Envejecimiento saludable

La soledad en el mes de agosto

Fotografía: Julita (Fuente: Pixabay)

Quien esto escribe se declara tímido. No se trata de una timidez cobarde o encogida. No “un gallina”, en el argot vulgar de la gente. No se trata de alguien temeroso. Sí vergonzoso, fácil a la turbación —aunque la vida, con el tiempo que acompaña, educa en la confrontación hasta el atrevimiento—.

Soy un tímido amante de mi soledad, muy necesitado de compañía. Como casi todos los tímidos. Soy una persona resuelta, como se dice. Mi vida la he diseñado yo y la he sufrido yo igualmente. He viajado por Europa, he vivido en el desierto cuando Dajla se llamaba Villa Cisneros. He cumplido con mis penas y obligaciones, con la solvencia recogida al cuerpo. He creado. Me he reclinado a observar cómo otros se hacían dueños de mis ideas. Todo esto, no por timidez, sino por orgullo, digámoslo así. Que timidez y orgullo no están enfrentados. ¿Y la soledad?

Entre el calor bochornoso de agosto, la soledad se contempla como más triste. No solamente esa soledad solitaria de sentirse solo en el mundo. También la soledad del que presiente la incomprensión de los otros. La soledad de quien nota cómo se le menosprecia en el conjunto de su escena.

Fotografía: Christophe Dutour (Fuente: Unsplash).

La soledad de quien nota que sus mejores amigos callan ante el desprecio del alguien cercano. La soledad ajena al sentimiento que supone el vacío en un mundo globalizado. No la soledad del viajero en ciudad extraña, sino la soledad del que vive en su mundo y se siente extraño en su propio pueblo, en su propia casa, en su propia familia.

Por una parte, tenemos la soledad comprendida por la mayoría y que se relaciona con la vida en solitario. Soledad apetecida, como he dicho, en algunos casos. Quizás, muchas veces, presente en mi biografía. Soledad obligada en otros.

Por otra parte, el sentimiento de soledad como experiencia desagradable derivada de un escaso apoyo social o por relaciones superficiales e insatisfactorias. Un sentimiento bastante frecuente en nuestra cultura.

En líneas generales, todo el mundo se preocupa de la soledad. La soledad del adolescente, tan manida desde la historia. La soledad del joven parado, sometido a la gran soledad del paro. La soledad del indigente, perdida su vida, su familia, su vivienda. La soledad acurrucada en cualquiera de los portales de algún comercio arruinado. La soledad del migrante, kilómetros de soledad desde sus raíces. La soledad del docente, sometido a leyes absurdas que desprecian su autoridad y sus enseñanzas. La soledad del profesional, enredado en la tela de araña de una administración carente de ideas, analfabeta de criterios y “políticamente correcta”. La soledad ignorada del ignorante, convencido de poseer la verdad por encima de la propia verdad.

Fotografía: Julita (Fuente: Pixabay).

Hace algún tiempo publiqué un artículo. La soledad gráficamente expuesta a través de severos estudios publicados por nuestras autoridades autonómicas. La soledad en cifras que afectan a un tanto por ciento tan importante de nuestros ancianos, que es tan elevada, que da miedo, por no decir vergüenza.

La soledad de agosto me recuerda el calor bochornoso que nos hace perezosos y como que, disfrutando de las vacaciones, se vacía, sin querer, supongo, el sentimiento de las necesidades mínimas de otras personas.

Hace poco tuve un percance, creo que importante. Mis setenta y cinco, casi setenta y seis años, con mi institucional declaración de tímido, con las fuerzas vivas de la ciudad actuando con cara de póker; con la presión del suceso que había que resolver lo más rápido posible.  El fantasma de la soledad me envolvió sombrío y cáustico y, qué curioso, rodeado de gente, de personas dispuestas a ayudarme, la imagen de mi soledad me provocaba en su ironía trágica, más soledad, al pensar en la de tantas personas realmente solas. Y pasaron por mi mente otras soledades, verdaderas soledades solitarias en sí mismas, vacías de respaldo, ausentes de adherencias, alejadas de esas emociones que son como una manta en el frío del invierno. No fue mi caso, ya digo. Pero…

Fotografía: Henryk Niestrój (Fuente: Pixabay).

Leo un artículo científico de María Rodríguez Martín, enfermera del Hospital Germans Trias, de Barcelona:

“La vejez es una etapa de la vida en la que suceden una serie de pérdidas que facilitan la aparición del sentimiento de soledad”.

María Rodríguez Martín

Y, entre tantas definiciones, María Rodríguez escoge la propuesta de V. Madoz (Madoz V. Soledad, en 10 palabras clave sobre los miedos del hombre moderno. Verbo Divino, Estella, 1998, pp. 283-4). Madoz describe que:

“La soledad es el convencimiento apesadumbrado de estar excluido, de no tener acceso a ese mundo de interacciones, siendo una condición de malestar emocional que surge cuando una persona se siente incomprendida o rechazada por otros o carece de compañía para las actividades deseadas, tanto físicas como intelectuales o para lograr intimidad emocional”.

