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Leyendas alicantinas III: Los baños del Postiguet

Balnearios del Postiguet (Fuente: Alicante Vivo).

Os dejo la lectura de otra de las Leyendas alicantinas, que en este caso no son tales leyendas, sino que han sido una realidad para los que ya tenemos una edad y que, afortunadamente, las hemos conocido y vivido.

Desde tiempos muy lejanos nuestra estupenda playa del Postiguet ha sido, es y será una de las playas más visitadas por las gentes “de fuera” (como aquí se suele decir), y por supuesto por los habitantes de la zona.

Empezaron los primeros turistas madrileños, antes de conocerse como centro turístico Benidorm, a tomar el Postiguet como zona eminentemente privilegiada por su sol, su temperatura, su situación y sus gentes. Para ellos era la playa que más cerca les quedaba de la capital en línea recta, además tenía buena combinación, sobre todo en tren. No en vano, se le empezó a denominar desde esos años del “tren botijo” la playa de Madrid. Hay que recordar también aquellas luchas poético-dialécticas que los dos poetas famosos de su tiempo, el alicantino marqués de Molins y el madrileño Bretón de los Herreros, se “lanzaban” cariñosamente, pero cada uno defendiendo su tierra.

Aquí dejo unos fragmentos del alicantino hacia el madrileño, en los que se refleja fielmente parte de lo que yo quiero contar en esta historia.

Sépades, señor Bretón,
que de Poniente a Levante,
es sin disputa Alicante
“la millor terra del món”.
Mientras que a vos embozado
por las mañanas de enero,
a la orilla del brasero
os da un dolor de costado,
yo voy desabrochado
desde el muelle al malecón,
que es sin disputa Alicante
“la millor terra del món”.
Vos en remojo, y no es cuento.
en una sartén de estaño,
mientras tengo el mar por baño
y por toldo el firmamento.
Nunca el mar a esta ribera
niega su plácida brisa,
ni su apacible sonrisa
esconde la primavera.
Y sabed en fin, Bretón,
que hasta el postrimer instante
será para mí Alicante
“la millor terra del mon”.

Creo que en este resumen de los versos del marqués está casi todo dicho de esa bonanza de nuestro clima y de nuestras playas.

Quiero aclarar también, sobre todo para los más jóvenes, lo que decía antes del “tren botijo”: se les llamaba así a los trenes que venían de fuera de Alicante, sobre todo en verano al hacer tanto calor, y los trenes, por supuesto, en aquel tiempo no tenían las comodidades que tienen ahora, con lo cual el calor era poco menos que insoportable dentro del reducido espacio del vagón. Los pasajeros llegaban o salían de la estación ferroviaria, como se suele decir, “con la lengua fuera”. Pues bien, de ahí salió una nueva profesión que era “el botijero”. Estas eran unas personas que llevaban unos botijos llenos de agua (ya sabemos que los típicos botijos de barro conservaban y conservan el agua fresca durante más tiempo). Ellos los ofrecían a los pasajeros del tren a cambio de alguna moneda, así estos “botijeros” ganaban un dinerito fácil y los pasajeros aliviaban momentáneamente su sed y calor. De ahí el nombre del “tren botijo”.

Pues bien, volviendo y empezando la historia que quiero contaros, me voy a remontar a los tiempos del rey don Alfonso X el Sabio, que en Alicante se le honra llevando su nombre esa estupenda avenida que va desde las laderas del castillo de Santa Bárbara hasta la estación del ferrocarril.

El rey Alfonso X el Sabio. Cuadro de Eduardo Gimeno y Canencia. Colección del Museo del Prado (Fuente: Wikimedia).

Más que a don Alfonso me voy a referir a su esposa doña Violante, a la sazón hija del rey Jaime I el Conquistador.

Solo con las personalidades de estos dos reyes podríamos llenar páginas enteras de la historia, pero eso ya lo hicieron en su día los historiadores, con muy buena pluma y mejor narración de sus bondades y epopeyas. Por eso yo solo voy a tocar de pasada algunos temas históricos para poder centrarme en lo que quiero contar, pero sin entrar de lleno en la amplia y rica biografía de esos personajes. Aunque no puedo obviarlos, me centraré todo lo que pueda en el personaje de doña Violante.

