Hay profesiones que parecen distintas y, sin embargo, nacen de una misma necesidad: comprender el mundo y contarlo. Escritores y periodistas comparten esa vocación de convertir la realidad en palabras, aunque lo hagan desde perspectivas diferentes. El periodista busca el pulso inmediato de los acontecimientos; el escritor aspira a descubrir el significado profundo que permanece cuando la actualidad ya ha pasado. Pero ambos trabajan con la misma materia prima: la observación, la curiosidad y el lenguaje. Entre ellos existe una simbiosis fecunda que ha enriquecido la literatura y el periodismo durante generaciones.
No es casual que una larga nómina de grandes escritores haya pasado antes —o al mismo tiempo— por las redacciones de los periódicos. Gabriel García Márquez afirmaba, en un célebre discurso “El mejor oficio del mundo”, que «el periodismo es una pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad». Difícilmente puede encontrarse una definición más certera. Esa confrontación diaria con los hechos obliga a mirar, escuchar y comprender antes de escribir. Y esa disciplina deja una huella imborrable en quien luego se dedica a la creación literaria. En sentido inverso, el escritor aporta al periodismo algo igualmente valioso: el cuidado de la palabra, la sensibilidad para captar los matices y la capacidad de convertir una noticia o una crónica en un texto que trascienda la inmediatez. El buen periodismo no consiste únicamente en informar; consiste también en ayudar a entender. Y para eso hacen falta recursos literarios, cultura y una mirada propia.
Gabriel García Márquez no fue una excepción. Tampoco Josep Pla, uno de los grandes prosistas del siglo XX, que dejó escrita otra reflexión luminosa: «el periodisme té una cosa bona: obre un camp vastíssim a l’observació i provoca contactes humans molt variats, sovint plens d’interès». La frase pertenece al prefacio de Vida amarga (1967), donde reunió relatos nacidos de las experiencias del joven periodista que recorría Europa. Pla entendió muy pronto que el periodismo era una escuela de vida antes que una escuela de escritura. El contacto con personas muy diferentes, la necesidad de observar con atención y la obligación de explicar con claridad fueron moldeando al escritor que después admiraría todo el mundo. Podrían añadirse muchos más nombres. Montserrat Roig, Azorín, Miguel Delibes, Francisco Umbral, George Orwell, Ernest Hemingway… Todos encontraron en el periodismo un laboratorio permanente de observación. Y todos demostraron que la frontera entre ambas profesiones nunca ha sido una muralla, sino un puente.
Quizá por eso la Hoja del Lunes de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante ha alcanzado estos quinientos números con una vitalidad poco frecuente. No es únicamente una publicación periódica. Es un espacio de encuentro entre profesionales del periodismo y colaboradores procedentes de ámbitos muy diversos: escritores, profesores, investigadores, juristas, médicos, economistas, divulgadores, artistas… Personas que aportan miradas diferentes sobre una misma realidad. Quinientos números significan miles de páginas y cientos de firmas. Pero, sobre todo, significan pluralidad. Uno de los mayores méritos de la Hoja del Lunes ha sido precisamente ofrecer un mosaico de estilos, sensibilidades e ideologías. En una sociedad donde con demasiada frecuencia se confunde la discrepancia con el enfrentamiento, resulta especialmente valioso comprobar que es posible compartir un mismo espacio editorial desde posiciones distintas. Esa diversidad enriquece al lector y dignifica la publicación.
Durante estos años, además, la Hoja del Lunes ha sabido adaptarse a una transformación decisiva. Ha dejado de depender exclusivamente del papel para convertirse en una publicación digital, abierta y fácilmente accesible. Puede parecer un cambio técnico, pero es mucho más que eso. Antes, un artículo nacía con fecha de caducidad; hoy permanece disponible para cualquier lector que llegue a él semanas, meses o incluso años después. Los buscadores de Internet y los algoritmos permiten que un texto encuentre nuevos lectores cuando un tema vuelve a cobrar actualidad o cuando alguien investiga sobre una cuestión concreta. La vida útil de un artículo ya no termina el lunes siguiente. Continúa mientras conserve interés, y eso modifica profundamente la relación entre quien escribe y quien lee.
Lo digo también desde una experiencia muy personal. Hace cuatro años acepté la invitación para colaborar en esta publicación. Desde entonces he tenido la fortuna de escribir más de doscientos artículos con absoluta libertad. Respeto para escoger los temas, para expresar opiniones y para acercarme al periodismo desde mi condición de escritor. Esa confianza es, probablemente, el mayor reconocimiento que puede recibir un colaborador. Por eso quiero agradecer expresamente a la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante su apuesta constante por este proyecto y felicitarla por alcanzar este simbólico número quinientos. Y, de manera muy especial, quiero dar las gracias a su presidenta, Rosalía Mayor, que durante estos últimos años ha asumido la coordinación de la Hoja del Lunes y que, en mi caso, siempre encontró una palabra de ánimo para que siguiera escribiendo. Esa confianza explica, en buena medida, la continuidad de una colaboración que ya forma parte de mi propia trayectoria.
Gabriel García Márquez nos recordó que el periodismo sólo se humaniza en su confrontación con la realidad. Josep Pla nos enseñó que esa realidad amplía nuestra capacidad de observar y nos regala encuentros humanos irrepetibles. Entre ambas ideas cabe, probablemente, la mejor definición de lo que ha sido y sigue siendo la Hoja del Lunes: un lugar donde la realidad se observa, se piensa y se comparte desde la libertad y el respeto a la pluralidad.













Me gusta tu propuesta y tu propósito de que periodistas y escritores construyamos puentes.