Opinión

Insomnio en primavera

Manifestantes contra el gobierno de Maduro en las calles de Venezuela. Foto: MIGUEL HERNÁNDEZ / EFE
Manifestantes contra el gobierno de Maduro en las calles de Venezuela. Foto: MIGUEL HERNÁNDEZ / EFE
Hoy por hoy, Venezuela es uno de los países más convulsos del continente americano. Desde hace semanas, la población civil opositora al régimen chavista y las fuerzas de seguridad del Estado protagonizan un duro enfrentamiento en las calles de las principales ciudades, del que nos llegan diversos testimonios gráficos acompañados de escuetas informaciones. En HdL […]

Hoy por hoy, Venezuela es uno de los países más convulsos del continente americano. Desde hace semanas, la población civil opositora al régimen chavista y las fuerzas de seguridad del Estado protagonizan un duro enfrentamiento en las calles de las principales ciudades, del que nos llegan diversos testimonios gráficos acompañados de escuetas informaciones. En HdL contamos con la colaboración de un compañero periodista del país y profesor universitario, que reside en nuestra provincia desde hace unos meses y nos cuenta su testimonio como espectador de excepción a miles de quilómetros de lo que ocurre día a día en su país.

El exilio venezolano en España cena desde hace más de 50 días con las angustiantes noticias que salen de Venezuela, en rebelión civil contra un régimen inmisericorde que pisotea impunemente las libertades de una sociedad que clama por un cambio que le permita regresar a la senda democrática que abandonó hace ya demasiados años. Esas seis horas de diferencia han convertido nuestras noches en un suplicio de insomnio, depresión, rabia, tristeza, melancolía y orgullo. Sí, de orgullo al comprobar el coraje libertario que muestra una población desarmada ante el implacable poder de fuego del aparato represivo de la narcodictadura chavista, que enfrenta en las calles de pueblos y ciudades.

El insomnio es ahora nuestro incómodo compañero. Las redes sociales nos han hecho ser testigos en vivo y en directo de los episodios de heroísmo y barbarie que se suceden a diario en el país. Las nubes tóxicas de bombas lacrimógenas en Venezuela son tan potentes que nos hacen saltar las lágrimas a 7.000 kilómetros de distancia y los perdigones, metralla y balas disparadas por cuerpos de seguridad del Estado y paramilitares del régimen también se nos incrustan en la piel y en la cabeza en forma de dolor de patria, uno de naturaleza moral y metafísica, tan verdadero como intenso.

 Acción de represión de las fuerzas de seguridad venezolanas.

No es sencillo vivir esta dualidad. Estar en un entorno ordenado, civilizado y abastecido mientras libras en tu interior una batalla de sentimientos contradictorios, inspiradores y nocivos al mismo tiempo, por lo que sucede en tu país. Cualquier profesional de la psiquiatría recomendaría soltar ese lastre ante la imposibilidad de poder cambiar nada desde la distancia, pero hay algo en tu conciencia que te dice que sí puedes, que tu deber es denunciar las violaciones a los derechos humanos fundamentales que comete la narcodictadura chavista contra tu gente, y no sólo contra familiares directos o amigos afectados, porque cada joven asesinado, atropellado, apaleado y torturado es como de tu propia sangre; lo adoptas de corazón por el gran sacrificio que hace para rescatar un país al que merezca la pena regresar.

 No es sencillo vivir esta dualidad: estar en un entorno ordenado y abastecido mientras Venezuela es ya la "Siria de Occidente"

Venezuela es ya la “Siria de Occidente”, nación en la que un régimen brutal intenta sofocar las legítimas protestas de una sociedad oprimida por el totalitarismo revolucionario y humillada por una crisis humanitaria sin precedentes en un país con las primeras reservas de petróleo del mundo, producto de las destructivas políticas económicas implantadas por 18 años bajo el paraguas ideológico del “socialismo del siglo XXI”. La diferencia que salta a la vista respecto a Siria es que en Venezuela no hay dos bandos armados enfrentándose; hay una exigua minoría armada hasta los dientes y apoyada por menos del 20% de la población por un lado, mientras por el otro tenemos una sociedad desarmada que representa el sentir de más del 80% de la población que exige un cambio urgente para salir del foso en el que el petropopulismo chavista la metió. Es decir, la fuerza de la voluntad democrática enfrentada a la fuerza de la violencia dictatorial, un escenario propicio para la ingobernabilidad, el caos y la violencia fratricida.

En muchas ocasiones, a los más de dos millones de venezolanos esparcidos por el mundo en busca de un lugar civilizado donde volver a empezar, se nos percibe como refugiados o al menos inmigrantes obligados por mucho más que razones económicas a buscarse la vida lejos de su país de origen. Para la gente medianamente informada, el hecho de que Venezuela, otrora nación receptora de inmigración europea y país potencialmente rico por sus ingentes recursos naturales, esté pasando por un colapso económico, político y social de enormes magnitudes les causa una mezcla de pena y perplejidad. Nunca será fácil explicar cómo una tozuda mayoría de venezolanos fue “democráticamente” poniendo los barrotes de la jaula castrista que el chavismo construyó con la bonanza petrolera más cuantiosa y larga de nuestra historia republicana, un costoso espejismo que nos llevó a este convulso y violento despertar de opresión y ruina del que estamos luchando por salir. Venezuela quiere renacer esta primavera.

*Luis E. De San Martín es periodista y profesor de periodismo en la Universidad de Los Andes en Mérida, Venezuela.

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Luis E. de San Martín

Periodista y profesor de Periodismo en la Universidad de Los Andes en Mérida, Venezuela.

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