Doña Violante

Ella fue posiblemente una de las primeras “turistas madrileñas” en acudir a “tomar los baños” (que también era como se decía entonces) a nuestra playa del Postiguet. Bueno, lo de madrileña no es del todo cierto, ya que solo lo era por adopción al estar casada con don Alfonso; ella realmente era nacida en esta región valenciana-catalana-aragonesa, que eran los dominios de su padre; yo creo que por eso le “tiraba” más esta zona, por el apego a su “terruño patrio”, y de ahí le vino su predilección por la playa del Postiguet. Bueno, de ahí y de los problemas que tenía con el rey, que si ahora tendrían alguna importancia, en aquellos tiempos y en la casa real eran pleno “asunto de Estado”.

Me explico: el problema era que doña Violante no le daba hijos a don Alfonso, con lo cual verdaderamente era “asunto de Estado”, pues el rey necesitaba tener descendencia y, sobre todo, un hijo varón para asegurarse la sucesión al trono, que era como se funcionaba entonces y (para eso los tiempos no han cambiado) como se funciona en la actualidad en el tema de las realezas.

Como todos sabemos, don Alfonso era un rey muy dado a los libros más que a las guerras, aunque por imperativos del momento también tenía que llevarlas a cabo, muchas veces con la ayuda de su suegro, que por eso sellaron el pacto de paz y ayuda entre los dos reinos con la boda de doña Violante.

Por el reino de Castilla se extendió el rumor de la infertilidad de la reina; los comentarios eran de lo más variado, desde el más generalizado de “es una estéril”, que muchos ponían en sus bocas por la envida o el odio que le tenían a la reina al no ser de la zona, lo que a la sazón, para los habitantes de esa época, equivalía a ser extranjera. También corría otro rumor, esta vez no favoreciendo mucho al rey, pues decían que tenía a la reina abandonada sexualmente hablando, enfrascado como estaba en sus libros y sus guerras, y que por ello no le daba descendientes.

Alfonso X y su corte. Libro de los juegos (Fuente: Wikimedia).

Total que entre unas cosas y otras, la verdad fue que los esposos reales se fueron distanciando de tal manera que, al parecer, no hacían vida matrimonial como debe ser.

El rey pensó en repudiar a doña Violante, pues al parecer en una de sus reuniones guerreras o culturales había conocido a una joven y bella princesa noruega llamada Christina, hija del rey Haakon de dicho país. Según las leyendas, esta era la típica hembra escandinava de ojos azules, piel blanca como la nieve y fina como la seda, cabello largo y rubio como el oro, esbelta y ágil como una gacela… en fin… la típica mujer que haría las delicias de cualquier español acostumbrado a las hembras más bien morenas y rollizas, y el rey no iba a ser menos en cuanto a enamorarse de tan espléndida hembra.

Empezaron los amoríos extramatrimoniales del rey con la princesa noruega y acordaron en casarse en cuanto este consiguiera el divorcio de doña Violante.

Nuestra reina cada vez se consumía más en los aposentos reales mientras el rey se dedicaba a sus libros y, últimamente, por imperativo de las reconquistas, a pelear contra los moros. Así que ella se vino hacia las tierras del sureste que era donde había nacido. Más concretamente vino a Alicante, por la recomendación de sus médicos particulares y sus amistades, del buen clima de la terreta alicantina.

No lo pensó mucho nuestra heroína. Al poco tempo de estar en esta tierra se hizo construir una mansión justo en el lugar denominado “Pla del Bon Repós”, desde donde se veía, en aquellos tiempos, casi toda la bahía alicantina con las aguas del mar azules y transparentes, a la vez que las montañas que le resguardaban por el interior. Todo un paraíso comparado con los calores del verano y los fríos del invierno castellano.

Para doña Violante era su válvula de escape de este casi destierro voluntario alicantino. Ya que el rey cada vez le hacía menos caso, enfrascado con sus quehaceres bélicos y con su preocupación por su bella enamorada nórdica.

