Obituario

José Payá, cuidador de la fama póstuma de Azorín

José Payá muestra la Casa Museo Azorín a la directora de la BNE (Fotografía Fundación Mediterráneo).

El fallecimiento de José Payá Bernabé (1957-2021), director de la Casa Museo-Azorín desde los años ochenta a su prejubilación en 2019, supone la pérdida de quien cuidó con mayor decisión la fama póstuma del escritor. En los últimos días, y tras la noticia de su muerte, quienes hemos escrito sobre él le hemos definido en prensa con palabras distintas, aunque con unanimidad de fondo. Se le ha calificado como “estratega de la renovación azoriniana”, “hombre que descarbonizó a Azorín”, “figura clave para la recuperación de Azorín”, “voz de Azorín”, “Can Cerbero de Azorín”, “custodio de la memoria de Azorín”, “gran defensor del legado literario de Azorín” o como “el estudioso que llevó a Azorín a la realidad”. Dibujarle como cuidador de la fama póstuma del escritor es añadirle otra titulación emparentada con la literatura.

Al final de Los pueblos (1905), el primer libro que José Martínez Ruiz firmó como Azorín tras haber estrenado antes en prensa su pseudónimo definitivo, el autor introdujo un “Epílogo en 1960”. El texto reproducía un artículo anterior publicado en el diario España que llevaba también por título “La fama póstuma”. En sus líneas imaginó una escena futura entre cuatro amigos que coincidían en la biblioteca de uno de ellos y encontraban su nombre en un libro. En su conversación, los amigos delataban una idea vaga y confusa sobre él, aunque uno aseguraba que se trataba de “un escritor que hubo aquí hace cincuenta o sesenta años” del que solo había oído hablar a los viejos. Incluso debatían sus dudas sobre si sus escritos eran en prosa o en verso.

La realidad, como sabemos, resultó distinta: Azorín no solo sobrevivió a la fecha que auguró póstuma –falleció en 1967– sino que superó las expectativas. Pero lo cierto es que con su muerte su nombre entró en el purgatorio de un olvido creciente, a pesar de los esfuerzos de algunos azorinianos.

Todo cambió en los años ochenta, especialmente con la llegada de un joven Pepe Payá de veinte y pocos años a la Casa Museo Azorín, de la que pasó a ser director al sustituir a Vicente Ramos, jubilado en 1983. La Casa Museo pertenecía a la Obra Social de la Caja de Ahorros de Alicante y Murcia (posterior Caja de Ahorros del Mediterráneo) y acreditaba interés como centro de visitas culturales. Pero el proyecto de Payá aspiraba a ampliar su dimensión y a convertirle en un eje de estudios azorinianos con la incorporación de archivos y bibliografía sobre su vida y obra. El fomento de actividades, desde las orientadas a escolares a las de la alta investigación, contribuyeron a proporcionar una imagen moderna del mundo literario del autor con propósito de largo recorrido. Se deseaba conectar al clásico con el lector moderno. Para ello precisaba que el centro se convirtiera en el motor que activara la vigencia del patrimonio intelectual de Azorín, abierto a un ámbito nacional e internacional. El empeño requería crear un ambiente azoriniano con la concurrencia de editoriales, instituciones, universidades, medios de comunicación y muchas personas en complicidad.

He tenido la oportunidad de seguir desde muy cerca –como autor de artículos en prensa sobre Azorín, como investigador y usuario de la Casa Museo– esa trayectoria de Payá en un tiempo que nos permitió compartir numerosas experiencias azorinianas y una buena amistad. Payá tenía la habilidad de involucrar en su proyecto a quien se propusiera, aprovechando la multiplicidad de temáticas que trató el escritor. Puedo decir que a cada cual le seducía con un Azorín adaptado a sus gustos, intereses o profesión. Si llegaba un periodista le hablaba del periodismo azoriniano, si entraba un dramaturgo le informaba sobre su obra y crítica teatral, si era cinéfilo apostaba por ponerle delante textos sobre cine, si se reconocía religioso sacaba a colación la admiración del autor sobre Santa Teresa y si se dedicaba a la medicina le hablaba de sus artículos y libros sobre médicos. La táctica le permitía extender al personaje a entornos especializados y populares indistintamente.

Nuestro trato tuvo un origen periodístico en el que descubrí ese estilo de trabajo. Nos vimos por primera vez minutos antes de la presentación del tercer número de Anales azorinianos en Alicante en aquellos años ochenta. Payá llegó al vestíbulo del Aula de Cultura de la CAM –entonces todavía CAAM– y saludó a quienes esperábamos sin entrar todavía en la sala. Yo estaba con el escritor Rafael Azuar, a quien él conocía. Al acercarse nos tendió la mano y Azuar nos presentó. Al mencionar mi nombre Payá me sorprendió diciéndome que leía mis artículos en La verdad y me invitó a visitar la Casa Museo Azorín para realizar un reportaje sobre un importante archivo recibido.

