El profesor José Ramón Navarro Vera casi no necesitaría presentación. Su presencia pública, su activismo social y político, sus premios y reconocimientos y su continúa aparición en medios informativos a sus ochenta años cumplidos así lo atestiguan. Diremos, no obstante, que en él se dan la mano dos importantes facetas. Una, la del profesional del urbanismo y la ingeniería, cuya obra se puede localizar en numerosos lugares de la provincia y más allá. Pero hay también, en la persona y en el personaje, una segunda faceta, aún si cabe más cautivadora, la del intelectual que mira la ciudad no solo con los ojos del científico, sino la del profesor/ciudadano que intenta utilizar las herramientas de la ciencia para tratar a su vez de mejorar la vida en la propia ciudad que habita, que habitamos. A caballo de ambos mundos va esta pausada conversación, que se inicia en Elda, en pleno franquismo, tiene una estación de paso en Madrid y se asienta definitivamente en Alicante, una tierra que no se entendería hoy sin muchas de sus aportaciones. Pasadas y presentes.
—Usted nace en Elda y esto es algo que, imaginamos, muchas personas no conocen; y lo hace en el seno de una familia, digámoslo así, burguesa pues sus padres eran dueños de una fábrica de calzado en esta ciudad del Vinalopó, ¿no?
—A ver, mi familia, efectivamente, estaba adscrita a la burguesía de la ciudad, pero…
—¿Pero?
—Hay un autor de nuestra época de marxistas en la universidad que me gustaba mucho, Nicos Poulantzas, que explicaba qué es pertenecer a la burguesía. Pertenecer a la burguesía —decía— es una cosa que tiene básicamente tres niveles: el económico, el social y el nivel político… Entonces, mi familia sí era muy conservadora a nivel político, cultural y religioso, pero, sin embargo, desde un punto de vista económico, estábamos en un nivel más bien medio-bajo, pues la fábrica no era de mi padre sino de su familia… Y eso me hizo tener siempre un cierto sentimiento de inferioridad.
—Y pese a todas estas circunstancias que comenta —la empresa familiar, el haber nacido en una ciudad y en un tiempo donde ir a la universidad era casi una rareza— usted insistió en estudiar, en ir a la universidad, en hacer Caminos, Madrid…
—Efectivamente, desde el punto de vista del espejo, me gustaban los puentes, construir, cambiar el mundo físicamente, y reconozco que había como una dimensión elitista en ello. Incluso, el que fuese tentado por el Opus Dei en mi primera juventud universitaria, también tiene que ver con todo eso.
—¿Tentado por el Opus Dei, dice?
—Sí, sí. Así fue. Pero en el fondo creo que obedece a que me dejé encandilar por el deseo de superación, de la imagen, del elitismo, del prestigio social, todo eso que yo veía que no tenía en mi padre; esto, la verdad, es casi un poco de psicoanálisis, puede ser, pero fue por todo eso por lo que, entre otras cosas, estudié Caminos.
“Una visita al Museo de Arte Abstracto de Cuenca que nos organizo el profesor José Antonio Fernández Ordóñez —hermano del ministro— me cambió la vida”.

—¿Cómo recuerda aquella decisión de intentar la aventura de hacerse ingeniero, de dejar de lado la empresa familiar en unos años en los que el calzado era una muy buena fuente de recursos y de economía familiar?
—Efectivamente, efectivamente, en Elda todo el mundo, los hijos de la burguesía, se metían en la fábrica; y sí, recuerdo que cuando estaba empezando la carrera los amigos de mi edad ya tenían coche, y me decían: ¡Tú ahí estás, en la universidad, muerto de asco, y nosotros aquí, mira! Y todo lo que implicaba eso, que disponían de dinero; y yo, la verdad, no tenía un duro, pues para mí en aquella época siempre fue agobiante el tema del dinero.
—El dinero, Elda, la fábrica. ¿Cómo fue su aterrizaje en Madrid?
—Yo tuve que hacer pre-universitario en Madrid; aunque siempre había querido ir a los Jesuitas en Alicante, pues a mí los Jesuitas me encandilaban, los veía como de otro nivel y, de hecho, me siguen interesando y a día de hoy soy socio de un grupo que se llama “Cristianismo y Justicia”, que son cristianos progresistas y gente interesantísima. Precisamente en esa línea elitista yo veía a algunos de mis amigos que estudiaban internos aquí, en Alicante, y yo estaba deslumbrado, pero por alguna razón no conseguí plaza para hacer el preuniversitario y me tuve que ir a Madrid.
—De sus palabras imaginamos una relación complicada con el padre, ¿no?
—Mi padre era un tipo difícil y sus indecisiones hicieron que cuando todos mis amigos, bueno los tres o cuatro que se iban a estudiar a Madrid como yo, ya tenían la matrícula, tenían sitio, yo no tenía nada y no me atrevía a decirle “papá que tenemos que hacer la matrícula”. Y ya, en septiembre, se puso de una manera precipitada, de modo que caí en una pensión de mala muerte, donde luego escribí un relato sobre el mes que pasé en esa pensión, un relato con tintes incluso eróticos y con el que me quedé finalista en el premio Gabriel Miró.
—¿Eso nos lleva a hablar de la vena literaria que atraviesa su vida?
—Para mí, leer poesía y literatura de ficción, escribir en definitiva, es una forma de identificarme. Como lo es cada vez que escribo un libro sobre la ciudad, cuando escribo en Arte y letras (suplemento del diario Información).
—Hablemos brevemente del cuento con el quedó finalista en el Gabriel Miró.
—Coincide en parte con una reflexión de la poeta Elvira Sastre en su libro Madrid me mata, donde habla de las sensaciones que ella experimenta cuando llega a Madrid. Y yo me identifico con ella, con ese libro. De eso va.
—Hacemos un salto en el tiempo. Ya en Madrid, estudiando Ingeniería, le hemos oído decir que el contacto con su profesor de arte José Antonio Fernández Ordóñez, hermano del famoso ministro Francisco Fernández Ordóñez, fue para usted un hecho revelador e inspirador en su carrera profesional. ¿Quién era aquel hombre?
—Bueno, José Antonio era un maestro, un amigo. Me emociono solo de pensar en él. Falleció prematuramente. Le conocí en octubre del año 1966, cuando yo acababa de ingresar en la Escuela de Caminos y él era nuestro profesor de Arte, Estética e Ingeniería, una asignatura que para la mayoría de mis compañeros —para mí también, al principio— se la tomaban como una “maría”, un ir a pasar el rato, pero pronto algunos nos dimos cuenta que allí había algo más.
—Cuente, cuente…
—En casa, mis padres recuerdo que tenían cuatro libros y yo no había leído nada, prácticamente nada. Y un día José Antonio, que era un hombre imbuido de una mentalidad muy racionalista, muy cartesiana, nos impulsó a hacernos preguntas que yo no me había hecho nunca. Y va y nos pone unas imágenes de cuadros de pintura abstracta que casi nadie conocíamos. Era, recuerdo, a última hora de la mañana, cuando la gente se iba y mis compañeros empezaron a decir, con un tono despreciativo, ¿pero esto qué es? ¿este hombre? Y empezamos a manifestarlo en voz alta. Y yo me erigí un poco en el líder de aquello.
