No. Hoy en día no se empatiza. Veo una historia por Instagram de un profesor que lo decía de sus alumnos, que tuvo a uno durante casi dos años y que, de la noche a la mañana, se fue del colegio sin despedirse de nadie, como si nunca hubiera estado allí. Recuerdo una ocasión en que me comentó una compañera de quinto curso que realizaron una actividad de despedida porque una alumna se cambiaba de país y decidió que, cada uno, en media cuartilla le escribiera lo que había sentido por ella durante el tiempo que habían compartido clase. Me dijo la profesora que la suspendió porque nadie decía cosas bonitas, menos dos o tres, el resto eran tonterías y chorradas, incluso insultos sin venir al caso. De hecho, cuando se ha realizado alguna actividad para el Día de la Madre, en plan un dibujo y una foto de la madre y poner alrededor lo que se siente por ella, cuatro o cinco han traído foto, el resto como que pasa y a la hora de escribir pues lo típico: “¿qué ponemos?”. Al final toca poner un montón de adjetivos bonitos en la pizarra y que ellos y ellas seleccionen alguno y a ver quién enlaza una oración. Todas suelen salir iguales, pero no es el hecho de no saber expresar los sentimientos, es que les da igual hacerlo que no hacerlo.
Me cuenta un compañero que preguntó en su clase, con motivo del hantavirus, qué sucedería si un amigo llamara a la puerta pidiendo ayuda. Apenas un par abriría la puerta de su casa para ayudarlo. Al parecer eso es lo que hemos aprendido del coronavirus, a mantener las distancias cuando surge algún problema. Conozco alumnas y alumnos que no se quieren sentar en los pupitres de los compañeros de inclusión por si se les pega algo. He escuchado en la misma parada del autobús dos niños preguntándose uno a otro: “¿te gustaría ser negro?” y el otro responder: “pues no, porque me llamarían mierda”. Eso en pleno centro de la ciudad. También me he encontrado a alumnos que se encuentran mal y dicen: “no llames a mi madre porque ya me ha dicho que no va a venir”. Y me cuentan que han llamado y no es que no hayan venido, es que ni siquiera cogen el teléfono cuando ven que es del cole. Está claro que no es la mayoría de los casos, porque si no cierra y tira la llave, pero esa es una realidad palpable.
Comienza la huelga de profesores y dicen que la consellera de Educación ha mandado cartas a los padres, al parecer, quitándose el muerto de encima, y que por su parte como que no es su culpa que los niños puedan verse afectados. Eso queda feo. En lugar de apechugar y dar la cara, pues voy por detrás rajando del gremio al que pertenezco. Pues eso. Valores. Que no importa si es de derechas o de izquierdas. Que son las personas las que vienen de casa aprendidas o no. Empatía cero.
La huelga es necesaria. Falta profesorado, las infraestructuras son viejas y deficientes, los recursos escasos, la ratio es altísima, los alumnos con necesidades especiales necesitan mucho más. Mandas algo a consellería y, menos las cartas que manda su titular, al parecer nadie lee nada y a saber cuándo te contestan. El sueldo es el mismo que hace 20 años, el papeleo es excesivo y, en muchas ocasiones, innecesario, en lugar de ayudar, atrasa y todo esto parece que se pide por capricho, como si la escuela no fuera de todos. Sí que es verdad que antes, cuando yo empecé hace más de 25 años, la escuela era la escuela y el profesor era el don o la doña. A mí nunca me gustó lo del don ni el usted, pero sí que es verdad que en todos estos años la escuela y sus profesionales se han ido degradando a nivel social; quizá haya sido también culpa nuestra por no haber reaccionado a tiempo, pero bueno, hoy es hoy y es el momento de que los padres y madres nos echen un cable, en plan somos una piña, pero de verdad. No es una guerra, es empatía para todos y todas.

