Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Opinión

Energía, guerra y el doble rasero del orden internacional

La presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der leyen y el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski (Fuente: UE).

La respuesta europea a la invasión rusa de Ucrania de 2022 ha sido presentada como una defensa firme del orden internacional basado en reglas. En este relato, Rusia encarna la violación del derecho internacional, mientras Europa —junto a Estados Unidos— se posiciona como su garante moral y jurídico. Sin embargo, esta narrativa, aunque jurídicamente defendible en su punto de partida, se vuelve más compleja cuando se analiza en perspectiva histórica. La cuestión no es únicamente si Rusia ha vulnerado el derecho internacional —algo ampliamente sostenido—, sino si quienes hoy lo invocan lo han aplicado de forma consistente como para reclamar una posición de superioridad moral. La respuesta exige matices, pero apunta en una dirección incómoda.

Legalidad y límites: el caso ucraniano

El marco jurídico internacional es claro en lo esencial: la Carta de Naciones Unidas prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial de los estados, salvo en caso de legítima defensa o autorización del Consejo de Seguridad. Bajo este prisma, la actuación rusa difícilmente puede justificarse. Esto permite a Europa construir una respuesta basada en sanciones económicas, apoyo a Ucrania y una progresiva desvinculación energética de Moscú. Ahora bien, este mismo marco legal no obliga a Europa a actuar. Ucrania no es miembro de la OTAN ni de la Unión Europea y no existe un tratado que imponga una defensa colectiva. La implicación europea no es, por tanto, una obligación jurídica, sino una decisión política.

Esta distinción es fundamental: Europa no está “cumpliendo” el derecho internacional, sino interpretándolo y aplicándolo en función de sus intereses y percepciones estratégicas.

El precedente: cuando las reglas fueron flexibles

La solidez moral del discurso europeo se debilita al observar su propia trayectoria. El bombardeo de Yugoslavia por la OTAN se llevó a cabo sin autorización del Consejo de Seguridad, bajo una justificación humanitaria que, aunque políticamente defendida, fue jurídicamente cuestionada. La Guerra de Irak fue aún más problemática. Basada en argumentos posteriormente desacreditados, constituye para muchos juristas una violación clara del derecho internacional. Estos casos no fueron marginales, sino decisiones estratégicas de gran escala. Sin embargo, no generaron mecanismos de sanción comparables a los aplicados hoy contra Rusia.

La consecuencia es evidente: el principio de legalidad internacional se ha aplicado de forma selectiva.

Sanciones y poder: el derecho en zona gris

El principal instrumento de respuesta occidental ha sido el régimen de sanciones. Aquí el terreno jurídico es menos claro. Aunque el sistema internacional prevé sanciones a través del Consejo de Seguridad, en la práctica Estados como Estados Unidos y miembros de la Unión Europea han desarrollado mecanismos autónomos para imponerlas. Esto plantea una cuestión central: ¿Hasta qué punto estas sanciones reflejan derecho internacional, y hasta qué punto reflejan poder? La respuesta no es binaria. Las sanciones se han normalizado como herramienta política, pero su legitimidad jurídica sigue siendo objeto de debate. En la práctica, forman parte de un orden internacional donde las normas coexisten con la capacidad de imponerlas.

Geopolítica: más allá de la moral

Si la base jurídica no obliga a actuar, la explicación debe buscarse en la geopolítica. Europa interpreta la guerra en Ucrania como una amenaza directa al equilibrio de seguridad del continente. Permitir una alteración de fronteras por la fuerza sin respuesta podría sentar precedentes peligrosos. A ello se suma la cuestión energética. La dependencia del gas ruso, durante décadas considerada una ventaja económica, se reveló como una vulnerabilidad estratégica. La ruptura con Moscú no responde únicamente a una lógica moral, sino a una reconfiguración de esa dependencia.