“Comparto lo que dice el filósofo Graham Harman cuando afirma que el intelectual tiene que comprometerse, aunque no se lo pidan. Y eso lo aprendimos los pocos que fuimos a las clases de José Antonio Fernández Ordóñez”.

—¿Cómo terminó aquel “extraño” episodio estudiantil?
—Termina la clase y subimos a la tarima —la Escuela de Caminos antigua, una escuela del siglo XIX, tenía unas tarimas donde los profesores son una especie de dioses que estaban allí encima— y yo le dije, molesto, mire usted esto, mire usted lo otro… Y él, callado; José, callado…
—¿Y…?
—Termina y nos dice: ¿Habéis terminado ya? Sois unos ignorantes. Vamos a hacer una cosa. Vosotros os encargáis de la logística, de autobuses y tal, y yo me encargo de organizar una visita al Museo de Cuenca, al Museo de Arte Abstracto de Cuenca, pues José estaba muy vinculado con todo el mundo artístico del grupo de Cuenca, gente como Zóbel, Rivera, Sempere, etc., y cuyas instalaciones se acababan de inaugurar. ¡Estoy hablando de febrero del 67! Finalmente hicimos aquel viaje y la verdad es que fue un viaje absolutamente iniciático.
—Caminos, arte abstracto… la verdad es que sí parece un mezcla explosiva. Explique, explique…
—Pues sí, como os decía, fue una verdadera catarsis para muchos de nosotros. Éramos unos veinte, y nos fuimos a Cuenca y cuando llegamos, allí estaban esos artistas. Estaba Zóbel, estaba Rivera, estaba Sempere, estaba Saura… Y entonces nos distribuimos por grupos pequeños con cada uno de ellos; íbamos arriba y abajo; íbamos hablando con un lenguaje maravillosamente asequible. Salíamos, nos cogíamos a otros y así estuvimos toda la mañana. ¡Casi cuatro horas!
—Si que parece un viaje iniciático, todo un lujo…
—Aquello, aquello, me cambió la vida. Luego, por la tarde, seguimos hablando con todos ellos. Eusebio Sempere nos invitó a su casa a tomar un café. Y nos fuimos todos allí. Bueno, pues eso es un ejemplo de cómo era José. Y lo que significó para mí. Luego, más tarde, fue no solo como profesor, sino un amigo. En ocasiones, casi, como un hermano mayor.
—Esto nos recuerda que usted ha hablado que a veces la vida está hecha de contingencias que cambian el destino. Sin duda, conocer a este profesor fue para usted una de esas contingencias.
—Sí, claro. Y ¡lo que aprendí!, ¡lo que aprendimos! Él, además, me transmitió una ética. Decía que había tres éticas que el ingeniero tenía que practicar. La ética de ingeniero es una ética pública, que teníamos que ser conscientes de que manejamos dinero público, eso es lo primero. En segundo lugar, una ética ciudadana; pero sobre todo él nos hablaba también de una ética profesional. Que cada proyecto que hagamos no sea rutinario, que siempre pretendamos superarnos con lo hecho anteriormente. E insistía mucho en que la ética, para él, no se aprende ni con clases, ni con teorías. ¡Que solo se aprende con la práctica! Y que hay que ejercerla, que comprometerse. O sea, ¡el profesional tiene que comprometerse!
—Una imagen bien alejada del dinero fácil y el beneficio inmediato…
—En este sentido me gusta mucho lo que dice el filósofo Grahan Harman cuando afirma que el intelectual —como somos los ingenieros y cualquier profesional que pase por la universidad— tiene que comprometerse. Tiene que decir cosas, aunque no se lo pidan. Y eso lo aprendimos los pocos que fuimos a las clases de José Antonio y que luego formamos un grupo de trabajo con él sobre patrimonio de la ingeniería. Y sí, claramente, él fue introductor de estos temas en España.
—Con lo que nos termina de comentar, parece que esta contingencia, la visita al Museo de Arte Abstracto, influyó mucho en su práctica como ingeniero y su visión del urbanismo, ¿es así? ¿no?
—Por supuesto. Por supuesto, porque me hizo mirar el mundo, las cosas, los objetos, las formas, de otra manera completamente diferente. Es decir, fue una apertura del espíritu. Imagínense esos valores en una mente racional, racionalista, cartesiana, formada en las matemáticas, en un concepto del mundo, en la causalidad, en la que todo tiene que tener una causa y una finalidad.
“Mi profesor de Arte, José Antonio Fernández Ordóñez, me hizo mirar el mundo, las cosas, los objetos, las formas, de otra manera completamente diferente. Fue una apertura del espíritu”.

—Pero esa no era la línea principal de trabajo de la Escuela, que estaría más bien al servicio del poder establecido, ¿no?
—Efectivamente. La Escuela era el poder, la especulación y se rechazaba la belleza, la poesía. En todo caso, era vista como un lujo cultural. En ese sentido allí siempre estábamos metidos con fórmulas, con leyes físicas, y he de reconocer que a mí el arte abstracto no me enseñó a dibujar un puente, pero sí me enseñó otra mirada, a tener otra sensibilidad para mirarlo de otra manera. Para mí ha sido fundamental, tanto, que ya no puedo vivir sin ello.
—Otra de esas “contingencias” fueron sus contactos y su militancia temprana en el PCE siendo estudiante…
—Bueno, bueno, yo realmente no fui militante del PCE…
—Pero sí colaboró estrechamente con el Partido Comunista, ¿no?
—Sí, sí, fui colaborador. Entonces, en la Universidad era el PCE el que se movía. Por lo menos a mí me lo pareció y por entonces tenía muchísimo prestigio.
—¿Qué le atrajo del PCE para llegar a colaborar con ellos?
—Quizás habían una serie de razones para una mentalidad técnica como la mía. El PCE era el orden, el rigor, y eso era lo que nos atraía, al menos a mí. O sea, toda la gente a la izquierda del PCE a mí me desconcertaba bastante, pero en el PCE, en un principio, me sentí deslumbrado; pero yo no era militante, era, si se me permite decirlo así, compañero de viaje.
—Y, ¿cómo se plasmó aquella colaboración?
—Recuerdo que era el que hacía los carteles. Los carteles que luego colgábamos en una Escuela donde, además, se despreciaba la política, porque a los técnicos no les interesaba la política. La verdad, éramos cuatro gatos, y recuerdo que un día el director —un ingeniero de muchísimo prestigio y al que, además, yo admiré— nos llamó a su despacho y a mí me dijo: ¿Usted no se ría? Que a usted le he visto colgar carteles. Me hizo mucha gracia.
