Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

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De libros y de cantos

Libro: Coplas por la muerte de su padre
Autor: Jorge Manrique
Edición EDHASA (Castalia). Segunda edición, 2011.

Paredes de Nava es una ciudad histórica de la actual provincia de Palencia, en la comarca de Tierra de Campos, de la comunidad autónoma de Castilla y León, y un municipio que hoy casi podríamos considerar como uno de esos lugares o pueblos despoblados, de la España vaciada, o en trance de serlo, pues tan sólo tiene 1927 habitantes. Nos acercamos a este lugar, con nuestra admiración, pues en ella vio la luz en 1440 el insigne caballero y poeta Jorge Manrique, que nos dejó para siempre una composición elegíaca a la que llamó Coplas, audaz denominación para una elegía, cuando esta se califica como “composición poética triste” (RAE). Una copla es una “composición poética que sirve de letra para una canción popular”, aunque también puede aceptarse como simplemente “versos” (RAE). Pero sea como fuere, las Coplas de Jorge Manrique, es una elegía,  como también lo es el poema a la muerte de Ignacio Sánchez Mejías que le escribiera al torero poeta, Federico García Lorca, llamándola Llanto, y también lo es, la llamada sencillamente Elegía, escrita por Miguel Hernández, con motivo de la muerte de su “compañero del alma”, Ramón Sijé. Y pongo aquí de relieve a las tres grandes y definitivas composiciones elegíacas de la lengua castellana, del padre o del amigo, para que podamos elegir cuál sea para nosotros, lectores, la mejor de ellas, dando por sentado que todas se corresponden con aquella primera acepción de la RAE de “composición poética triste”. Con todo el sentimiento elegíaco que tienen, ya quedarán en la historia de la poesía para los recuerdos de Rodrigo Manrique, de Ignacio Sánchez Mejías y de Ramón Sijé.

Jorge Manrique nace en la segunda mitad del siglo XV, tiempos tempestuosos para Castilla, y es hijo del noble castellano Rodrigo Manrique y de su primera mujer, Mencía de Figueroa. Don Rodrigo Manrique fue conde de Paredes y maestre de Santiago, e hijo segundo de Pedro Manrique, adelantado mayor del reino de León, y su aspecto fue definido por Hernando del Pulgar (1436-1493), en su obra Claros varones de Castilla, como un “omne de mediana estatura, bien proporcionado en la compostura de sus miembros; los cabellos tenia roxos e la nariz un poco larga. Era de linaje noble castellano”.

Retrato de Jorge Manrique realizado por Juan de Borgoña (Wikimedia).

Jorge Manrique fue también sobrino del noble y poeta castellano Gómez Manrique (Amusco, 1430-Toledo,1491), que intervino activamente en la política, e influyó en el reconocimiento de la princesa Isabel como heredera de Castilla y en su matrimonio con don Fernando de Aragón, a los que sirvió lealmente. Gómez Manrique destacó como poeta con su Cancionero que lleva su nombre y como  dramaturgo, en cuyo tenor destaca la Representación del Nacimiento de nuestro Señor.

La vida de Jorge Manrique se vio vinculada a los avatares álgidos vividos por Castilla en este final de la Edad Media. En 1454, muere el rey de Castilla Juan II, cuyo reinado se vio presidido por los enfrentamientos de la nobleza castellana con el valido del rey, don Álvaro de Luna que, tras la batalla de Olmedo (1445), declaró la supremacía del monarca, lo que no impidió el que años después (1453) el condestable, don Álvaro de Luna fuera ejecutado en Valladolid.

Y ¿cómo era Jorge Manrique? Azorín, en su publicación Al margen de los clásicos (Residencia de Estudiantes, Madrid, 1915), nos dirá que “Jorge Manrique es una cosa etérea, sutil, frágil, quebradiza. Jorge Manrique es un escalofrío ligero que nos sobrecoge un momento y nos hace pensar. Jorge Manrique es una ráfaga que lleva nuestro espíritu allá hacia una lontananza”. No le discutiré al maestro de Monóvar tan bellas afirmaciones, pero acaso no se alcanza a sostener tanta riqueza del lenguaje, con quien fue un soldado poeta, bravo y luchador, del que Hernando del Pulgar, en su Crónica de los Reyes Católicos, don Fernando y doña Isabel, nos relata que “don Jorge Manrique e Pero Ruiz de Alarcón peleaban los más días con el marqués de Villena e con su gente; e había entre ellos algunos reencuentros, en uno de los cuales el capitán don Jorge Manrique se metió con tanta osadía entre los enemigos que, por no ser visto de los suyos para que fuera socorrido, le firieron de muchos golpes, e murió peleando cerca de las puertas del castillo de Garci Muñoz, donde acaeció aquella pelea, en la cual murieron algunos escuderos e peones de la una e de la otra parte”.

