Opinión

Gisbert, el último mohicano

Juan Antonio Gisbert en la terminal de contenedores del puerto en 2016 (Fotografía: Rafa Arjones).

Coincidí con Juan Antonio Gisbert en el Departamento de Ahorro y Promoción de la Caja del Sureste en los años 70; él se ocupaba de los “productos” de ahorro (certificados de depósito, plazos fijos, estadísticas, informes…) y yo de las promociones. Nuestro jefe de entonces, al que sigo respetando y teniendo enorme afecto, un hombre de “derechas de toda la vida”, me dijo no hace muchos años que Alicante se había perdido con Gisbert la oportunidad de haber tenido un magnífico alcalde, aseveración que por venir de quien venía tendrían que haberla considerado los socialistas alicantinos. Se lo comenté hace un par de años, cuando conversamos la última vez cara a cara. Y me confesó que se lo habían propuesto un par de veces; no me justificó su negativa pero si mi intuición no me engaña me atrevería a asegurar que nunca se fio del “aparato” del partido, más dado a presentar personajes inéditos que nunca han dado resultados, excepción hecha del que también fue mi compañero en la Caja, el sindicalista José Luis Lassaletta. Así que, me temo, probablemente haya sido el último mohicano en la batalla por la alcaldía que el PSOE podría haber alcanzado y que yo hubiera podido votar.

Siendo yo responsable de comunicación de la CAM, le vi salir el martes 24 de marzo de 1992 de la sala del Consejo, para decirme casi con lágrimas en los ojos que acaban de nombrarle director general y que debíamos preparar la noticia. Respetuoso con los profesionales y sus criterios, me llamó un lunes de marzo de 1993 sorprendido porque había visto en Canal 9 un spot de la Caja en la que aparecía Carmen Sevilla como prescriptora e incitando a “ahorrar en la CAM”; primero le justificamos la oportunidad de la elección, y más tarde cuando se conocieron los resultados, no dudó en felicitarnos. Así que, me vuelvo a temer, probablemente fuera el último mohicano que permitiera a sus ejecutivos ejercer sus tareas con libertad.

Y otro ejemplo, en el invierno de 1994, a las puertas del edificio central me comentó –venía del Piripi donde había almorzado con Eduardo Zaplana– que le habían pedido que limitáramos la publicidad al diario Información; para compensar, uno de sus cercanos colaboradores me sugirió también que disminuyera los anuncios en la edición provincial de ABC, ya que no trataban a Gisbert muy bien en sus columnas de opinión. Nada de eso hicimos, ateniéndonos siempre a las reglas que se justifican por la audiencia de lectores. Que dejó a la CAM en el podio y otros la apearon, ya es historia; por suerte me libré de encargarme de informar sobre su “dimisión”, que entrecomillo, por estar convencido de que fue la gota de agua que colmó el vaso de las presiones recibidas. Así que, me temo de nuevo, que probablemente fuera el último mohicano en la batalla por la independencia de aquella entidad, la mediática… y la política, claro.

Y en su último viraje profesional, al frente de la cosa portuaria, hemos visto todos cualesquiera que sean nuestras ideas políticas– que se propuso eliminar la sempiternas barreras que siempre han dividido la ciudad, que la han alejado de la primera línea marítima, encarando varios proyectos en los que puso de acuerdo a diferentes líderes políticos –y las instituciones que los representan: Generalitat, Diputación, Ayuntamiento– para ponerlos en marcha, aun siendo distintos y tan distantes en sus objetivos. Así que, y una vez más me temo, que quizás haya sido el último mohicano que haya sido capaz de convencerles y convencernos de cómo hacer bien las cosas.

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Toni Gil

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