—¿Una tensión entre ciencia y política que viene de lejos?
—Nuestra profesión tiene un origen ilustrado, del siglo XVIII. Por tanto, está muy ligada a una idea de progreso. No solo físico, sino político y moral y eso dura durante todo el siglo XIX con una visión de lo público realmente muy fuerte. Pero todo eso empieza a desaparecer en los años veinte del pasado siglo, cuando aumentan el número de profesionales, y las circunstancias políticas y económicas van cambiando. Yo recuerdo que hay un momento en esos años veinte que hay una huelga de ferrocarriles en España donde los ingenieros se convierten en esquiroles manejando las máquinas de vapor.
—¿Lo que imaginamos se agrava con el franquismo y la dictadura?
—De alguna manera, sí. Y poco después, en el 36, cuando Franco da el golpe, el cuerpo de Caminos, que entonces eran todos funcionarios, se pone casi en bloque del lado de Franco. Y todo esto, de alguna forma, ha continuado así.
—¿O sea que la imagen de conservadurismo y de derechas de la profesión tiene su explicación, sus raíces?
—Un poco sí. Para mí ha sido un imposible que en las revistas profesionales se hiciese un homenaje a los pocos ingenieros que permanecieron fieles a la República, que, probablemente también eran conservadores, que no eran de izquierdas, pero que fueron fieles a la República, al Estado y a lo público. Y reconozco que no lo he conseguido.
“Reconozco que no soy un buen ingeniero y que soy un mal constructor. Me gusta más lo contemplativo y, sin embargo, admiro la construcción”.
—Quizás esa, la de los ingenieros fieles a la República, es una historia que estaría por escribir, ¿no?
—Bueno, bueno había muy pocos…
—Pero aunque afectara solo a unos pocos, nos está diciendo que algunos ingenieros, como les pasó a los maestros y maestras de la República y cuya historia sí es más conocida, también sufrieron la represión, fueron desposeídos de su titulación y fueron apartados de sus puestos de trabajo, ¿no?
—Sí, claro. Justo el otro día me enteré de uno de ellos precisamente, del que no tenía ni idea, porque el más conocido es Manuel Díaz-Marta al que conocí por Fernández Ordoñez y que lo traje precisamente a Alicante.
—¿Quién fue este ingeniero?
—A Manuel Díaz-Marta lo fusilaron, incluso le dieron el tiro de gracia, pero no lo mataron. Sobrevivió y luego fue un alto funcionario de las Naciones Unidas en temas de obras hidráulicas en América Latina. Y solo vino a España cuando murió Franco. Es un hombre que para mí representa ese espíritu de profesional, de profesional fiel a lo que había, al margen de lo que fuese la República.
—Termina de estudiar, regresa a Alicante, donde desarrolla su labor profesional. Primero, lo hace como ingeniero y, poco después, combinándolo con la labor de profesor y catedrático de Urbanística en la Universidad de Alicante. Empecemos por el principio. ¿A modo de resumen, cuáles serían sus obras más icónicas, esas de las que guarda mejor recuerdo.
—A ver… yo reconozco que no soy un buen ingeniero. Soy, más bien, me gusta, lo contemplativo, y sin embargo, admiro la construcción. Me encanta construir pero reconozco que soy un mal constructor. Se puede aprender la construcción pero el buen constructor nace; es como un arte, ¡y el arte no se aprende! Se aprende un oficio, como la artesanía, pero el arte es otra cosa.
—Pero tiene varios proyectos…
—Sí. He hecho algunos proyectos. Construir un puente es maravilloso, porque sabes que es una estructura que te va a sobrevivir. Y en este sentido he hecho algo de esto, sobre todo en Elda, concretamente tres. Quizás el más importante es el Puente de la Libertad, un puente de ciento y pico metros de longitud con cruces de 40 metros, de hormigón, que eso no lo tira nadie fácilmente. Y sí, es una emoción especial, pero me interesa, siempre me ha interesado mucho más, pensar la ingeniería que construir; porque, además y como he dicho antes, soy un mal constructor.
—¿Cómo se piensa la ingeniera?
—Me interesa mucho más el sentido, el qué significa construir. Lo que decía antes. Me interesa, por ejemplo, Paul Valéry, el poeta, quien en sus textos no establece diferencias entre construir un poema y construir un puente. Y pensar la arquitectura, eso es lo que me interesa.
—¿Poesía y puentes pueden ir de la mano?
—Cuando estaba en la profesión tenía que meterme en el trabajo profesional. No tenía más remedio, la verdad, porque tenía que vivir, pero ahora que estoy jubilado estoy feliz de poder dedicarme a todo ese mundo intelectual, especulativo.
—Una jubilación entre puentes, literatura, ciencia, tiempo…
—Y tendría que añadir la ansiedad que tengo. La sensación de que me falta tiempo. Siempre he tenido en mi vida una cierta ansiedad, como de llegar tarde, y ahora, jubilado, también me pasa.
—El tiempo, el paso del tiempo como amenaza…
—Esto me recuerda un hecho reciente. Hace un tiempo, cuando presenté en la Sede a Miguel Ángel Lozano dentro de un pequeño homenaje a Azorín que montamos, en parte, porque después de todo en esta ciudad a Azorín no se le ha hecho prácticamente nada, y eso deberían saberlo todos… Entonces, en la presentación, recordé uno de los textos de Azorín, un texto que leí cuando tenía unos 16 años, cuando era adolescente en Elda, en uno de los pocos libros, unas obras completas, que había en casa, una casa donde, como decía antes, no había casi libros, y cuando ya tenía esa angustia de temer por llegar tarde. ¿Puedo leerlo?
“Se puede aprender la construcción, pero el buen constructor nace; es como un arte, ¡y el arte no se aprende! Se aprende un oficio, como la artesanía, pero el arte es otra cosa”.

—Sí, claro, lea, lea…
—Pertenece al libro Las confesiones de un pequeño filósofo y dice así: “¿Por qué es tarde? ¿Para qué es tarde? ¿Qué empresa vamos a realizar que exige de nosotros esta rigurosa contabilidad de los minutos? ¿Qué destino secreto pasa sobre nosotros que nos hace desgranar uno a uno los instantes de estos pueblos estáticos y grises? Yo no lo sé; pero yo os digo que esta idea de que siempre es tarde es la idea fundamental de mi vida; no sonriáis. Y que si miro hacia atrás, veo que a ella le debo esta ansia inexplicable, este apresuramiento por algo que no conozco, esta febrilidad, este desasosiego, esta preocupación tremenda y abrumadora, por el interminable sucederse de las cosas, a través de los tiempos”.
—Interesante. Pero cambiemos el tercio. Una de sus obras fue la ampliación del Puerto Deportivo de El Campello en los años ochenta, donde, según sabemos, sufrió en carne propia la tensión y las presiones que sufren los técnicos profesionales que se niegan a doblegarse a los intereses particulares o de las administraciones. ¿Qué nos puede contar de aquel duro capítulo y de sus actores principales?
