Hay un viejo dicho en el deporte de élite que podría ampliarse a otros ámbitos y disciplinas y que viene a decir algo parecido a que lo difícil no es en muchas ocasiones escalar hasta lo más alto, si no que lo realmente complicado es mantenerse ahí arriba, en la cúspide. De hecho, como sabemos, son muchos los que logran alcanzar las más altas cotas de reconocimiento en sus especialidades pero que tan pronto llegan inician un vertiginoso camino de descenso hacia los infiernos. La historia, nuestra propia historia, está llena de héroes y mitos prematuramente caídos a los que podríamos ponerle nombres.
Algo de todo esto podría estar ocurriendo, bien que por distintas razones, con dos personajes tan dispares y tan próximos a un tiempo como el cantante español Julio Iglesias y la líder opositora venezolana María Corina Machado. Ambos han logrado durante años un reconocimiento que estos días está empezando a ser duramente cuestionado, porque ambos podrían haber estado ocultando, interesadamente y durante años, una parte oscura de su propia biografía que, de haber emergido en tiempo, habrían hecho muy difíciles algunos de esos reconocimientos, esos galardones que les llevaron hasta lo más alto. Hasta esa cúspide reservada para héroes y heroínas.
A Julio Iglesias, como a tantos hombres, —mayormente hombres, por qué será—, su indiscutible éxito como artista y cantante mundial nos deslumbró como sociedad, tanto que posiblemente nos cegó esas otras miradas que casi preferimos no ver. Intuíamos que ahí, en ese mundo de ensueño, el que va de darle patadas a un balón al reconocimiento mundial como cantante, había un punto oscuro, un ángulo muerto, donde las cosas podrían no ir exactamente por donde parece que, efectivamente y a expensas de la verdad judicial pendiente, fueron. Cegados por los focos preferimos transigir con algunos de sus excesos verbales y de trato a las mujeres. Él siempre presumió de que le gustaban mucho las mujeres. He sido un mujeriego, pero en el sentido bueno de la palabra, dijo tantas y tantas veces, pero lo que empezamos a conocer ahora cuestiona la segunda parte de la frase, lo que empezamos a saber es cómo accedía a ellas, a sus cuerpos, cómo hizo de sus mansiones las casas y cárceles del horror para muchas de ellas, lo que empezamos a saber es que para él las mujeres, algunas de ellas, eran solo mujeres de usar y tirar, siervas a su servicio.

El caso de María Corina Machado es, si cabe, más sangrante, más innecesario por inesperado, porque además nos hace preguntarnos qué necesidad había. Son muchos los que han visto en ella a la heroína necesaria con la que enfrentar la peor cara de un régimen que ha ido degenerando conforme pasaba el tiempo y que encontró en Nicolás Maduro al presidente ejecutor atrabiliario dispuesto a prolongar el terror. Ahora, tras la concesión del Nobel de la Paz, hemos podido empezar a ver que el personaje seguramente no era tan de fiar. Y hemos visto también, con pena, con dolor, con vergüenza ajena, otra forma de prostitución y de vasallaje. Hemos empezado a ver a una mujer postrada y dispuesta a humillarse y rendir vomitiva pleitesía al nuevo autoproclamado emperador americano. Su actitud —la de Corina— dócil, sumisa, ante Donald Trump, y su insistencia, ridícula y estrafalaria, en entregarle la medalla del Nobel, nos hace preguntarnos qué hay detrás de esa imagen de mujer poderosa, cuáles eran sus verdaderas intenciones y sus capacidades, cuál es el precio que habría estado dispuesta a pagar. Y, sobre todo, si una mujer así, que entrega su dignidad tan fácil, era, es, digna de ser presidenta de su país.
Seguramente el gran reto no es ya tanto recorrer el camino, alcanzar el éxito, ser uno de los artistas más reconocidos en el mundo, erigirse en esa mujer capaz de enfrentar a un régimen sanguinario como el que ha encabezado Nicolás Maduro, sino que todo este revuelo cuestiona seriamente los procesos de meritaje y pone de relieve lo mucho que se están abaratando reconocimientos y galardones, intereses políticos mediante. Incluido el Nobel de la Paz, incluido ser Hijo Predilecto de una ciudad tan importante como Madrid. Dos claros casos de ángeles caídos. De héroes sin dignidad.













Aunque muy tarde, me veo obligado a reflexionar, brevemente, sobre tu escrito. Primero dices que hay que dejar hablar a la Justicia (con Julio Iglesias) y luego te proclamas juez inflexible dictando sentencia: “Dos claros casos de ángeles caídos. De héroes sin dignidad”. Ni la Justicia ha dicho su palabra definitiva sobre Julio, ni el pueblo venezolano ha vuelto a decir (ya lo dijo, pero Maduro lo calló con el terror) si Corina tiene la dignidad que tú le niegas. A la que se humilla puede ensalzarla su pueblo si Trump le ayuda a que hable y que su voz sea definitivamente escuchada.