Doña Violante de Aragón. Manuscrito de Toxos Outos. Colección del Portal de Archivos Españoles (Fuente: Wikimedia).

Alfonso X el Sabio y Alazdrach

Don Alfonso, como ya digo y es sabido por todos, era más bien hombre de letras que de guerra, pero por imperativo de su suegro el gran Jaime I, no le quedó más remedio que meterse a guerrear contra los moros para que no le ganaran las tierras que antes ellos habían conquistado. Así se enfrentó a su gran enemigo, el famoso caudillo Alazdrach. Este era un hombre muy temido en toda la cristiandad, pues según decían era despiadado con sus enemigos, a los que no perdonaba cuando caían en su poder, cortando sus cabezas para no hacer prisioneros. A la vez era admirado por sus hombres por su fuerza, su poderío y su valentía, siendo así por su fama el terror de sus enemigos.

Aquí en el Alicante de la época, el temor a este caudillo árabe llegó a ser tan grande y extendido que a los niños pequeños, cuando querían asustarles de alguna manera o para que no hicieran algo que no era correcto, les amenazaban con aquello de: “Si no haces esto o aquello, o si te portas mal, vendrá el “Drach” (diminutivo de Alazdrach) y te llevará con él”.

Pero hay en la leyenda una cosa curiosa que da que pensar: al parecer, el rey Alfonso y Alazdrach no llegaron a enfrentarse directamente en los dominios del rey castellano y menos aún en la zona alicantina. Siempre según la leyenda, se decía que los dos jefes guerreros eran incluso grandes amigos, que se reunían lejos de las miradas de las gentes para hablar de política, de arte y literatura, consiguiendo así que la supuesta guerra se dilatara en los años sin llegar a hacer ninguno de los dos concesiones de tierras y sin dar por terminada aquella guerra que en realidad les favorecía a ambos que así fuera, para acallar las rencillas de don Jaime y, a la vez, para conservar la fama de fiero del moro y de sabio y batallador del castellano.

Sea verdad o mentira, esa era la leyenda que se llegó a comentar por los cortesanos de ambos bandos. Lo cierto es que a doña Violante este impasse le venía bastante bien para poder vivir tranquila lejos de la corte castellana, de su desdeñoso marido y con la tranquilidad que Alicante le brindaba.

Al rey también le beneficiaba esta posible amistad con el moro, así tenía contento a su suegro, que no se fiaba mucho de él; a las gentes lugareñas que no se involucraban en la supuesta guerra y seguían manteniendo sus tierras sin problemas y a su mujer, que la tenía apartada de sus correrías; y se podía dedicar con toda tranquilidad a cortejar a la princesa noruega y, además, mantenía su fama de hombre justo, sabio y batallador.

Estatua de Alfonso X el Sabio, por José Alcoverro. Fotografía: Luis García (Fuente: Wikimedia).

Pero las cosas empezaron a ponerse mal para nuestra reina, sobre todo cuando al fin supo la verdad de porqué el rey la tenía tan abandonada. Cuando se enteró de los amoríos del rey con la noruega, y la decisión que él estaba fraguando para deshacerse de ella con la excusa de que no le daba hijos para tener una descendencia y una sucesión al trono, tuvo que tomar decisiones para poner fin a esa situación.

Las bondades de la playa del Postiguet y de Alicante

La buena, paciente y desesperada doña Violante se puso en manos de una especie de maga-adivinadora-hechicera (todo en una), para que le recomendara lo que debía de hacer para atraer al rey de nuevo a sus brazos y que se olvidara de la noruega (cosa esta harto difícil debido a lo adelantado de las relaciones del rey con la joven). La “asesora” de la reina le recomendó algo tan sencillo como que tomara baños de agua de mar en la playa del Postiguet. Pues según aseguraba, esto le daría la fertilidad que había perdido.

La reina no lo pensó mucho y, a pesar de lo sabido por todos de que las gentes cristianas de esos tiempos (al contrario que los paganos moros) no se lavaban demasiado, ella decidió dejar las poco “curiosas” costumbres cortesanas y se metió en las limpias aguas de nuestra entonces también limpia y no contaminada playa del Postiguet.

