El médico, como persona dedicada a la curación y, cuando no es posible, a aliviar el sufrimiento de sus semejantes, puede decirse, sin incurrir en exageraciones, que es un personaje que existe desde la aparición del primer hombre y sus primeras dolencias. Siempre ha gozado de una preeminente consideración entre los miembros de cualquier sociedad o colectivo humano, hasta el punto que nombres como Hipócrates, Galeno, Paracelso, Vesalio… y una larga lista han llegado a nosotros y algunos de ellos, incluso, han alcanzado la inmortalidad. Esta posición social del médico, ¿es atribuible a que ha curado siempre a sus pacientes? Obviamente, no. Los médicos hemos podido, como mucho, retardar la muerte, pero jamás evitarla.
Hoy, cuando se dispone de medios diagnósticos y terapéuticos mucho más sofisticados, científicos y eficaces, desconocidos en épocas pasadas, sigue existiendo la enfermedad y mueren nuestros pacientes. Siendo así, tendremos que aceptar que el éxito o el fracaso del médico, su aceptación o rechazo por parte de sus pacientes, no depende tanto de la evolución de la enfermedad como de otros factores, entre los que están la confianza y satisfacción que les proporciona, en definitiva, de su propia personalidad y del grado de seguridad que inspire al paciente y a su entorno de allegados.
Recuerdo a mi primer médico, don Joaquín, en mi pequeño pueblo natal, al que consultaban los padres cuando enfermábamos; se le esperaba con gran incertidumbre y esperanza. Las amas de casa ponían a su disposición una palangana nueva o al menos muy bien cuidada (no había agua corriente), una pastilla de jabón a estrenar y una toalla limpia para que pudiese lavar sus manos tras explorar al enfermo. Sus palabras se escuchaban en medio de un gran silencio y hasta con emoción contenida, pendientes de su diagnóstico y pronóstico. El galeno, me atrevo a afirmar que como la mayoría de sus colegas, por no decir la totalidad en aquellos tiempos y circunstancias, solamente disponía de un fonendoscopio, quizá una luz para examinar el reflejo pupilar y un martillo de reflejo, si lo tenía. Pero le acompañaban otras herramientas totalmente personales como su humanidad, su perspicacia y su capacidad de observación. Con aquellos medios y los limitados conocimientos del momento, solamente podía emitir un diagnóstico clínico y recomendar una elemental, y hoy superada por inexistente y olvidada, medicación. Con esos medios y dejando a la naturaleza cumplir su misión, el paciente podía y solía mejorar. Cuando la evolución era favorable, al médico se le atribuía la curación y hasta se le obsequiaba con “algún presente” (como mínimo una selección de los mejores y más sabrosos productos del cerdo) el día de la matanza. Si la evolución y desenlace eran negativos, aparecía la resignación, era porque así lo había querido Dios. Aquellas personas consideraban la enfermedad como una desgracia y al médico un colaborador desinteresado luchando por recuperar la salud.
Pasados los años y varias generaciones, todavía médicos, entre los que me incluyo, hemos vivido tiempos en los que se nos ha respetado y hasta obsequiado con “gestos” y “presentes” , incluso más allá de los que podemos haber merecido. Ni remotamente podíamos imaginar que un paciente, o sus allegados, pudieran insultarnos y aún menos agredirnos.

Tanto nosotros como quienes nos precedieron aprendimos en la facultad a buscar un diagnóstico acertado sobre el que apoyar nuestra prescripción y pronóstico en base a muy limitados medios que se suplían con el inexcusable diálogo con el paciente y allegados y así, en alguno de mis libros de texto o consulta se repetían las preguntas que se consideraban fundamentales en el inicio de la conversación con el enfermo; estas preguntas, muy concretas, eran:
—¿Qué tiene?
—¿Desde cuándo?
—¿A qué lo atribuye?
Hoy, las noticias y la prensa, relatando avances innegables y la introducción de medios como RX, TAC, ECO, RM, PET y un gran número de datos analíticos, técnicas y aparatos quirúrgicos enormemente sofisticados, han transmitido la idea de que atributos que antes tenía el médico son, realmente, debidos a esos medios. Esas pruebas que nos han servido siempre para confirmar o descartar un diagnóstico clínico, al haber pasado de complementarias a pilares fundamentales, han cambiado diametralmente la relación médico-paciente. Nadie se atreve a aventurar un diagnóstico clínico sin el previo informe de esas pruebas. Así se comprende que el médico, como persona, está perdiendo su valor ante sus pacientes que creen imprescindible saber el resultado de esas exploraciones que, de complementarias, han pasado a ser fundamentales y exigibles de manera inmediata.
Hoy el médico, y no es malo, escribe todos los datos en una computadora y, mientras lo hace, no mira ni dialoga con su paciente. Más de una vez he escuchado a algún paciente la frase: “el médico no me ha mirado, solamente a su ordenador”. El diálogo con el paciente ha sido considerado por muchas generaciones de médicos fundamental y algunos, como Víctor Frankl, hablan de una forma de terapia que denominó logoterapia, en la que la palabra es requisito fundamental en la relación médico-paciente. Puedo asegurar, por mi experiencia personal, que los médicos hemos sido, con frecuencia, verdaderos confidentes de nuestros pacientes.
Pero esa modalidad de consulta exige que el médico tenga la libertad de decidir el tiempo necesario a dedicar a cada persona y que el paciente pueda elegir en quién depositar sus confidencias. Hoy, en nuestro modelo sanitario, el médico no tiene capacidad ni para organizar su tiempo, ni para fijar el número de pacientes a atender, ni siquiera libertad para decidir su jornada laboral . Paralelamente, la ciudadanía no tiene derecho a elegir médico ni posibilidad de comparar la asistencia recibida en otra red asistencial, para poder elegir.
Es una consecuencia inherente al propio sistema. Sistema que bien merece una profunda revisión para introducir los necesarios cambios.













Fausto, te he leído con placer. Me parece muy interesante y acertado cuanto dices. Un cordial saludo.
Don Fausto, le ruego que insista compartiendo sus vivencias (casuística dirán las mentes científico médicas) que nos enriquecen e inspiran pensamientos. Porque a buen seguro son muchísimas e interesantes vivencias en el camino de sus experiencias vividas y las observadas… Gracias