—Bueno, para hablar de esto hay que hablar de Ortiz, de Enrique Ortiz. Y os voy a hablar de mi relación con Ortiz. Yo conocí a Ortiz, a su empresa, en la obra de la Lonja. La Lonja fue también uno de mis proyectos, una obra a la que le tengo un especial cariño, en primer lugar porque es la rehabilitación de una obra portuaria, de arquitectura portuaria de Próspero Lafarga, que es uno de los ingenieros que más he estudiado, que más me han interesado; y por ser, además, en mi ciudad, Alicante, y además fue para convertirla en la sala de exposiciones que se abrió con motivo del V centenario de la ciudad…
—¿Cómo fue aquel encargo?
—Fue en tiempos del alcalde José Luis Lassaletta; a mí Lassaletta me tenía mucho cariño, eso decía, pero luego prácticamente no me encargaron nunca nada. Pero el grupo en el que yo estaba metido, con Carlos Mateo y otros, en lo del V centenario, si habló con este para que lo hiciésemos. Lo hice con un arquitecto, un amigo, porque había algunas cuestiones arquitectónicas que me interesaban. Entonces la obra de este proyecto se la lleva Ortiz, que entonces no era muy conocido, y por ahí no hubo ningún problema. Incluso tuvimos muchos problemas con la obra, pues en la rehabilitación es normal que te encuentres a veces circunstancias materiales, estructurales, imprevistas, pero en lo que respecta a Ortiz no tuvimos ningún problema y estábamos bastante contentos con él.
—Y luego vuelve a coincidir con él en las obras del Puerto de El Campello…
—Sí. Luego me lo encuentro en el puerto de Campello. Lo de La Lonja fue en el año 92, con la exposición de Miguel Hernández, y poco después me llaman del puerto, no sé muy bien por qué, porque yo no les conocía de nada. La junta directiva me llama para encargarme el proyecto de remodelación del puerto, un proyecto muy interesante, porque trabajar al lado del mar puedo asegurar que es un privilegio, pues se trata de dominarle, de controlarle, de poner trabas, de poner límites al mar, es decir intentar dialogar con él. Entonces, hicimos el proyecto y se licita de un modo privado, como una obra privada…
—¿Y qué sucedió?
—Hay que decir que el Puerto es una concesión de la Generalitat y que la Generalitat lo controlaba, pero que es la Junta del Puerto la que estaba al mando. Y resulta que la obra se la lleva Ortiz con una baja temeraria, y esto era un problema, de modo que mis compañeros y yo decidimos ir a ver a Ortiz para que nos firme un documento de que están de acuerdo con el proyecto, que no hay ningún problema y, por tanto, se puede hacer la obra por ese dinero. Aunque no recuerdo ahora el presupuesto, era importante; Ortiz lo firma y empezamos a trabajar…
—¿Cuáles fueron esos problemas?
—De pronto, nos sientan un día la gente de la empresa y nos dicen que no se puede hacer la obra por ese dinero y nos presentan un reformado de varios cientos de millones de pesetas. Yo me quedo absolutamente mal, muy mal, y le decimos: “Oye, pero es que tú has firmado esto” y nos dice él: “Bueno, eso se firmó una noche en una cena entre amigos…”. Bueno, pues a partir de entonces empezó una presión terrorífica sobre mí, terrorífica, mandándome requerimientos notariales y amenazas de todo tipo. El primer requerimiento que recibo, se me cayeron los pantalones. ¡Yo que solo he pisado un juzgado en mi vida defendiendo a la PIC (Plataforma de Iniciativas Ciudadanas)! Bueno, empiezo a hablar con la gente, con el Colegio, con mis compañeros, y me dicen que, claro, es que tienen que vivir; todos, justificándolo. Hablo con abogados y lo mismo. Yo estaba absolutamente angustiado. Fueron unos meses horrorosos, horrorosos.
—¿Cómo acabó todo aquello?
—La verdad es que, quizás a otra persona que esté más acostumbrada a esta miseria de mundo, le podía resbalar, pero como a mí no me había pasado nunca y me encontraba muy solo, al final yo me negué en redondo, y a todo esto el Club Náutico, la dirección del club, me dijo “Tú haz lo que quieras, lo que decidas tú está bien”. Ellos se lavaban las manos. Claro, al final tuve que ir a declarar por el Club, me llamaron de testigo, al Club lo llevaron al juzgado y a mí me también llamaron.
—Pero, ¿al final?
—Yo, la verdad, estaba muy preocupado. Mientras la actitud del Club era muy tímida, nosotros propusimos continuar con la administración, que significa hacer la obra nosotros y no contratar. Y lo hicimos así. Encontramos un ingeniero que se encargó de la dirección. Estábamos encima y terminamos la obra y ahí está y yo ya me desentendí y salí de allí corriendo cuando terminamos la obra. Entonces, los de Ortiz se cansaron, y parece ser que el Club les regaló algunos atraques como compensación.
—¿Qué supuso aquella mala experiencia en su trayectoria profesional?
—Pues a partir de ahí es cuando dije “no quiero saber nada con los contratistas, me voy a la Universidad”. Yo estaba entonces a tiempo parcial en la Universidad, y decidí irme a la Universidad, pensando que ¡ahí seré feliz!!
—Justo de eso queríamos hablar. De su trabajo en la Universidad de Alicante, primero en Obras Públicas y, después, en Arquitectura, un hecho que ha sido determinante en su biografía profesional. ¿Qué sabor le ha dejado?
—A ver. Yo reconozco que no he sido feliz, sobre todo en mi última etapa en la Universidad…
—¿No?
—No. Para nada. Para nada. Vamos a ver. Toda mi vida he estado vinculado a la enseñanza. Primero en Obras Públicas, cuando aún dependíamos de Valencia, y luego, cuando se creó el departamento aquí, pues aquí ya. ¿Me permitís que os lea una reflexión sobre esto, sobre la enseñanza?
“Me interesa, por ejemplo, Paul Valéry, el poeta, quien en sus textos no establece diferencias entre construir un poema y construir un puente”.

—Lea, lea…
—En realidad, para mí la enseñanza, en cualquier nivel, implica un compromiso social. Voy a hablar de lo que para mí significa ese compromiso social. Ortega sostenía que la política y la pedagogía tienen un mismo fin: la transformación de la sociedad. Mis clases de Urbanismo se han apoyado siempre en tres pilares: el conocimiento, el alumno como persona y como ciudadano, y el compromiso con la sociedad y la ciudad. He procurado mantener, llevándolos al aula, los problemas reales que se producían al otro lado de la puerta. Frente a lo útil, lo instrumental y rentable que domina la formación técnica, siempre he pensado que hay que introducir en la educación universitaria una noción que denomino “lo útil para la vida”, y que consistiría en un conjunto de conocimientos que, junto con los profesionales, contribuyan a hacer de nuestros alumnos mejores personas y mejores ciudadanos.