Le debió gustar ese cambio de lavarse en la tina o barreño de palacio a hacerlo en la gran extensión de las aguas saladas del Mediterráneo (la comparación no tenía mejor elección). Así, la buena reina continuó con sus baños en nuestra estupenda playa, poniéndola de moda entre las gentes de la corte que le acompañaban para expectación y extrañeza de los sencillos habitantes de Alicante, que la playa la usaban entonces solo para pescar, bien en la orilla o con los barcos de bahía que utilizaban para adentrarse no mucho en el mar (tampoco era necesario ir muy adentro, la pesca estaba a tiro de piedra siendo abundante y buena).

De tal modo se extendió esta “nueva” costumbre de bañarse en la playa como diversión y momentos de asueto por la gentes desocupadas y “de bien”, que ya se empezó a tomar como costumbre de la época estival, el añadir la playa del Postiguet como zona vacacional y de alta categoría.

Balneario del Postiguet. Colección del Archivo Municipal de Alicante (Fuente: Alicantepedia).

Por eso decía al principio que doña Violante fue una de las primeras turistas que potenció nuestra estupenda playa alicantina.

Hay, como hemos relatado, otra premisa de más importancia para nuestra protagonista que el solo placer de bañarse en el mar, el tema de la susodicha infertilidad. Y he aquí que a doña Violante la medicina le resultó positiva. Al parecer, en una de las visitas que le hizo el rey, debieron tener sus “rifirrafes” y se quedó embarazada.

En esas fechas, el rey ya tenía todo preparado para divorciarse de la reina (en la jerga real “repudiarla”) y casarse con la noruega. Doña Violante, que se entera a través de sus contactos cercanos al rey, le hace llegar a este la noticia de que estaba embarazada (encinta se decía entonces). El rey se queda estupefacto al saber la noticia, teniendo la certeza de que el retoño que nacería sería necesariamente de él (en eso no tenía duda), ya que había yacido con la reina en los meses anteriores.

Esto echa por tierra sus pretensiones de boda con la noruega, ya no tenía el rey motivos para repudiar a la reina, la corte se le echaría encima, era una cuestión de (como decía al principio) asunto de Estado. ¿Qué hacer? ¿Cómo solucionar el problema cuando estaba ya todo tan adelantado con la nación noruega y con la bella y rubia nórdica?

Los reyes lo pueden casi todo y en aquellos tiempos más aún, ¡faltaría más!

De modo que nuestro sabio rey (por algo le llamaban “el Sabio”), se pone a cavilar y decide lo siguiente: ya estaba la buena y “buena” nórdica en Castilla, pues se daba por hecho que los esponsales se llevarían a cabo. Para no desairar mucho a ninguna de las dos mujeres y de paso no separarse tampoco de ninguna, hace agasajos a su mujer real mandando traerle los mejores manjares de la tierra alicantina para que su embarazo sea lo más placentero y benigno posible; a él también le interesaba tener un descendiente y sucesor lo más sano y esbelto posible, no en vano era en realidad el vástago natural y real.

Así trae para la reina miel de la sierra de Mariola, que entonces era el manjar más dulce de la zona, pues las abejas libaban el néctar de las mejores matas y arbustos que se criaban allí al no haber la contaminación de ahora que ha acabado con casi todas las pobres y trabajadoras abejas. También uvas blancas de Jijona, fijémonos que hablamos de uvas de Jijona, que por entonces eran las más famosas de la comarca, ahora prácticamente desaparecidas (no estaban las estupendas del valle del Vinalopó). Turrón de Jijona, este sí que se hacía artesanalmente ya en nuestra zona. Chocolate de La Vila que se empezaba a elaborar con el cacao que traían algunos barcos de las Indias que se decía entonces. Dátiles de Elche, estos ni que decir tiene que se cosechaban desde tiempo inmemorial. Sobaos y soplillos de Agost riquísimos y de alto paladar.

En fin podíamos enumerar muchos y buenos productos de nuestra zona alicantina y no acabaríamos nunca, pero… para botón una muestra.

Fuente: Viquipèdia.