La visita me confirmó que no buscaba vinculaciones aisladas, que tejía una red de contactos permanentes para un plan puesto en marcha. Lo intuí desde el momento en que comprobé que no solo ofrecía información para el reportaje; también entreabría puertas de futuro. Me guió por la Casa Museo provocando curiosidad –cada objeto tenía una historia, algunos una literatura–, me mostró el archivo y la biblioteca exhibiéndome documentos, fotografías, libros anotados por Azorín y libros dedicados por sus amigos de generación; me regaló publicaciones, los anteriores Anales azorinianos y creo que el volumen de ponencias del primer Coloquio internacional de la Universidad de Pau (Francia) en 1985, su primer evento de internacionalización.

Payá explicando la exposición “Azorín, la fama póstuma” (Fotografía: Archivo JFL ).

Al cuidador máximo de la fama póstuma de Azorín que ya era le gustaba la frase que Juan Gil-Albert había leído en una conferencia en la Casa Museo: “Si la obra ha sido valiosa, la resurrección llega”. Y de esa resurrección se ocupaba, convertido Azorín en su pasión y profesión. La frase gilalbertiana la citó después cuando firmó en 1990 el “Epílogo a un epílogo” para la edición facsímil de Los pueblos publicada por el Instituto de Cultura Juan Gil-Albert. Payá reflexionaba allí sobre el epílogo azoriniano del libro –también el cincuentenario de la muerte del autor le reservaría en 2017 ser comisario de la exposición Azorín, la fama póstuma de la Diputación de Alicante– alegando que el clásico de Monóvar contribuyó a evitar que se le ignorara con dos actuaciones: una era la vastísima obra que dejó “llena, en buena parte, de bellos ensayos intemporales, con centenares de temas de plena actualidad y frescura”; la otra fue la intención del propio Azorín de que la casa familiar de su ciudad natal se convirtiera en Casa Museo para erigirse en lo que Payá describía como “auténtico foco e instrumento de investigación literaria” que mantenía viva su figura e iba ofreciendo “una nueva visión de su obra”.

La edición del facsímil de Los pueblos en 1990 fue una de las iniciativas que confluyeron en un año relevante: el del traslado de los restos de Azorín desde Madrid a Monóvar en un tren puesto por RENFE. Compartimos mesa en la cena del vagón-comedor desde que el tren salió el 8 de junio de la estación de Chamartín –mi plaza se justificaba como enviado del diario ABC para cubrir el viaje junto al redactor Antonio Zardoya y el fotógrafo Juan Carlos Soler–, con tertulias hasta la madrugada en una noche larga en la que hubo que ralentizar el viaje con paradas prolongadas en estaciones para ajustar la llegada a la estación de Monóvar a primera hora de la mañana siguiente.

El del traslado de sus restos, desde que comenzó a organizarse con el concurso de distintas instituciones a su consumación, fue un hito que Payá vivió con intensidad, aportando el apoyo logístico desde la Casa Museo. Azorín regresaba a Monóvar y para ello se construyó un mausoleo diseñado por el escultor Vicente Ferrero. Y es curioso. Sobre ese monumento vivimos años después una de nuestras últimas comparecencias públicas en común en un acto simbólico pero especial: la clausura del 50 aniversario de la muerte del escritor tras un año completo de actividades. Me queda la imagen de aquella mañana con lluvia en la que el alcalde Natxo Vidal, Payá como director de la Casa Museo y un servidor como director del IAC Juan Gil-Albert pronunciamos, bajo los paraguas, las palabras de cierre de la efeméride. Ese momento lo recordé hace días, cuando sus familiares y algunos amigos acudimos a despedir a Payá al cementerio de Monóvar con restricciones de pandemia. La tarde nos recibió también con fina lluvia que paró poco antes de iniciarse el breve responso que se le dedicó en el exterior. La entrada al interior quedó limitada a grupos pequeños. Y solo al acceder percibí otro capricho azoriniano: el panteón familiar que acoge los restos de Payá se encuentra a unos cuarenta metros del mausoleo de Azorín, en la misma calle del recinto. Quizá el detalle, más que caprichoso, sea una justa coartada del azar: el cuidador de su fama póstuma reposa cerca, muy cerca, del maestro.  

Clausura del 50 aniversario de la muerte de Azorín en su mausoleo (Fotografía: Archivo JFL).

   

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José Ferrándiz Lozano

Decano del Colegio de Politología y Sociología de la Comunitat Valenciana. Doctor y profesor universitario de Ciencia Política, miembro de la Asociación valenciana de Escritores y Críticos Literarios. Premio internacional de Periodismo Miguel Hernández. Director del Instituto de Cultura Juan Gil-Albert (2015-19).

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