Antonio Serrano de Haro, en su estudio Personalidad y destino de Jorge Manrique, nos habla del retrato del poeta que se conserva de la Biblioteca Provincial de Toledo y nos dice que dicho retrato “debe proceder de la colección Lorenzana y, por tanto, sería pintado en el siglo XVIII. Muestra un doncel italianizante del “cuatrocento”. Nada sabemos en realidad de su apariencia física”. Y, tras referirse al físico conocido de sus cercanos familiares, nos cita a Palencia quien hace alusión al mismo en su Crónica de Enrique IV, donde nos dice que “conocía personalmente a D. Jorge”, expresándonos lo que podría implicar su aspecto externo al referir que “al enfrentarlo con sus enemigos, les infundía espanto con su natural fortaleza”.

Sea como fuere, quedemos en que Jorge Manrique fue un noble caballero castellano, un guerrero y un amante de la hermosura, reflejada desde luego como poeta, insertado en el amor cortés como había sido concebido el amor por los poetas provenzales y cortesanos para los que  el amor era el eje de la existencia.  

Jorge Manrique, que pronto comenzó sus hechos de armas, siendo “caballero santiaguista trece” y comendador de Montizón, apoyó como toda su familia la coronación del infante don Alfonso (1468), en vida de su hermano Enrique IV, y luchó por la  candidatura de Isabel contra la de Juana la Beltraneja, y es por la causa de sus monarcas cuando, en 1479, murió luchando frente al marqués de Villena, en Garci Muñoz.

Jorge Manrique, además de caballero que encontró la muerte en combate, fue un importante poeta cuya obra se integra con unos 2300 versos que fueron clasificados en los grupos de poesía amorosa, de poesía burlesca y poesía moral.

Pero Jorge Manrique, a pesar de ser un estimable poeta de cancionero, no hubiera pasado a un lugar glorioso de no haber sido el autor de las Coplas a la muerte del maestre don Rodrigo, su padre, que compuso casi al final de su corta vida al fallecer el maestre en 1476 de un terrible cáncer que le desfiguró el rostro, poema que desde su aparición ha sido uno de los  más conocidos y admirados de la lengua española.  

Dice José-Carlos Mainer, en su libro Historia mínima de la literatura española (Turner Publicaciones S.L., Madrid, 2014), que las Coplas, “desde su aparición han sido uno de los poemas más conocidos y admirados. Nada es original en ellas; ni las estrofas de pie quebrado, que pautan con tanta eficacia el lenguaje sentencioso y contenido; ni las consideraciones morales cristianas y estoicas; ni el recuerdo conmovido de la vida caballeresca y militar de su tiempo; ni las comedidas referencias al mundo clásico; todo esto formulado a través de inolvidables interrogaciones retóricas. Manrique acertó a dar curso a dos tópicos muy vivos de su época: la consideración filosófica del espanto de la muerte y la aspiración a una nueva vida, que se aposenta en el recuerdo del difunto y de la fama lograda (la otra “vida gloriosa/ que acá dexais”).

Las Coplas, están compuestas de estrofas de doce versos de los cuales ocho son octosílabos y van seguidos, cada dos, de otros quebrados de cuatro, metro considerado por Menéndez y Pelayo como muy adecuado para un sentimiento profundo.

El sentimiento profundo de Jorge Manrique por la muerte de su padre

Américo Castro, en 1930, nos dirá en Un recuerdo a Jorge Manrique (La Nación, Buenos Aires) que “Las Coplas de Jorge Manrique, por muchas que sean sus conexiones tópicas con el pasado literario, valdrán siempre como el destello de una conciencia iluminada en ese supremo instante en que las ráfagas de los arreboles y los violetas entablan contra el crepúsculo un combate tan perdido como ganado para el contemplador. El ocaso es aquí extinción y a la vez salvación de sí mismo”. 

Américo Castro. Fotografía del Archivo histórico de Sinaloa (Wikimedia).

El poema de Jorge Manrique se estructura, según los exegetas literarios de la obra, en tres partes como lo son las tres facetas de la vida: la vida terrena, la vida de la fama y la vida eterna. Y es en la primera de esas partes, donde las Coplas nos ofrecen una profunda meditación sobre la vida con carácter universal y filosófico, para que hombre recuerde su condición mortal y su destino divino. Y así comienzan las mismas con una enunciación en tono exhortativo:

Recuerde el alma dormida,
avive el seso e despierte
contemplando
cómo se passa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parescer,
cualquier tiempo pasado
fue mejor.