—¿El compromiso del que hablaba usted antes?
—Sí. Para mí era lo más importante de lo que podía dar en clase; ese compromiso con la gente y la ciudadanía. Esforzarme en incentivar una dimensión de su trabajo en detrimento de lo más profesional. En resumen, quizás lo que intenté transmitir a mis alumnos tenía que ver más con pensar la ciudad que con construirla; y eso lo digo sinceramente.
—Entonces, ¿el balance de su paso por la Universidad?
—Recuerdo que escribí un artículo, se titulaba Universidad, forma y fondo, donde explico mi relación con la Universidad. Lo escribí a raíz de una reflexión de Victoria Camps, una catedrática de Ética, que decía que, a raíz de una noticia que ella había leído y donde se decía que la Universidad era una de las instituciones más valoradas socialmente en España, ella mostraba su sorpresa y añadía: “Los que estamos dentro no lo entendemos”.
—¿…?
—Yo me adherí a esa idea también, y hacía una crítica a la estructura departamental. El departamento, que había surgido en la Universidad con el objeto de mejorar la calidad de la enseñanza, coordinar la investigación, etc., se había convertido en un instrumento de poder y control ejercido por la dirección del departamento, creándose así un escenario caracterizado por la ausencia de pluralidad y debate de ideas, de sumisión y obediencia a las directrices de la dirección, que nunca son objeto de debate. Y eso tiene una consecuencia en los criterios endogámicos en la contratación de nuevos profesores, en lugar de exigir calidad y experiencia profesionales, esenciales para enriquecer la experiencia académica de los profesores jóvenes.
—¿Tenemos, entonces, un problema “departamental” en la universidad actual?
—Sí. claramente. El departamento, venía a decir en mi artículo, que debía ser un espacio donde, entre otras cosas, se fomentase el espíritu crítico de los jóvenes profesores en su carrera universitaria, se ha convertido en un lugar donde impera el pragmatismo y la atonía moral, en el que difícilmente puede generarse ese clima de libertad necesario para que surjan y susciten juicios críticos y contraste de ideas.
—Perdone, ¿no es esta una visión demasiado oscura de la universidad?
—Puede que sea así. Pero si me permitís, termino con esto: “La Universidad debería tener entre sus prioridades docentes e investigadoras el compromiso con la sociedad, lo que significa para todos los docentes tomar conciencia del papel de la institución como catalizador social y de progreso. Sin embargo, en el ámbito de mi trabajo académico y de lo que me rodeaba, ese compromiso ha sido prácticamente inexistente. Para el profesor universitario debía ser un deber cívico tomar parte en los debates sociales que se producen, cuando, por su formación y experiencia, puede aportar argumentos para que el resto de los ciudadanos pueda orientar sus opiniones con rigor”.
—Perdone la insistencia, ¿cuál sería, entonces, el resumen de su larga trayectoria universitaria?
—Mi experiencia con Arquitectura ha sido, en casi treinta años, muy mala. Pero también es cierto, es cierto, que en parte se podría explicar porque yo soy ingeniero y los arquitectos es un mundo muy cerrado. Ellos tienen una concepción determinada y yo ahí he sido siempre un intruso. Pero, además, me encontré con un sector profesional de la arquitectura con una visión del mundo, de la ciudad, de la realidad, que no tenía nada que ver con lo que era yo, ¡si hasta me quitaban los carteles contra el Plan Rabasa!
—Eso a nivel personal, pero, digamos, más a nivel general, ¿cómo ve la universidad hoy?
—Yo creo que Bolonia ha sido un desastre, con la reducción de créditos, la reducción de asignaturas y todo eso. Por ejemplo, los temas de patrimonio de la ingeniería han desaparecido en la Escuela de Caminos y solamente lo mantienen en asignaturas optativas en una universidad española, en una escuela. En las demás ha desaparecido. Yo creo que la Universidad está cada vez más en una línea de neoliberalismo, cada vez es más un negocio, como una empresa; los dirigentes están cada vez más decantados por el mundo de la empresa más que por la educación. Eso lo vemos en las campañas electorales donde no se habla para nada de educación.
“Lo que siempre intenté transmitir a mis alumnos tenía que ver más con el pensar la ciudad que con construirla”.

—¿Y en el caso de Alicante?
—Pues en este momento creo que la universidad, que nunca ha tenido un papel relevante en esta ciudad, ahora creo que menos que nunca. Aunque, por otro lado parece cierto que la gente está como loca porque su hijo vaya a la universidad, que estudie una carrera universitaria y no una formación profesional, pero yo creo que en muchos casos se equivocan.
—¿Cómo catedrático jubilado cómo es ahora su relación con la universidad?
-Me siento totalmente perdido y no entiendo; estoy en un taller de Arquitectura y mi relación con los alumnos es cada vez más difícil, no les entiendo, es como si no tuvieran interés por nada. Al principio, les anunciaba los actos sobre urbanismo que tenemos aquí en la Sede, pero aquí no viene nadie, ni profesores, ni alumnos, no les interesa esto. ¿Por qué?, me pregunto. Seguramente porque se ha creado una visión de la Universidad cuantitativa y poco cualitativa.
—Entonces, ¿se podría decir que la Universidad vive de espaldas a la ciudad?
—Pongo un ejemplo. Para todos los trabajos que hacemos Jorge Olcina (director de la Sede de la UA en Alicante) y yo para los debates nos falta información sobre población, sobre el estado de los barrios, sobre desahucios sistemáticos en barrios, sobre el patrimonio… pues, la verdad, no sabemos casi nada porque no hay casi nada; igual sucede en temas de turismo, que es un tema que nos interesa mucho, como por ejemplo saber cuántos pisos turísticos hay; o cómo ha funcionado la EDUSI en el área del Pla, qué pasa con la ciudad dual. ¿Por qué?, me pregunto… porque todo eso sería labor de la universidad.
—¿Cómo empieza, por decirlo así, su compromiso social con Alicante?
—Bueno, tengo que deciros que creo que mi compromiso con la ciudad empieza cuando llego a Alicante, donde tengo de vecino a Alfonso Arenas, y él, entonces, estaba trabajando en Virgen del Remedio, donde se acababa de crear la asociación de vecinos en el año 1972 y me fui con él y allí empezamos a hacer cosas, hasta el punto de que nos hicieron socios de honor, que es una de las cosas que más ilusión me ha hecho en mi vida; todo allá por el año por el año 1974 o 75.
— Uno de los hitos en su biografía ha sido su participación en la PIC (Plataforma de Iniciativas Ciudadanas, hoy desaparecida), siendo uno de los principales hitos de aquella plataforma la paralización del Plan Rabasa que promocionaba Enrique Ortiz. De forma breve, ¿cuál diría que es la herencia de aquel trabajo mirado con el tiempo?
