Trescientas... y pico

Marruecos, Ceuta o cuando las balas son los niños

Fuente: Perfil de @guardiacivil (Guardia Civil) en Twitter.

Entre los muchos debates que ha reabierto la crisis fronteriza entre Marruecos y Ceuta de estos últimos días hay quizás uno que nos ha impactado con especial dureza. No sería otro que la perversa utilización de niños a modo de armas arrojadizas para resolver disputas políticas y crisis diplomáticas. Había sucedido otras veces, pero quizás en pocas ocasiones como en esta se había hecho con tal descaro, con tal desvergüenza y bajo los focos de todos los medios de comunicación. Eso es lo nuevo y, puede que también, lo preocupante, porque abre la puerta a un cambio de paradigma en la resolución de conflictos.

Quizás, solo quizás, podríamos estar de acuerdo en que un buen barómetro para medir la grandeza, la salud social y política de una sociedad, de un país, de una organización, es el trato y consideración que se da a los niños y niñas que la habitan. También, claro, a otros colectivos —mayores, parados, dependientes, etc. — pero fundamental y especialmente sería el buen trato y consideración hacia la población infantil el que nos indicaría la bondad de ese termómetro, el que nos permitiría poner a uno y otro lado de la raya lo aceptable y lo inaceptable.

Fuente: Observatorio CISDE -Campus Internacional para la Seguridad y la Defensa- (https://observatorio.cisde.es/).

La crisis de frontera entre Marruecos y Ceuta es quizás un buen ejemplo de esto mismo y las imágenes de niños “disparados” como avanzadilla de un conflicto político ha retratado a muchos. A los inductores del lado marroquí, por supuesto, pero también a muchos de los que están aquí, al otro lado de esa valla, y han tardado diez segundos en pretender hacer caja electoral con la situación, con el dolor y desesperación de estos menores, con Vox especialmente a la cabeza de esta ignominia, pero no solo.

Quizás, solo quizás, también podríamos estar de acuerdo en que en estos tiempos tan extraños y convulsos hay como guerras declaradas, eternas, aquellas de las que todos de una u otra manera hablan, hablamos, porque están ahí y ocupan planos recurrentes en los medios. Son esos conflictos interminables, a veces también incomprensibles, cuyo origen y causas se adentran en la noche de los tiempos, disputas territoriales que se parapetan (algunos dicen se justifican) detrás de ese infecto decorado que se autoproclama defensor de los intereses geoestratégicos de las superpotencias, ese tablero de ajedrez en donde se juegan los intereses económicos mundiales y se decide la vida y las condiciones de vida de poblaciones enteras sin siquiera pedirles opinión.

Son éstas, mayormente, guerras que afectan a poblaciones cuyo gran delito es el hecho cierto de estar asentadas sobre un mineral raro y necesario para nuestro día a día (el coltán en el Congo sería un buen ejemplo), en un inmenso lago con posibilidades de nuevas pesquerías extractivas sin importar las desastrosas consecuencias para la población local y el medio ambiente, tal y como sucediera con la introducción de la perca en los años 60 en el lago Victoria de África. Vean, si pueden y tienen ocasión, ese impagable documental titulado La pesadilla de Darwin y entenderán de qué hablamos aquí.

Pero luego, quizás también, solo quizás, habría esas otras guerras no declaradas, a las que ni siquiera nos atrevemos a llamarlas así: g-u-e-r-r-a-s. Y quizás porque no responden al arquetipo y al imaginario de lo que entendimos siempre que era una guerra, porque son tan difíciles de diagnosticar y porque la munición es demasiado novedosa para nuestra mirada occidental, los métodos tan inacostumbrados, pero cuyas trágicas consecuencias y dolor es tan grande como inmensa la miseria que hay en su trastienda

Lo sucedido estos días en Gaza e Israel es, podría ser, un ejemplo de lo primero, de las guerras interminables, incomprensibles, estratégicas. Como podrían serlo también las guerras infinitas de Afganistán, esa que aparece y desaparece en nuestra retina como un hecho inescrutable, de razones indescifrables, y en donde cambian los actores extranjeros involucrados (ingleses, rusos, americanos…), pero no las víctimas locales: las mujeres y los niños, bueno casi que más las niñas, porque son ellas las víctimas preferidas. Toda esa tragedia que tan bien reflejada está en la novela Mil soles espléndidos escrita por el afgano Khaled Hosseini y cuya lectura nos hace comprobar, no sin gran dolor, cómo una y otra vez cualquier brizna de esperanza es arrancada de raíz nada más brotar en esa hermosa tierra.

Pero hay, está, ese otro tipo de situaciones a las que nos referíamos antes y a las que no nos atrevemos a llamar así —guerras— porque nunca, o casi nunca, se declaran, pero cuyas consecuencias son tan insoportables, tan dañinas o más que aquellas otras. Son esos nuevos conflictos que presentan una trágica novedad de un tiempo acá: la utilización masiva e indiscriminada de la población infantil y juvenil como artefactos y munición, bien sea como sucede en algunas zonas de África con los niños-soldado, bien con los secuestros masivos de niñas para convertirlas en esclavas sexuales y aterrorizar a las poblaciones locales.

Fuente: Perfil de @guardiacivil (Guardia Civil) en Twitter.

Pero también en otros escenarios más próximos a nosotros, como acaba de suceder ahora en Ceuta, donde de una forma más envolvente si se quiere, menos directa, hemos podido presenciar en el prime time de nuestra conciencia occidental el grado de degradación de una clase dirigente. En Marruecos hemos visto como un país socio preferente de la UE, pero gobernado por una clase dirigente manifiestamente mejorable y una monarquía corrupta, no ha dudado ni un segundo en cargar sus cañones diplomáticos con la vida y los sueños de su población infantil (aquí, mayormente niños, porque las niñas hijas de la pobreza ya sufren el exilio interior de su condición de futuras mujeres). Y hemos visto también con horror como a esos niños se les ha empujado materialmente al mar sin más equipamiento que el sueño de dejar atrás la pesadilla que viven en su propio país.  

Ceuta, más allá de las razones geopolíticas, de las reclamaciones y defensa de soberanías varias, está siendo estos días un escenario perfecto de esas otras guerras no declaradas, esos novedosos conflictos donde los niños son utilizados como munición prebélica, con la abyecta maldad y colaboración necesaria de un régimen —Marruecos— que es capaz, ya lo hemos dicho, de superar todos los límites de la decencia.

Fuente: Perfil de @CruzRojaEsp (Cruz Roja Española) en Twitter).

Tan deplorable es esta utilización, tan despreciable, como lo es la reacción con la que aquí algunos han intentado utilizar políticamente el drama de estos niños para hacer caja electoral. Y seguramente si, como señalamos al principio, el mejor barómetro para medir la salud social de una sociedad es el trato a la infancia, el mismo barómetro debería servirnos para aplicárselo a algunos aquí dentro de nuestro propio país. Menos mal, podríamos concluir, que las imágenes de ese guardia civil jugándose la vida en el mar para salvar la de un bebé de apenas dos meses, o esa impagable y ya icónica imagen de la cooperante de Cruz Roja abrazando y dejándose abrazar por uno de esos jóvenes exhaustos al llegar a la orilla de su sueño, son seguramente la mejor respuesta, el mejor antídoto, para quienes, a uno lado y otro, patrocinan sin decirlo (son así de cobardes) las guerras de nuestros días. Las de siempre, sí, claro, pero también estas otras no declaradas oficialmente y donde los niños y las niñas son la nueva munición. La nueva infantería que abre el campo de batalla. Sus primeras y principales víctimas.

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Pepe López

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