Impulso irresistible

La “gracia de la vergüenza”

Fotografía: Annett Kingner (Fuente: Pixabay).

Nos ha llegado el tiempo de Cuaresma 2022 con los zarpazos, estruendos, sollozos, miedos e impotencias con que hace sonar sus trompetas de temor, de toques bélicos amenazantes quien tiene el poderío de hacerlo cuando le venga en gana, después de haberse pertrechado mucho más que bien y de modernísimo material bélico sumamente destructor. Parece que lo más importante es disponer de bombas y del más potente, moderno y devastador arsenal, más científico y avanzado, capaz de derribar una ciudad entera a pepinazos cuyos efectos consisten en borrar cualquier asomo de defensa al que tiene derecho quien está siendo humillado. Son aquellos quienes no tienen por qué cargar con la ira desmesurada de derribar a su oponente que no piensa de la misma manera, o se venga de alguna inventada injuria no producida, o demasiado débil que no ha merecido más que el desprecio de ver no campos de batalla sino llanuras inmensas de muertos; también de enemigos que ahora están tullidos y no pueden tener mejores armas defensivas porque han sido designados de manera desprevenida, pues los jefes de gobiernos modernos no están ahí para endulzar con veneno irritante de venganza lo que esperan que sean los ataques por sorpresa, o los previamente anunciados que crean un clima de terror, que es difícil de soportar minando los sistemas nerviosos personales de los que, sin armas ni defensas hirientes ni mortíferas, se encuentran en total situación vulnerable.

La guerra nos ha pillado sin saber cómo evitar los efectos de la llegada de bombas que se estrellan en el camino que habíamos iniciado, el de caminar juntos, siguiendo las indicaciones del Papa Francisco, quien está empeñado en reordenar la nueva “sinodalidad” como esfuerzo común de renovación eclesial bajo la acción del Espíritu Santo, y la escucha y mejor interpretación de la Palabra, reanudando en nosotros mismos la capacidad de imaginar un futuro diverso para el mundo, para la Iglesia y todas sus instituciones. Están en marcha, por ello, y en todas las partes del mundo los nuevos procesos de escucha y de diálogo, de discernimiento comunitario en los que todos podamos participar. Sacerdotes, religiosos y laicos estamos todos invitados a escucharnos, a aportar ideas, a apoyar movimientos eclesiales que ya están funcionando. Es un momento de reorganizarnos (incluso de reinventarnos), empezando por los procesos de poner atención, de escucharnos, de examinar nuestros comportamientos, de revivir las experiencias del pasado que nos hicieron bien o nos llevaron por caminos mejor preparados, y esto aunque haya que empezar de nuevo y sea preciso hacer memoria (con mejor talante e ilusión) de lo que ya tuvimos muy adelantado y quedó detenido por la llegada de otras adversidades que quizás luego hemos aprendido a hacerles frente (el tiempo y el escenario del combate, a lo mejor, hay que cambiarlo para tener la impresión de empezar de nuevo, y no precisamente de cero o del total y más absoluto olvido).

Dios se nos revela si estamos dispuestos a escucharle con corazón despegado de tantas cosas de la tierra que nos frenan, nos distraen en lo esencial y nos impiden levantarnos o recomenzar. Dice un fraile franciscano quien esto mismo lo está reflexionando por enésima vez:

“Dios no sólo se revela al hombre, ni en el hombre, sino que se revela hombre. El hombre no es sólo un ‘lugar’ teológico, sino una ‘verdad’: revela a Dios (Gen, 1, 26-27; Mt 5, 16). Y en Cristo adquirirá plena realización”.

Desde los relatos patriarcales hasta las páginas del Nuevo Testamento va quedando constancia de esa dimensión de Dios que rehúye una formulación definitiva y estática. A Dios no puede identificársele sin más con interpretaciones y formulaciones fragmentarias. Dios es siempre más: es promesa y misterio, es, incluso, futuro. Dios es una realidad y un asunto permanentemente abierto. El hombre que en esto piensa y es sencillo no puede renunciar a formular su idea (o su vivencia), ni tampoco sabe explicarlo. Sale al paso pidiendo la “gracia de la vergüenza”, por tanto, como le cuesta entender tan gran misterio en el que cree.

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Demetrio Mallebrera

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