—Cuando pienso en la PIC para mi fue sobre todo la experiencia humana, el haber conocido a tantísima gente, amigos que no conocía y otros que sí conocía previamente, pero para mi fue un momento de conocer a gente, de gente que pusimos en común una respuesta que era oponernos a algo que pensamos que era un desastre para la ciudad; esa lucha común, quizás, es el recuerdo más indeleble que tengo.
—¿Cree que aquel trabajo ha dejado una huella en la ciudad?
—Desde ese punto de vista ya lo dije en los debates tan intensos que tuvimos cuando cerramos la PIC; yo no soy tan optimista, como lo son otros, como el mismo Manuel Alcaraz, que cree que sí ha dejado esa huella. Pienso que esta ciudad, además, tiene muy poca memoria, y admito que, en parte, puede que yo esté equivocado.
—Alicante lleva casi 40 años sin Plan General de Urbanismo, algo que usted mismo ha denunciado en múltiples ocasiones con frases del estilo “un plan de urbanismo también tiene un sentido pedagógico”, o cuando afirma que aquí el urbanismo que se practica es el urbanismo del promotor. ¿Cómo diría que afecta este hecho al día a día de los ciudadanos que viven aquí o que nos visitan?
—En este momento el plan general se está discutiendo mucho porque es un plan que está pensado para naves industriales, para un momento y una realidad que ha cambiado, entonces creo que toda la metodología y los objetivos habría que reconsiderarlos en esa dimensión pedagógica, que es fundamental, por lo que aporta de conocer la ciudad y debatir sobre la forma, el futuro, las estrategias para cambiarla, mejorarla, y eso me parece fundamental. Y sí, yo creo que la ciudad educa, que hay un movimiento de ciudad educativa que en Alicante naturalmente no está ni se le espera, pero que, por ejemplo, sí está en ciudades como Villena.
“La Universidad de Alicante nunca ha tenido un papel relevante en esta ciudad, pero ahora creo que lo tiene menos que nunca”.
—Una hermosa frase: una ciudad que eduque…
—Hay una cosa que me gusta mucho, una cita de Ortega que conocemos todos, que es “Yo soy yo y mis circunstancias”. Esto a mi me parece fundamental, porque, claro, esa circunstancia es una circunstancia espacial, una circunstancia paisajística, política y todo eso influye; pero está, además, la segunda parte de ese aforismo, que se conoce menos, y dice así: “Yo soy yo y mis circunstancias, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Es decir, que tengo que implicarme, de modo que, por supuesto, yo no renuncio al plan general, lo que pasa es que en algunos debates de ciertos arquitectos o ingenieros, veo que hay ciertas corrientes conservadoras y neoliberales que sacan la patita en este tema, cuando veo que critican el planeamiento porque impide la flexibilidad. Y cuando ciertas personas, ciertos profesionales o empresarios, hablan de flexibilidad en el urbanismo yo me pongo a temblar; en la época de la burbuja la flexibilidad es la que nos llevó a lo que nos llevó, al desastre.
—Urbanismo al servicio de la gente que vive en las ciudades y flexibilidad, ¿un oximorón, no?
—Así es. La flexibilidad es, por ejemplo, hacer 15 000 viviendas en suelo no urbanizable como pretendían con el Plan Rabasa. Recuerdo que hubo por entonces un debate sobre esto en el Colegio de Arquitectos, donde un conocido arquitecto de Alicante y de proyección internacional defendía justo eso, la flexibilidad, y yo le dije que no me parecía el camino, que había que seguir apostando por el planeamiento. ¿Y qué pasó? Pues que solo me apoyó Javier Garcia Soler; los demás, todos, callados. ¡Lo recuerdo bien!
—Dos temas en uno mismo y que a usted le tocan muy de cerca: uno es la relación casi imposible, siempre agitada, entre Puerto y ciudad; y el otro es el macroproyecto de los depósitos gigantes que quieren instalar muy cerca de la zona residencial. ¿Hay solución o estamos condenados a seguir peleándonos?
—Para mi este problema viene de lejos y es la relación de la ciudad con el puerto; la verdad, decir que la ciudad y el puerto se han dado la espalda no es nada nuevo en esta ciudad, y, sin embargo, no es fácil explicarlo. A ver, hay muchas razones, en primer lugar la legislación, que penaliza a la ciudad con relación al puerto, y ahí está. En el año 1992 se saca una Ley de Puertos que yo creo que es una puerta que le dio la puntilla a la ciudad, porque es la que ha permitido una autonomía portuaria y urbanística que nos ha perjudicado muchísimo como ciudadanos; desde entonces pueden hacer ahí lo que quieran.
—¿También en el caso de los macrodepósitos que le comentamos?
—Afortunadamente hay algunas legislaciones ambientales que son competencia de la Generalitat y que pueden impedir esta barbaridad. Yo, que he estudiado mucho los puertos de todo el mundo y, por ejemplo, en el Norte de Europa donde los puertos son municipales, caso de Hamburgo, Oslo, etc., donde también hubo un proyecto de depósitos gigantes pero no se hizo por la oposición ciudadana y porque estaba declarado de alto valor medioambiental, cosa que a mi me daba envidia y me ponía los dientes largos, pero aquí es diferente.
—¿Cómo, entonces, es aquí esa relación?
—En España los casos de relaciones más armónicos y de diálogo entre la ciudad y el puerto, han dependido de que el presidente de la autoridad portuaria haya sido una persona con una sensibilidad y con un talante político personal especial, cosa que Alicante ha sucedido históricamente todo lo contrario. Entonces, de los depósitos que me decís, no se qué deciros, estoy muy en contacto con ellos, con Carmen Sánchez Brufall, y me contaba lo que todos ellos piensan, que creen que el Ayuntamiento en realidad no quiere que se haga, pero que en realidad no va a poner ningún obstáculo a la hora de implantarlos.
—En el caso de Alicante, el Puerto más que una puerta abierta a la ciudad parece un puerta cerrada, ¿no?
—Acabo de escribir un artículo que se titula Cómo Alicante perdió su paisaje portuario. A mi me preocupa y motiva el centro de esa mirada sobre la ciudad y su puerto, hablo de cómo Alicante tenía un paisaje portuario, un paisaje industrial, que lo que puedo seguir a través de la literatura, de la pintura, y como todo ese se ha perdido. Yo creo que la lámina de agua es uno de los valores paisajísicos más potentes que tenemos y ¡lo convirtieron en un aparcamiento de coches! Yo, que vivo enfrente del puerto, cada vez que veo los coches circulando por los pantalanes de hormigón, pues, la verdad, me deprimo.
