Puedo decir que mis primeros contactos con la prensa escrita fueron con los ejemplares de Hoja del Lunes de Alicante que traía a casa mi padre. Para un niño que a finales de los años sesenta y principios de los setenta del siglo XX quería ser futbolista, como sus compañeros de escuela, la magia del periódico era superior a la de cualquier diario del resto de la semana. Decantado por el Valencia y el Hércules, espectador infantil de partidos en Mestalla y en La Viña, Hoja del Lunes ofrecía la información necesaria y única que me interesaba: los resultados de la jornada del domingo en la Liga —que ya sabíamos desde el día anterior por radio y televisión— y las crónicas de los partidos, sobre todo las del Hércules, que eran las detalladas. El lunes era el día después por excelencia. Y el diferencial que ofrecía el periódico eran las clasificaciones de las categorías.
Sin ese vínculo emocional que se prolongó hasta el fin de la cabecera en 1984, cuando mis hábitos se extendían desde la adolescencia a otros diarios y temáticas, el significado de los 500 números de su formato actual y digital no sería el mismo: se reduciría a una memoria reciente de colaboraciones esporádicas. Pero el recuerdo de sus momentos anteriores —Hoja del Lunes ha sido un marca intermitente— es lo que pesa.
Por haber repetido el rito de pasar sus páginas, sentí el fin de su etapa histórica en 1984, cuando sus números contenían noticias generales, entrevistas, incluso reseñas de libros, superada la casi exclusividad del fútbol. De ahí que dos reapariciones posteriores, aunque con fines diferentes, me hayan permitido formar parte de su historial troceado, pasando de la experiencia de lector a la de colaborador. Aun no siendo la misma criatura diseñada en su origen, aquella que formaba parte de una realidad social y profesional forzada por la legislación laboral que aplicaba el descanso dominical a los diarios; aun no siendo lo mismo, el nombre de Hoja del Lunes pervive como un símbolo del periodismo, como si fuera una vasija conservada con mimo a la que, de cuando en cuando, se le renueva la utilidad vertiéndole otros líquidos.
En 2004 me llamó Alberto Olaizola para informarme de que la Junta directiva de la Asociación de la Prensa de Alicante (APA) pensaba lanzar, entre las iniciativas del centenario de la fundación de la entidad, una nueva edición de Hoja del Lunes en papel. Se trataba de elaborar, esta vez, un periódico mensual de distribución interna, con contenidos centrados en el periodismo.
Por entonces yo acababa de ser nombrado como subdirector de Publicaciones del Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, en la que fue mi primera etapa en la institución, y quedé con él en que escribiría una serie de artículos sobre la relación activa de notables intelectuales con el periodismo, sobre algunas revistas del Gil-Albert y sobre libros que teníamos previsto editar relacionados con el sector. Pronto ocurrió que a uno de los expresidentes de la APA, a Manuel Mira Candel, le concedieron el Premio Azorín de novela y se decidió que también realizara algunas entrevistas, empezando por el premiado. Después de publicar tres, la cuarta me coincidió con un mes en el que no tenía disponibilidad para realizarla, por lo que propuse el nombre de una compañera periodista en ABC, directora de las revistas Canelobre y El Salt del IAC Juan Gil-Albert. Se trataba de Rosalía Mayor, que aceptó cubrir la entrevista ese mes. Lo curioso es que ella no formaba parte de la APA y su colaboración entonces fue, en realidad, su primer contacto activo con la entidad. En 2019 sería elegida presidenta —la primera mujer en ostentar el cargo— y hoy encabeza la celebración de los 500 números de la versión digital de Hoja del Lunes, que arrancó en 2012.
La conmemoración es el modo de mantener un permanente homenaje a una cabecera que hizo historia y ha sobrevivido después en variadas formas. La versión digital es un espacio abierto donde la actualidad política, económica, social y cultural se examina con artículos de opinión, sobre todo, y en menor medida con entrevistas, reseñas, crónicas o reportajes donde concurren periodistas y colaboradores. Sería interesante conocer el recuento de artículos digitales publicados —me arriesgo a apuntar que quizá se acerquen a cuatro mil— para advertir la hemeroteca que se ha generado estos años en internet.
Por eso haber participado en la historia de Hoja del Lunes en distintas etapas, como lector o colaborador, no deja de ser una buena excusa para reforzar un vínculo que, en lo que me concierne, comenzó a forjarse cada lunes con puntualidad, el día después del domingo —esa era la clave—, cuando mi padre llegaba del trabajo a casa con el periódico que contenía las clasificaciones de la Liga.













Me encanta que la ‘Hoja’ te traiga recuerdos familiares tan bonitos y te animo a una presencia menos dilatada. Un abrazo.