La Gazprom Tower, sede de la oficina del gas ruso en San Petersburgo. Fotografía de Mark Freeth (Fuente: Wikimedia).

La alineación con Estados Unidos, especialmente durante la presidencia de Joe Biden, refuerza esta dimensión. Europa no actúa en el vacío, sino dentro de un marco atlántico donde intereses de seguridad y economía convergen.

El doble rasero moral: la legitimidad según el actor

Si el análisis jurídico revela una aplicación selectiva del derecho, el plano moral muestra una dinámica paralela, quizá más sutil pero igual de determinante. El derecho internacional humanitario se construyó sobre una idea fundamental: no solo importa por qué se hace la guerra, sino cómo se hace. La protección de civiles, la proporcionalidad o la limitación de la violencia constituyen principios que, al menos en teoría, deben aplicarse con independencia del actor. Sin embargo, en el discurso contemporáneo se observa un desplazamiento progresivo. El juicio moral ya no se centra exclusivamente en la conducta, sino en la identidad del sujeto: quién es percibido como agresor y quién como víctima.

Este cambio introduce una asimetría difícil de ignorar. Los actores considerados víctimas tienden a recibir una evaluación más indulgente de sus acciones, mientras que aquellos etiquetados como agresores son sometidos a un escrutinio mucho más estricto, incluso cuando intentan ajustarse a normas de proporcionalidad o minimización del daño. Conflictos como la Guerra de Gaza muestran hasta qué punto la percepción moral está atravesada por narrativas políticas, mediáticas y emocionales. La legitimidad deja de derivarse exclusivamente de la conducta y pasa a depender del marco interpretativo en el que se inscribe.

Esto no significa que todas las acciones sean equivalentes ni que las diferencias entre actores desaparezcan. Significa, más bien, que la evaluación moral deja de ser universal y comienza a operar de forma condicional.

Instituciones y narrativa: universalidad en cuestión

En este contexto, organismos como la Organización de las Naciones Unidas o la Corte Penal Internacional operan en un terreno especialmente complejo. Formalmente, su función es aplicar principios universales. En la práctica, su actuación está condicionada por correlaciones de poder, bloqueos políticos, presión mediática y construcción de narrativas. El resultado es una tensión constante entre universalidad y selectividad. Las normas existen, pero su aplicación no es homogénea.

Europa ante el espejo: entre principios, intereses y relato

La posición europea en el conflicto ucraniano no es irracional ni carece de fundamento. Responde a preocupaciones legítimas de seguridad, estabilidad y autonomía estratégica. Pero el problema no reside en actuar, sino en cómo se justifica esa acción. Cuando Europa presenta su postura como una defensa pura del derecho internacional, ignora su propia trayectoria de excepciones. Cuando articula su discurso en términos de superioridad moral, pasa por alto que esa moral también se aplica de manera desigual. Así, el doble rasero no es solo jurídico —en la aplicación del derecho—, sino también moral —en la evaluación de las conductas.

Conclusión: la erosión de la superioridad moral

Europa y Occidente no carecen de argumentos para oponerse a la actuación rusa. Pero tampoco pueden sostener sin contradicción una posición de superioridad moral basada en principios que han aplicado de forma selectiva tanto en el plano jurídico como en el moral. El sistema internacional contemporáneo no es un orden plenamente normativo, sino un espacio donde normas, intereses y narrativas se entrelazan. En este contexto, la pretensión de universalidad se enfrenta a una realidad persistente: que las reglas no solo dependen de su contenido, sino de quién las invoca y contra quién se aplican.

Europa puede seguir defendiendo sus acciones en nombre de principios universales. Pero mientras no reconozca la coexistencia de esos principios con una práctica selectiva, su autoridad moral seguirá siendo percibida —dentro y fuera de sus fronteras— no como un hecho, sino como una construcción.

Sergio Sachnovsky Raevsky

Argentino-ruso-español. Economista. Experto en política internacional.

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