—Eso nos llevaría a la difícil, acaso imposible, relación de la ciudad con el mar…
— Sí, un poco eso. Me pregunto, siempre me he preguntado, dónde está en Alicante la relación con el mar; esta ciudad está, vive, totalmente de espaldas al mar. ¡Y es que no solo es el mar, el puerto es la puerta del mar! Cualquier ciudad está montando un museo marítimo. En Cartagena van a montar un proyecto, en Las Eras de la Sal, que es fantástico, estupendo. En Santa Pola tenemos un museo de la ciudad… y Alicante no sabe ni poner en valor que somos la cota “0” desde el siglo XIX. Un grupo de ciudadanos hicimos la propuesta de crear a propósito de esa cota “0” un centro de interpretación donde se estudiasen y difundiesen los conocimientos del movimiento del agua, hablar de toda la dinámica del litoral, es decir, de cómo es una ola, cómo funcionan los diques, hasta llegar a los problemas del cambio climático que genera con relación a la altura del agua, y apenas se ha hecho nada.
—Y la Volvo, ¿qué cree que aporta a la ciudad?
—La Volvo, que es uno de los acontecimientos que debían proyectar Alicante como capital del mundo de la vela, bueno, pues yo hice un experimento. Llamé al Ayuntamiento, justo en medio de la celebración de una de sus ediciones, y me dirigí a Deportes, a la concejalía, y les dije: mire, acabamos de venir a vivir a Alicante, tengo dos niños adolescentes que me gustaría que practicasen deportes náuticos, ¿hay escuela municipal de vela? Y oigo, al fondo, alguien que dice, espere un momento, y que pregunta en voz alta :¿Tenemos alguna escuela municipal de vela? Mire, no, pero hay muchos en los clubs náuticos, allí tiene usted que… Vale, vale, en los clubs náuticos. Entonces, tras pasarme por los clubs náuticos, escribi un artículo y resulta que son ¡200 o 150 euros por semana! Entonces, claro, esto un ciudadano medio no puede asumirlo. Eso es Alicante y eso es la Volvo.
—Observamos que hay un movimiento vecinal en ascenso en la zona Sur, alrededor de la Casa Mediterráneo y con los que usted colabora muy a menudo…
—La zona Sur es una de las zonas más interesantes y más combativas de la ciudad. Allí hay cuatro asociaciones, que están intentando unirse para crear una federación de asociación de vecinos, que es algo que increíblemente no existe en esta ciudad, cuando existe en otras partes y con la fuerza que eso puede dar. Ellos se sienten muy próximos a la Casa Mediterráneo y la consideran un gran valor para sus barrios, sobre todo por el impulso que le ha dado el nuevo director, pero ¿y el Ayuntamiento? No le ha hecho ni caso. Vamos, creo que el año pasado -o este es el primer año- que empiezan a pagar la cuota que les corresponde, y todo parece ser es porque han descubierto que el recinto es muy interesante para actos de Hogueras. Esa es la idea de la Casa Mediterráneo del Ayuntamiento, celebrar actos de Hogueras.
“La PIC (Plataforma de Iniciativas Ciudadanas) para mi fue sobre todo una experiencia humana; también el poner en común una respuesta de oposición a algo que pensamos que era un desastre para la ciudad”.
—Otro tema al que usted se ha referido en numerosas ocasiones es la situación de abandono del complejo residencial del Puerto conocido como Barrio de Heliodoro Madrona. ¿Cómo podemos tener en esta situación de ruina y abandono una de las zonas más privilegiadas de Alicante?
—A ver, la historia de Heliodoro Madrona la he seguido muy de cerca, sobre todo desde el punto de vista del patrimonio, y se salvó, y yo contribuí muy modestamente a su salvación, pero fue sobre todo gracias a Manuel Ayús, un arquitecto al que en esta ciudad no se le ha hecho el homenaje que se le debe, porque es gracias a él, a su trabajo personal y a su dinero, que se evitó el Palacio de Congresos en el Benacantil, que hubiera sido una barbaridad, a pesar de que el proyecto de mi admirado García Solera padre estaba bien.
—¿Y cómo se logró salvar de la piqueta, al menos temporalmente, este barrio ubicado en el corazón del puerto?
—Sucedió que un día Manuel Ayús me llama y me dice: “Oye que el Puerto está gestionando una estrategia de derribo y han encargado un informe a un arquitecto para que escriba que está en estado de ruina, vamos que están más del 50 % de los edificios para tirarlos, pero yo lo he estudiado y veo que no, y quiero que hagas tú un informe desde el punto de vista de Patrimonio”. Y lo hice, pensar que las viviendas las hizo el mismo arquitecto de la Casa Carbonell, Juan Vidal, los suelos con mosaicos los aísla con cerchas… pero sí se salvó , pero fue sobre todo por lo que hizo Ayús que hizo un estudio constructivo que realmente a mi me encanto y lo ganó y eso se paro; pero yo creo que el Puerto lo que quiere realmente es tirarlo. Sinceramente, creo que el Heliodoro Madrona se va a caer, no va a haber quien lo salve. En esta ciudad no hay mantenimiento. La Plaza Gabriel Miró es el paradigma del desmantelamiento de la propia ciudad.

Durante el reconocimiento por el Premio Unir Alacant la semana pasada.
—Cambiemos otra vez de tema. Usted lleva unos años jubilado pero con una gran actividad en diferentes ámbitos ciudadanos, vecinales, etc. ¿Cuál es su secreto para mantenerse tan activo?
—Yo, en verdad, llevo mi vejez muy mal, fatal; creo que la vida, la vida de cada uno, se organiza, por lo menos yo lo veo así, buscando un equilibrio, una armonía, entre el mundo interior y el mundo exterior; uno, cuando está activo laboralmente, prima lo exterior, la actividad, la profesión, etc., pero cuando de pronto eso se corta, te vuelves hacia dentro, te haces muy introspectivo, empiezas a pensar mucho en ese mundo interior, del que hemos hablado antes.
—¿Pero la imagen que proyecta hacia fuera no es esa precisamente?
—A ver. Os he hablado antes de mis diarios, cuando he leído mi diario de los años 64 o 65, los he cerrado; no me gustan. ¿Quién soy yo? ¿Quién es este que escribe esto? Incluso me inquietaba leerlos, ¿no? Pero, claro, cómo esto forma parte de mi vida. Y para explicar esto me pregunto a veces hasta qué punto esa actividad es para huir de uno mismo; el otro día, en otro de mis cuadernos encontré una cita de Walter Benjamin, que es uno de mis intelectuales favoritos, y que dice así: “Ser feliz significa poder percibirse uno mismo sin temor”. Y yo no soy así.
—Entonces, ¿hace un balance negativo de su jubilación?
—A ver, efectivamente, la jubilación me ha permitido, por ejemplo, leer cosas de una manera mas relajada; esta misma mañana he estado leyendo un ensayo sobre el Renacimiento y el Barroco, pero…
—¿Cuáles son sus hábitos de lectura?
—Por la mañana prefiero ensayo y ya por la noche, literatura… aunque, la verdad, es que cada vez leo menos literatura de ficción.
“Cuando estaba en el Opus Dei, conocer a Pilar, mi mujer, en Zaragoza y ver lo que hacían allí en los barrios, me cambió la vida: su ejemplo me abrió los ojos”.
—¿Alguna asignatura pendiente?