La reina empezó a tener más confianza en ella misma, pues acababa de ganar una gran batalla que se daba por perdida y no precisamente en el campo de las armas de pelea, sino con las otras “armas” más diplomáticas, que son con las que muchas veces se ganan grandes y mejores guerras. Recuperó su grandeza real, la estima de sus vasallos, la alegría de la corte por la buena nueva y la confianza del rey, al que ya le sería difícil prescindir de ella sin caer en la impopularidad en todo su territorio.

Pero “el Sabio” no se amedrentó por ello, para eso era el rey y señor de todo el reino. No podía desairar a la noruega sin caer en desgracia con su padre, el rey Haakon. Por ello, con su mente lúcida y pensante, se le ocurrió lo siguiente: tenía un hermano que era obispo de Sevilla, como entonces los prelados los nombraba el rey y además estos se podían casar si la orden era también real, ordenó casar a la bella Christina con su hermano el obispo, por supuesto habiendo ratificado entre ambos que el obispo ni la tocaría, sería simplemente una boda de conveniencia y de cara al público. Así nuestro Sabio (más que sabio “listorro y jeta”) podía seguir amando de corazón y en el catre a la noruega, el padre de esta se daría por satisfecho con la solución, la reina no podría objetar nada so pena de caer en desgracia de nuevo con el rey… y todos contentos.

Pero las cosas del amor no son tan fáciles como a simple vista parecen. Hay un dicho que viene muy bien para este pasaje, dice así: sufrir no siempre es amar, pero amar siempre es sufrir.

La reina, después de dar a luz su primer hijo, se quedó de nuevo embarazada del rey (sería por lo de los baños en el Postiguet, que los tomaba sin faltar todos los veranos), fuera por lo que fuera la cuestión es que nuestra bella noruega, al sentirse lejos de su amado Alfonso, que solo la podía visitar de tarde en tarde por la lejanía de Castilla a Sevilla y por el poco tiempo que le dejaban sus quehaceres reales, al enterarse del nuevo embarazo de la reina y al no tener qué “echarse a la boca” (en este caso al goce del cuerpo por la promesa del obispo de que no la tocaría), enfermó de pena, despecho y melancolía muriendo meses después del segundo embarazo de la reina doña Violante. Fue enterrada en Sevilla con todos los honores y con el olvido inmediato del pueblo, que tampoco la acogió con muy buenos ojos.

Kristina de Noruega. Fotografía: Ecelan (Fuente: Wikimedia).

La reina siguió pariendo hijos, al final, en vez de una estéril, parecía una “coneja”. El rey se conformó con lo que el destino le deparó y se dedicó a sus libros y a sus estudios, una vez que los problemas guerreros del reino se apaciguaron, metiéndose de lleno en escribir sus “cántigas” y sus famosas “Tablas astronómicas”, entre otros importantes y famosos escritos que nos legó a los españoles.

La reina, como decimos, siguió veraneando en Alicante y, agradecida como era por la consolidación de su matrimonio, realizó grandes reformas en la entonces capital alicantina, que como es de suponer era más bien una barriada de casas apegadas a la falda del castillo.

El rey, por su parte, también en agradecimiento, escribió para la capital el libro “Fueros de Alicante”, que no es que sirviera para mucho, pero ahí está como testimonio de la majestad y sabiduría de don Alfonso.

Posteriormente, en agradecimiento a los desvelos de estos reyes por la terreta, la ciudad le confiere el nombre del rey “Alfonso el Sabio” a una de las avenidas más bonitas y populares que tiene Alicante, como ya todos conocemos.

Los balnearios del Postiguet

También se ha sabido que con posterioridad a la “curación” en las aguas del Postiguet de la reina doña Violante, ha habido muchas parejas que al no poder tener hijos han escogido “los baños del Postiguet” como posible remedio para sus males.

Balneario Diana (Fuente: Alicante Vivo).

Sea realidad o leyenda, lo cierto es que en Alicante, tanto en siglos anteriores como posteriormente más en la actualidad, proliferó lo de “tomar los baños en el Postiguet” de tal manera que se crearon una especie de balnearios que entraban en el agua bastantes metros para que las personas pudieran bañarse sin necesidad de pisar la arena.