Eso sí, luego te van a enviar tablets, ordenadores, cosas de robótica muy chulas; para eso sí que estamos a la última, pero cosas como caligrafía, cálculo (“si para eso ya están las calculadoras”), memorizar (“pero si ya está escrito en el libro”), pues que no es tan importante y no luce tanto; de hecho, he llegado a conocer alumnos que los deberes te los traen perfectos y les dices “¡lo ves como sí que sabes hacerlo cuando te esfuerzas!”, y te responden “¡me los ha hecho el ChatGPT!”
Me levanto el otro día y me sale en el móvil “WhatsApp te agregó al grupo de bomberos de Granada”. Me cuenta un amigo que antes volaba drones y que tanta modernidad para nada porque, al parecer, ya no es como antes y está muy restringido por el tema de la seguridad. Recuerdo hace un par de años ir por la playa y no faltaba el padre con sus hijos volando drones como si fueran pilotos de verdad. Pues eso ya pasó a la historia.

Lo que no pasa a la historia es la peña haciéndose selfies. El otro día iba caminando por la playa de San Juan y me puse a pensar en la cantidad de selfies en los que habré salido como extra, una montoná. De hecho y hablando de extras hasta pensé en acercarme a la Ciudad de la Luz para salir en la peli de personas reales de Enredados, de Disney, la de la chica con el pelo largo. A ver, uno no tiene pelo, pero seguro que de vikingo o en un lado quedo bien, porque ya soy un profesional del lado del selfie. Currículum: Experto en ser el de detrás del selfie, el que pasaba por allí.
Los que no dejan nunca los selfies son los chicos y las chicas de los gimnasios. Cada vez más jóvenes. Recuerdo que, cuando yo era pequeño. no aconsejaban ir hasta cierta edad; yo empecé a ir con 14 pero a un nivel normal y no a hacerme fotos, pero ahora es que a los 14 ya están con más musculatura que yo nunca tendré, pero de la musculatura que no se hace comiendo plátanos. Pero ahí están con sus móviles y sus tatuajes. El otro día me hizo gracia uno que le dice a otro: “Anda, que te invito a hacer unas abdominales”. Aunque mejor ahí que vete a saber haciendo qué, que decían las abuelas. Luego, al salir, nos pilló esa lluvia que inundó la zona de La Marjal donde los agentes no te dejaban llegar al garaje de tu casa aunque estuvieras a tres metros porque “¡nos han dicho que no se puede pasar!”. Y tú tratas de decir: “es la puerta que queda justo detrás de usted, son tres metros”. Pues nada, como el que oye llover. Lo dicho, empatía cero, que entiendo que cumplan órdenes, pero a los dos minutos se fueron y ya se podía pasar, pero a mí me tocó aparcar en el quinto pino y llegar calado a casa.
Esta semana ha pasad lo del barco que lleva el hantavirus y el caso de una chica en Alicante. Salió Simón, el de un solo caso como mucho dos. Ya dicen que están preparando vacunas, pero para dentro de tres años. Esperemos que no nos tomen el pelo y se aprovechen de la situación y cuenten las cosas tal cual, aunque creo que no, porque no se ponen de acuerdo ni entre ellos. Seguro que sacan rédito político.
Los que espero que sí se pongan de acuerdo son los novios de las dos bodas a las que me han invitado este mes. Que mola que te inviten, pero que sin hacer publicidad me sale en la cabeza eso de “yo me paso a la Mutua”, a ver si me mejoran el precio de la invitación, que dos bodas en un mes ya es pasta y no está la cosa como para ir tirando, que todo está carísimo. Por no decir que la cosa va de c…, de rumpología, que es la pseudociencia que interpreta tu pasado, presente y futuro a través de la lectura de las nalgas incluyendo la forma, líneas, hoyuelos y pliegues del ano (no lo digo yo, lo dice la IA).
Me vale para la tontunada de la semana que se está comercializando un desodorante para el culo, Bum Bliss Bálsamo, desodorante íntimo con olor a albaricoque para el trasero, partes privadas y axilas. Ahí está el dato.

Es lo que hay.
Canción, Borracho y fino, de Funzo (próximo pregonero de las Hogueras 2026).
Libro, El efecto empatía, de Helen Riess/Liz Neporent.
En fin, que ustedes lo lean, lo pasen y lo paseen bien.













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