Narrativa

El jaco

Fotografía: Truthseeker08 (Fuente: Pixabay).

Jacinto, el Jaco, como se le conocía, era un mendigo.      
—Je suis.
—Vous êtes?
—Oui!
—Est-ce que vous parle francais?
—No, mais je vais vaciler.
—Qué?
—No, “pego yo quiego vacilar”.

Era mediodía y el Jaco decidió por fin ir a la casa de beneficencia y comer un plato de caliente.
—¡Cuánto tiempo que “je ne comeg pas” un plato de caliente!

Allí entre una gran cola deshilvanada de viejos con abrigos sin color y caras que al mirarte decían en silencio: “Tengo hambre”.
Algunos estaban callados: pocos. La mayoría hablaba con el de atrás o el de al lado. Dos viejas discuten. Una se acababa de mirar en un espejito tan viejo como ella y tan sucio como su abrigo mientras dice: “¡Qué guapa sóc mare!”. Otra que hay a su lado contesta que no, que ella es más guapa. Discuten.
 —“Yo soy más curiosa y limpia que tú” —continúa la discusión.
—Ya verás… —Y saca de un bolsillo largo como el cuello de una jirafa una bolsita con detergente y se dirige a una fuente a lavarse las manos para tenerlas limpias a la hora de comer.

Allí entre la gran cola también está el Jaco, que se distinguía del resto porque era el único con corbata. Era roja y era media. Si le preguntas: “¿Jaco, y la otra media?”, te contesta: “La quemé a cosa hecha”. Y en verdad se veía en el extremo inferior chamuscada. “¿Por qué lo hiciste?”, y te dirá muy serio: “Pa vacilá”.
Por fin le tocó el turno. Con un cazo le sirvieron en el plato una sola vez  y fue a sentarse en un rincón obscuro para comer más tranquilo.
Todo era caldo. Bueno “caldichuel”, porque no llegaba a serlo.
—¡Dos! —Dos, sí, dos fideos le habían caído. Todos los mendigos se levantaron en tropel para verlos, y, después de contarlos varias veces comprobaron que eran dos.

Uno de aquellos viejos le pidió un trozo de los fideos, a lo que el Jaco respondió que no, que al partirlo podía derramar alguna gota de caldo.
Uno de los fideos reposaba en el fondo del plato, pero al darse cuenta de que aquel que flotaba allá arriba era una ‘fidea’, dio un salto vertiginoso y subió sin pensarlo. Empezó a nadar alrededor de ella.  Luego él se separó un poco e hizo volteretas cada vez más difíciles y bonitas. Ella quedó impresionada. Al llegar la enroscó y la besó. Luego, nadaron felices mientras se declaraban su amor.
El Jaco, al ver el movimiento de aquellos dos fideos que parecían los únicos en el mundo, no pudo más y metió la cuchara.
Ella le dijo a él:
—De tanto amor parece que subimos a las nubes —Y el Jaco introdujo la cuchara llena de los dos fideos en su boca.
—¡Qué cojones de fideos! —pensaba el Jaco—. Se me han quedado enganchados en el diente.  El Jaco ya furioso juntó los labios para que no se le salieran, y separando los dientes, los volvió a juntar con fuerza repetidas veces hasta que aquellas vocecitas imperceptibles para el Jaco se ahogaron en silencio. Tragó. Acabó el caldo de su plato. Eructó ante el asombro de todos, que hacía años que no eructaban.
—Ahora a echarme la siesta mientras hago la digestión.

Y si le preguntas: “¿Jaco, por qué dices eso?” Te dirá: —”Pa vacilá, na más”.
Y quizás, alguno de aquellos mendigos le grite mientras sale por la puerta: “¡Ojalá se te indigesten los fideos!”. Cogió una de las bolsita de la cena de Nochevieja que estaban preparadas sobre una mesa y salió.

El Jaco estuvo paseando por las calles de la ciudad hasta que fue cayendo la tarde.

Con las luces navideñas todo se veía distinto. Las calles contagiaban melancolía. Y a él se le fue cambiando el semblante. Se quitó la media corbata y cuidadosamente la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Era el momento en que las puertas de nuestros abismos se abren y salen a trompicones nuestros propios fantasmas. Era él ante la ciudad. Y entre la ciudad y él estaba su carne humana. Le tembló la barbilla y le hundió su sentimiento de fracaso.
­­—Me vuelvo a casa, al refugio de mi cama. Pues acostado, poder dormir esta noche, es la mejor medicina para mi alma, la mejor manera de recibir el nuevo año. Y mañana, los cristales de mis ojos, verán la vida con sabiduría más clara.

Al día siguiente, mientras el torbellino de luz entraba por la ventana, el Jaco entreabrió los ojos, y, sonriente, dijo en voz alta:
—Jacinto, ¡El Jaco!, je suis. ¡Feliz año nuevo!

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Juan Antonio Urbano

Soy profesor de Educación Primaria. He publicado cinco libros; dos en valenciano: 'El seu nom era Pere Bigot' (2012) y L’arbre màgic' (2012); y otros dos en castellano: 'El misterio de la cueva' (2014) y el poemario 'Camino entre versos' (2019), estos publicados por la Editorial Club Universitario y 'Entre el asfalto' (2022) por la editorial Olélibros. He publicado en diversas Antologías y revistas poéticas y artículos en distintos medios.
En noviembre de 2016 creé y coordiné el grupo poético PARNASO perteneciente al Ateneo de Alicante. He organizado numerosos recitales poéticos, entre los que destacan el I Encuentro de poetas alicantinos y otros con el grupo PARNASO dedicados a Miguel Hernández, Federico García Lorca, Rubén Darío...
Recibí el segundo premio del Certamen Poético Numen (2013) y el 2.º premio en el Real Casino de Murcia del Encuentro 'Poesía hispano-argentina' (2019).

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