Y saltando a la Copla tercera, nos llegará bien pronto la que los estudiantes de nuestro lejano Bachillerato aprendimos en los libros de Gramática y Literatura y no olvidaremos jamás:

Nuestras vidas son los ríos 
que van a dar en la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
e consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
e mas chicos;
allegados son iguales
los que viven por sus manos
los ricos.

Es muy brillante este verso. Así son nuestras vidas, como ríos que van a dar a la mar,  confluyendo todos en ella “que es el morir”;  y todos como iguales: “los que viven por sus manos e los ricos”. Nótese que el poeta es un miembro de la nobleza, y nótese el tiempo histórico y local de su escritura: tiempos de nobles y de siervos; tiempos de castillos y de villanos.

La estrofa IV parte del termino Invocación donde nos va refiriendo el mundo, sus plazeres e dulçores.. y un repaso a la historia y los hechos y personajes  vividos, donde no faltará el condestable don Álvaro de Luna, el marqués de Villena, don Juan de Pacheco, Maestre de Santiago y su hermano don Pedro Girón, Maestre de Calatrava, enemigos de los Manrique,  para llegar al fin a la estrofa  XXV en la que Jorge Manrique inicia el elogio de su padre, don Rodrigo, a quien en las siguientes estrofas, hasta la XXXIX, que estarán dedicadas específicamente al Maestre.

El condestable Álvaro de Luna pintado, por encargo de su hija, por Sancho de Zamora (Wikimedia).

En la Estrofa XXV nos dice:

Aquel de buen abrigo,
amado por virtuoso
de la gente,
el maestre don Rodrigo
Manrique, tanto famoso
e tan valiente;
sus hechos grandes e claros
non cumple que los alabe,
pues los vieron,
ni los quiero hazer caros,
pues qu´el mundo todo sabe
cuales fueron.

No dejará Jorge Manrique de alabar a su padre en las siguientes Estrofas, y hasta el Maestre le contestaraá en la Estrofa XXXVIII, y se dirigirá a Jesús en la Estrofa XXXIX:

Tú, que por nuestra maldad,
tomaste forma servil
e baxo nombre;
tú, que a tu divinidad
juntaste cosa tan vil
como es el hombre;
tú, que tan grandes tormentos
sofriste sin resistencia
en tu persona,
non por mis merescimientos,
mas por tu sola clemencia
me perdona”.

Y el final en la Copla XL:

Assí, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer
y de los hijos e hermanos
e criados,
dio el alma a ge la dio
(el cual la dio en el cielo
en su gloria),
que, aunque la vida perdió,
dexónos harto consuelo.

Dice Federico Carlos Sainz de Robles, en un comentario de Jorge Manrique para un ejemplar de la colección de los clásicos del “Círculo de Amigos de la Historia”, que “Su gloria está unida a las Coplas a la muerte de su padre, elegía maestra incomparable, pasmo de todas las literaturas” y añade que, además de las coplas dedicadas a su padre, “en las restantes, reprime su propia pena ante el dolor universal y humano y —citando a Menéndez y Pelayo— “lo que da eternidad a estas coplas y las convierte en un doctrinal de cristiana filosofía”. Y concluye recordándonos que Lope de Vega dijo de estas coplas que “merecían estar escritas con letras de oro”.     

Monumento a Jorge Manrique en Paredes de nava. Fotografía de Zarateman (Wikimedia).

Jorge Manrique volcó todo su amor por su padre en estas Coplas que le han hecho inmortal. Unas Coplas que para mí se alejan de lo tétrico. Su primera parte son casi unos “ejercicios espirituales”; su final, el recuerdo de un hombre poderoso que entrega su alma con la sencillez y el ruego de una vida mejor. 

He querido traer aquí estas Coplas como recuerdo y elogio de un poeta muy nuestro que no debemos alejar demasiado en el tiempo. Yo entiendo que el deber de un escritor es sentirse en comunión con los escritores de cualquiera de los tiempos, sin estridencias ni compromisos ajenos, con la hermandad en el sentimiento.

Y en esta ocasión me ha tocado recordar a Jorge Manrique, que nos precedió en el tiempo.  

Julio Calvet Botella

Magistrado y escritor. Colaborador de la APPA.

6 Comments

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  • Que estupenda introducción a las Coplas manriqueñas, querido amigo. Una de las piezas luctuosas más hermosas de nuestra literatura. Un abrazo.
    Juan C. Lozano.

  • Gracias Señoría.
    Gracias D. Julio por está magistral clase de historia y de literatura a la par.
    Como amante de la poesía y curioso de aquellos tiempos y batallas me llega todavía más por mi condición de villenense y por las andanzas del Marqués de Villena y todo lo relacionado con los Pacheco.