Impulso irresistible

Dormir y despertar entre llamas

Volcán de La Palma. Fotografía: VP68 (Fuente: Pixabay).

Al alborear el nuevo día la visión que nos aparece justo enfrente de donde estamos sigue mostrando unas llamas devoradoras que se están comiendo a lametazos casas de aparente juventud por sus diseños modernos, ya que son utilizadas en toda la amplitud de su exterior donde se puede correr y hasta competir, y por los ventanales amplios de cuadrículas de cristal.

Los vecinos de La Palma, o los que todavía aguantan ahí, están rodeados de agresivas lenguas de fuego que se incorporan al paisaje convirtiendo en viejo y temeroso lugar el que hasta ayer era zona de vistas bellas del litoral exterior y la montaña interior. Todo son hogueras que configuran las líneas que nos indican si se puede o no se puede pasar al otro lado. La lava de la erupción del Parque Nacional de Cumbre Vieja fluye por la isla en dirección al mar a 700 metros por hora arrasando todo lo que se interpone en su ruta: casas, iglesias, cultivos y cuantas edificaciones estén obstaculizando su paso que necesita remojar su cara.

La belleza celestial de cuando se inauguró el chalé ha devenido en una sucursal del infierno como quien ha venido a decir que todo el mundo se quite porque va a pasar su alteza el señor fuego, devorador insaciable que no respeta los obstáculos que se pusieron como adornos de una bella edificación para que unos cuantos humanos (los moradores habituales y sus invitados) disfrutaran del paisaje de mar y montaña como foto de recuerdo, como cuadro pintado usando los mil pinceles que está pidiendo la paleta que ya ha abierto todos los tubos.

Volcán de La Palma. Fotografía: VP68 (Fuente: Pixabay).

Te acuestas viendo este paisaje por la tele, quizá sin haberse caído aún el muro con su ventanal de frontis y te levantas cuando ya el magma del volcán ha pasado por aquí cerquita y se lo ha zampado todo. Las lágrimas de pena y de rabia sirven para un desahogo necesario y emocional; pero lo que se hizo para mayor disfrute de la naturaleza ya no procede ni se puede recomponer del mismo modo ni con la misma ilusión. Ahora pesa la pena de haber perdido un hermoso bien y haber realizado un trabajo a conciencia. Con estas imágenes diarias y el sonido del arrastre de la lava que ha llegado desde el volcán se vive ahora la pesadilla entre el quejido de los moribundos que han sido alcanzados por la epidemia que nos ha tocado en desgracia y que todavía no hemos podido quitar de nuestro paisaje y de nuestro tiempo y ocupaciones.

Por estas razones y pensando en las víctimas no nos dejan mirar con ojos más limpios ni siquiera con más alegrías que las que podamos sacar afuera del sentimiento positivo que significa seguir deseando vivir por nosotros mismos y por y para los demás. Eso sí que nos preocupa y nos ocupa: que todo el mundo pueda vivir con dignidad y decoro, así sea en plenitud de trabajo o en la cama de un hospital luchando contra los miles de virus que se nos han colado en nuestra sociedad.

Son tan vivas las imágenes que podemos ver en directo por la televisión, y casi tocar con las manos, que no queremos apagar la pantalla como si le quisiéramos agradecer el esfuerzo realizado para traer a casa tan dinámica y vistosa imagen de luz, colores, ruidos desasosegantes que emocionan para bien (el mundo a nuestros pies) o para mal (los sustos que dan las llamas que van arrastrando el magma por el surco que ha formado otra vía en plena competición con la que dejaron sembrado el camino de luz, color y calor; un camino  que pasa ante nosotros como si se paseara por la orilla de algunos de nuestro ríos caudalosos que llenan de belleza nuestro país, y de orgullo a los moradores que supieron elegir el lugar, un terruño que también se resiste a permanecer útil sin que nunca pensara que con esta actitud nos estaba dando miedo y desolación.

Porque, ¿y ahora qué hay que hacer, si nosotros no queríamos estar tan cerca de los infiernos? Pero sí que nos ha dado para pensarlo con calma, sin dejar de mirarlo todo con esa fascinación con que siempre vemos a nuestra madre naturaleza, que es la parte del mundo que compartimos en propiedad con el resto de los humanos y otros seres vivos que también siguen despertando gran turbación y respeto.

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Demetrio Mallebrera

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