—Una cosa que he pensado mucho es que me hubiera gustado organizar más debates sobre la vida de jubilado, la actividad de jubilado, compartir experiencias, hasta hablar del sexo, pero al final no me he atrevido a hacerlo. Cuando uno se jubila, se van los niños y nos quedamos la pareja de jubilados, y cambia un montón la vida y eso no nos lo enseñan; a mi, al menos, no me han enseñado a vivir este tiempo, ni yo lo he aprendido. Y, la verdad, a veces me cuesta.
—Sabemos que ha publicado no hace mucho un libro titulado De la utopía al desencanto, donde entremezcla el mundo de la literatura y la ingeniería. ¿Qué es lo que los lectores van a encontrar en sus páginas? ¿Se podría entender dicha obra como una especie de testamento vital e intelectual?
—Lo que yo he pretendido es transmitir lo que yo buscaba en la literatura que habla de los ingenieros, cómo nos han visto, cómo hablan de nosotros autores como Julio Verne, Aldous Huxley, Joseph Conrad, hasta Walt Whitman o los autores españoles como Ortega y Gasset, Julio Llamazares o Juan Benet en su parte literaria, entre otros muchos; cómo nos miran, cómo miran a la técnica, todo esto es lo he pretendido reflejar.
—¿Alguna cita especial, algún nombre en particular del libro que hablamos?
—Hay una cita de Juan Benet, que es uno de mis escritores predilectos, que es además ingeniero de caminos y lo conocí personalmente. Benet era un hombre muy difícil pero conmigo siempre fue encantador, y en una conferencia aquí en Alicante, donde por cierto venía bastante, alguien le preguntó algo así como ¿por qué usted, que es ingeniero, se dedica a escribir? “Yo —le contestó Benet— escribo para calmar el hambre espiritual de un alma que la ingeniería pocas veces acierta a satisfacer, por eso me dedico a la literatura”. Y eso es algo de lo que trato de desarrollar en mi libro.
—Qué respuesta ha encontrado en los lectores?
—Desgraciadamente entre los amigos he encontrado un silencio casi total; en ese libro lo que hay al mismo tiempo es una reflexión sobre qué es lo que he visto en la literatura y cómo la técnica de la ingeniería hemos pasado de ser los héroes del progresos y el bienestar, de la transformación de la sociedad, y al final nos hemos convertido en unos villanos que somos los que transformamos la naturaleza, la degradamos, etc., Por el contrario recuerdo con mucho cariño que, por casualidad, una profesora de Barcelona que da clase en Telecomunicación Industrial sobre humanidades y técnica, le llegó el libro y me llamó entusiasmada, así que la traje a la presentación, lo que, en verdad, me hizo mucha ilusión.
—Parece ser que estaría usted preparando un nuevo libro. ¿Es cierto? ¿Qué nos puede contar de ello?
—Pues cuando miro atrás, me sorprendo de la cantidad de artículos publicados, es una historia de la ciudad, una visión de la ciudad; de eso iría el nuevo libro, de mi visión de la ciudad a través del tiempo.
—Hay un dato que, quizás injustamente, hemos pasado por alto. Nos referimos a la influencia que tuvo en su trayectoria de compromiso social, el haber conocido a su su mujer, Pilar. ¿Qué nos puede contar de eso?
—A ver, toda mi trayectoria de compromiso social y político tiene que ver mucho, creo que lo he dicho antes, en cómo he vivido la religión; de joven fui creyente y practicante, mis familiares eran muy religiosos, especialmente mi madre, mi padre pasaba más, pero mis primeros años estaban impregnados de ese ambiente, del cura de pueblo, y con ese bagaje me voy a Madrid.
“Esta ciudad tiene pendiente un homenaje a Manuel Ayús, un arquitecto que ha logrado mejorar y mucho esta ciudad”.
—Y allí en Madrid, ¿qué sucede?
—En Madrid me pasan dos cosas: inmediatamente necesito un padre espiritual y me busco uno cerca de donde yo vivía. Y cerca estaba el oratorio de los dominicos y allí voy un día a confesarme con uno de ellos, aunque lo que buscaba realmente era alguien con quien hablar, porque me sentía muy solo y aquel hombre, el padre Tomás, un buen hombre, me dijo oye, mira, si quieres hablar hablamos, seguimos hablando; total que entablé una relación con él, yo creo que más personal que religiosa pues era un tipo muy interesante, pero yo creo que me creó una dependencia… y de pronto lo mandaron a Argentina.
—¿…?
—Y por otro lado en la Escuela, un día viene un chico, José María, un compañero de Tarrasa, y de pronto se para y me dice, ¿tú que piensas de Dios? Hombre —le digo— pues me interesa y tal. Y este chico resulta que era del Opus Dei y estaba en una residencia en pleno barrio de Salamanca, una residencia que era una antigua casa de una marquesa de la Obra, una casa espectacular, ¡todavía huelo la cera de las tarimas de madera! Bueno, pues me invita a ir por allí y resulta que me encanta aquello, tengo mi director espiritual; los sábados voy a las meditaciones y me voy a estudiar allí; y cualquier problema que tenía lo resolvía allí, de tipo espiritual con la gente de allí y así estoy funcionando ¡hasta que conozco a Pilar!, Pili, mi mujer. Ella era, es, de Zaragoza.

José Ramón Navarro con su mujer, Pilar de San Pío Sierra, en La Alhambra.
—¿Qué pasó en Zaragoza?
—También fue un poco cosa del azar; fue también a través de la Escuela, un amigo me lleva a Zaragoza a conocer a su novia, y la hermana de la novia resulta que ahora es mi mujer; y entonces Pili, que hacía un gran trabajo social y estaba muy vinculada a grupos cristianos, muy comprometidos todos, con los trabajadores, con barrios, y tal, y yo, cuando llego allí, veo todo aquello y me digo ¡madre mía! ¿y esto qué es? Era una visión completamente diferente a lo que era mi vida.
—¿Otro giro de guion en su vida?
—Pues sí, claramente. La primera vez que Pilar viene a verme a Madrid, el padre del Opus me dice “tú vete, que quiero hablar con ella”, y al rato Pili sale con una cara que digo ¡madre mía! ¿qué ha pasado aquí? Lo puso a parir y me dice “pero este hombre qué se ha creído, se ha metido en cosas que no le importan un pito, ¿pero esto qué es?”. Y me dice ¿dónde te has metido? Y a partir de ahí, junto a mi entrada en el Colegio San Juan Evangelista, donde por cierto conocí a José María Perea, y que era más barato y mucho más progresista, y la gente que conocí muy diferente, la vida, efectivamente, me cambió.
(*) Esta entrevista forma parte del trabajo de campo que viene realizando el Observatorio de Mayores y Medios de Comunicación (MAYMECO) adscrito a la UPUA de la Universidad de Alicante al objeto de poner en valor las aportaciones que las personas mayores realizan para la mejora de la vida en la ciudad de Alicante y su entorno más cercano.
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