasan de tener un cometido para nuestro bien y bienestar a provocar incendios y encender las mechas y los fuegos de enfrentamientos, a causa no sólo de aparentar que no somos todos iguales reclamando lo que dicen que les han arrebatado o nunca pudieron defender como derechos y culturas propias. Vivimos tiempos en los que palpamos la ira que no entendemos ni merecemos porque la hipocresía ha venido para quedarse y perturbar con nuevas palabras de significados retorcidos las buenas relaciones de los vecinos que procuramos el bien nuestro y el suyo cuando reivindicamos paz y solidaridad para todos y, evidentemente, igual que queremos ir por la acera limpia, también queremos que se nos respeten los colores de nuestras fachadas cuando otros quieren que las pintadas de insubordinación y de insulto social nos señalen sin haber tenido mayor culpa que pensar de forma diferente a ellos. Cuanto más nos miramos el propio ombligo nos vamos distanciando de los demás. Un amigo periodista al que suelo leer todo lo que publica escribió una vez lo siguiente: preguntaron a un señor cuál era el secreto de llevar tantos años casado y contento. La contestación fue que su mujer y él vivían en un concurso permanente de ver quién hacía más feliz al otro. El premio no hace falta descubrirlo.

Hemos comenzado este comentario de hoy con un pedazo de poema que tiene mucho amor y mucha belleza, del escritor mexicano (1870-1919) Amado Nervo, que también dice:

Quiero ser inmortal, con sed intensa,
porque es maravilloso el panorama
con que nos brinda la creación inmensa;
porque cada lucero me reclama,
diciéndome, al brillar: “Aquí se piensa,
también aquí se lucha, aquí se ama”.
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Demetrio Mallebrera

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