Los balnearios eran un prodigio de técnica y construcción. Se levantaban sobre columnas de hierro, hincadas en la arena y empotradas en un cimiento de mampostería hidráulica para otorgarles seguridad. Constaban de dos partes esenciales: la entrada (a modo de puente sobre pilastras que salvaban la primera zona de arena y algas de la playa) y la plataforma (que solía ser rectangular, con un salón central que recibía el sol por todos sus frentes y tragaluces).

Los balnearios en total fueron once de los que cuatro permanecían estables todo el año, estos cuatro eran: “La Alhambra”, “Diana”, “La Alianza” y “Madrid”.

Balneario ‘La alianza’ (Fuente: Alicante Vivo).

Otros siete balnearios se desmontaban terminada la época veraniega, estos fueron: “La Confianza”, “La Estrella”, “La Rosa”, “Delicias”, “Guillermo”, “Almirante” y “Florida”.

Eran una especie de túneles, generalmente de madera, anclados en el mar con unos postes compuestos de un pasillo central. A ambos lados existían unas casetas con sus puertas para que los bañistas pudieran cambiarse de ropa y bajar por unas escaleras hasta el agua. Con ello, las personas entraban a los balnearios vestidas pulcramente, se cambiaban en las susodichas casetas dejando su ropa y pertenencias dentro y, con el bañador (que no era el de ahora), bajaban por las escaleras al agua. Se daban su baño y de nuevo a la caseta a cambiarse y salir a la calle otra vez vestidos como mandaban los cánones de la época.

En estos balnearios aparte del baño normal en el agua del mar, se ofrecían otros servicios, como baños de algas, gimnasio y restaurante. Con todo ello se alcanzó una gran fama para Alicante que luego copiarán algunas otras ciudades de playa.

Los bañadores, por supuesto, no tenían nada que ver con los que ahora conocemos. Los de los hombres eran una especie de “mono” ajustado al cuerpo que bajaba desde los hombros hasta al menos media pierna. Y las mujeres igualmente era otra especie de “mono” que tapaba desde el cuello hasta las rodillas y que, generalmente, incluía una faldita corta, para que no resaltara tanto el pompis.

Balnearios del Postiguet (Fuente: Alicante Vivo).

Estos balnearios se empezaron a construir en 1864 y estuvieron funcionando hasta bien entrados los años setenta del siglo siguiente, si mal no recuerdo. Su uso causó furor entre los visitantes de la época, los que ahora llamamos turistas, y también entre la gente pudiente de la zona, pues como es lógico todo el mundo no podía acceder a ellos debido al tema económico, ya que había que pagar una cantidad de dinero que no todas las personas se podían permitir desembolsar.

Dicho todo esto y volviendo a nuestra protagonista doña Violante, podemos decir sin temor a equivocarnos, que fue la primera turista en potenciar Los baños del Postiguet.

Hoy en día también podemos decir, sin lugar a dudas, que tenemos una de las mejores playas del Mediterráneo y en pleno centro de la ciudad, cuestión esta que no todas las grandes ciudades costeras pueden decir lo mismo. Nuestra playa del Postiguet es una de las más visitadas en verano e incluso en invierno por turistas y foráneos. Siendo, junto con la Explanada y el castillo de Santa Bárbara, los símbolos de Alicante.

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Francisco Carrión Galera

Paco Carrión (Galecar), nacido en El Daimuz (Oria-Almería), es ya un hombre maduro con intensas “cicatrices” en sus vivencias de todo tipo y a todos los niveles, pero es en esta madurez cuando se pone a escribir un poco más seriamente de cómo lo hacía en su juventud, desgranando en algunos de sus libros, su experiencia en la historia y la vida de España. Desde entonces ha publicado 12 libros de distintos temas, varias obras de teatro y múltiples relatos cortos y poemas, además de tener tres libros pendientes de ser publicados.
Personaje inquieto, aventurero, polifacético, investigador de vivencias, y un largo etcétera. Ello le llevó a trabajar en el cine, en teatro, televisión, salas de fiestas, compañías de revistas y en cualquier faceta que tuviese algo de innovador y bohemio, cultural, festivo o artístico a la vez.

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