Trescientas... y pico

Miradas oblicuas (de un libro y de unos Juegos)

Ray Zapata (izquierda) y Ana Peleteiro (Fuente: RTVE).

Mirar no es garantía de ver. Se puede mirar y no ver nada. O, peor aún, mirar de forma oblicua, ver solo aquello que previamente habías decidido que querías ver y dejar en oscura neblina, en ángulos muertos, todo el resto del campo que rodea el objetivo, la realidad misma que te acompaña y envuelve. Es lo que pasa cuando miramos solo para reafirmarnos en nuestra paleta de colores primarios.

Todas estas ideas, estas reflexiones, me iban revoloteando por la cabeza a modo de borbotones de indignación mientras leía estos días el libro Y ahora, volved a vuestras casas, escrito por la periodista alicantina y residente en Francia Evelyn Mesquida y en donde reverberan con pasmosa crudeza una de esas miradas oblicuas, recientes y sangrantes, de esas que han estado (¿siguen estando?) más de medio siglo ocultas a nuestros ojos, como fue la capital aportación del exilio español a la liberación de Francia del yugo nazi.

A lo largo de sus páginas vamos descubriendo que la oscuridad de las miradas sesgadas no es solo propia de regímenes ominosos, dictatoriales, horrendos, esos que basan su existencia en la tiranía y el miedo de la población, sino que algunas de las democracias más asentadas y reconocidas también tienen su lado oscuro. Su pecado original. Su ángulo ciego. Es ese espacio donde habitan los monstruos que impiden que la forma rectilínea del ver gane el relato y procure el abrazo donde quepan todos los que lo hicieron posible.

Así, página a página, historia a historia, guerrillero a guerrillero (las guerrilleras que surfean sus páginas, a veces, no tienen ni nombre, otro ocultamiento más), vamos descubriendo que al libro de la liberación de Francia y de la grandeur gala le faltan muchas páginas, arrancadas ominosamente por los vencedores, por quienes no querían ver y compartir la gloria de la victoria con otros héroes fundamentales.

Evelyn Mesquida.

Vemos, de forma recta y cabal, cómo la participación española en la liberación de Francia que hicieron posible la construcción de la IV República francesa, la de 1946, se hizo sobre algunas exageradas certezas que no eran tales (que Francia hizo frente al monstruo desde el primer momento, que los colaboracionistas eran cuatro, que la resistencia fue desde el primer momento y masiva…), pero también muchos olvidos: entre ellos el papel relevante, primordial, experto y conocedor de los secretos de la lucha del exilio republicano español, que vio en aquella batalla un resarcimiento de su derrota en casa, una puerta a la libertad que habían dejado atrás. Olvidados y derrotados aquí, olvidados allí.

En una labor de pura orfebrería, la autora va juntando trozos de tragedia, encajando pequeñas historias de un gran puzzle que nos permite ver que la realidad fue, posiblemente, muy otra a la que relata la historia oficial francesa. Así, pieza a pieza, va poniendo la luz donde solo habitaba el silencio, al menos el silencio oficial. En la misma línea de su anterior obra La Nueve. Los españoles que liberaron París, a la que este libro complementa y amplía, vemos cómo la participación de los guerrilleros y el exilio español en la lucha contra el nazismo no fue ni testimonial, ni colateral, sino central.

Otro más. En estos días de borrachera veraniega y de Juegos Olímpicos sin fin a los que hemos asistido, también hemos padecido otro burdo ejercicio de memoria selectiva, de mirada oblicua y ominosa. De mirar sin ver. De reconocer solo aquella parte de la realidad que no te distorsiona el prejuicio. A propósito de las medallas de los y las deportistas de nuestro país, algunos partidos conservadores (PP y VOX mayormente) no tardaron en reconocer y felicitarse por el éxito de algunos y, extrañamente, silenciar y olvidarse de otros. Como si los éxitos deportivos tuvieran necesariamente su correlato en los éxitos políticos, recordando en mucho al uso partidario que el nazismo intentó en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936.

Y todo, porque el color de la piel de algunos de estos héroes deportivos, de estas heroínas, no tienen la uniformidad de otros tiempos. Otra mirada oblicua más. Quizás –y aunque ha habido más, como el retardo y olvido del líder del PP, Pablo Casado, en felicitar a algunos medallistas negros– el caso más palmario de esta mirada viscosa ha sido la del diputado de Vox Juan Luis Steegmann Olmedillas, que tardó medio segundo en jalear políticamente y a beneficio de inventario los éxitos olímpicos de dos medallistas de color (¿qué color?), los de la atleta gallega Ana Peleteiro y el corredor de Santo Domingo nacionalizado español Ray Zapata.

En un claro ejercicio de visión selectiva y estrábica tuvo el referido diputado el dudoso mérito de incendiar las redes sociales al lanzar al ruedo un tuit con este texto: “Zapata y Peleteiro son ejemplo de la emigración que España necesita. Y un ejemplo para todos nosotros”. ¿Cuál fue el problema? En el caso de la atleta Ana Peleteiro que el color de su piel negra– hizo pensar a los ojos de este diputado que aquí, en España, siendo negra solo se puede ser inmigrante. Y no, y como algunos usuarios de Twitter le recordaron ipso facto, Peleteiro no solo es española de pasaporte, sino española de nacimiento, venida al mundo en la localidad gallega de Riveira. Pero no, para la forma de ver de este  diputado si eres negra, entonces es que eres emigrante. El prejuicio del color por delante de la realidad misma.

Mirar de frente, con franqueza, obligaría a romper prejuicios, reconocer que lo que se mira no siempre coincide con tu forma de pensar. Exige generosidad en el reparto del éxito y los merecimientos. Mirar de forma oblicua, parcial, como tantas veces sucede, solo puede producir aberraciones de la realidad. Como las dolorosas historias que Evelyn nos revela en su libro, tan silenciadas aquí, en España, pero también allí, en Francia. Como las que algunos diputados quieren hacernos ver estos días apropiándose del esfuerzo y el trabajo de otros.

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Pepe López

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