V. Madoz

Álvarez, en Geriátrika (1996; 12 (6): 51), escribe que:

“La soledad es un estado psicológico que sucede a consecuencia de pérdidas en el sistema de soporte individual, disminución de la participación de las actividades dentro de la sociedad a la que pertenece y sensación de fracaso en su vida”.

E. A. Álvarez

En definitiva, poco más o menos, unos y otros, científicos, geriatras, técnicos de la OMS (últimamente bastante cuestionados en sus afirmaciones), y medios de comunicación, entramos en un debate que la Asociación Gerontológica del Mediterráneo ha tratado en profundidad y que seguirá tratando, debido a su importancia ycomplejidad.

Fotografía: Julita (Fuente: Pixabay).

Y es que, en esta circunstancia de innovación vertiginosa, nos encontramos con la nueva soledad.

Al principio de los tiempos, me refiero a los años 70 y sucesivos, creímos con fe ciega que la globalización iba a solucionar los males de un primer mundo, digamos, “colapsado”. Yo mismo, sería en 1970, escribí un artículo que ocupó la última página del diario alicantino Primera Página sobre esta cuestión.

Cierto es que los migrantes, sobre todo los procedentes de Hispanoamérica, han ayudado notablemente a la solución del problema. Compañía educada, amable y entregada.

Ahora se acentúa en la investigación sobre la inteligencia artificial (IA), como panacea para terminar con el asunto, cuando, según mi criterio —enfrentado al criterio de algunos científicos, sociólogos y gerontólogos—, la IA será la causa de la generación de una nueva soledad. Una soledad “esnob” acompañada de un aumento de la sensación de soledad. La nueva soledad metálica. Fría, áspera, humillante.

Fotografía: Sabine van Erp (Fuente: Pixabay).

Pongámonos en el lugar de quien, como respuesta a una llamada, reciba el “cariñoso afecto” de la voz metálica, monótona, simple, de una máquina. Cuando el ser humano, como el resto de los animales, respondemos positivamente al contacto de la voz modulada en la dulzura y la caricia de piel a piel. Que el alma está ahí y algún efecto debe tener sobre el comportamiento. Que es lo que nos diferencia de las simples y rutinarias y descorazonadas máquinas. Gracias al alma, el ser humano tiene instintos, sentimientos, emociones, bañados en libertad y puede volver sobre sí mismo (autoconciencia) y modificar lo preciso o meditar sobre sus actos.

¿Y la máquina?

La soledad me ha pedido escriba sobre ella. En agosto. Es una presumida hipocresía, porque la soledad se sabe invencible en un mundo que presume de la máxima evolución.

Fíjense ustedes. Fíjense bien. ¿Las ven? Están la Muerte, la Demencia y la Soledad en el plano de la página en la que escribo. En el margen de la derecha, verán ustedes a la Muerte y en el margen de la izquierda a la Demencia.  En el centro un abuelo, como yo, de muchos años, piensa, solitario, si conseguirá ver el alba que acontecerá en unas horas. La Muerte se juega con la Demencia la posesión del viejo que, sentado en aquel banco, en el centro del folio, sueña vivir, al menos, su mañana.

Fotografía: Jose Manuel de Laá (Fuente: Pixabay).

La Soledad queda arriba, sobre la hoja, riéndose en silencio.

¿Ya la han visto?

Se dice, con cautela: “¡Qué absurdas son aquellas, la Muerte y la Demencia, cuando soy yo, la Soledad, quien callada, olvidada, ¿marginada?, ya me hice dueña de esa figura envejecida, ajustada al centro de este folio!”.

Francisco Mas-Magro y Magro
Vicepresidente de la Asociación Gerontológica del Mediterráneo

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Asociación Gerontológica del Mediterráneo

La Asociación Gerontológica del Mediterráneo (AGM) fue creada en 1989 y está formada por un equipo de profesionales de diferentes ámbitos con el objetivo común de impulsar iniciativas enfocadas a un envejecimiento positivo, activo y saludable.
La AGM trabaja por una sociedad inclusiva y amiga de las personas mayores y los valores que acompañan su andadura son el desarrollo, implicación, colaboración y apoyo en áreas estratégicas como: envejecimiento positivo, envejecimiento activo y saludable, calidad de vida y envejecimiento, nutrición y dieta mediterránea en el envejecimiento, factores protectores para un envejecimiento saludable, salud y envejecimiento, formación y aprendizaje a lo largo de todo el ciclo vital, estrategias ante el deterioro cognitivo y la patología neurodegenerativa y las nuevas tecnologías orientadas a un envejecimiento de calidad.
La página web de la AGM es: https://asogeromed.es/ y el correo para solicitar información: info@asogeromed.es.

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