Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

500 HdL

Una ventana amable para mirar la universidad que cambia

Salvador Ivorra.

Llegar a quinientos números no es una cifra cualquiera. En una publicación digital, donde todo parece medirse por la inmediatez, alcanzar quinientas entregas tiene algo de acto de resistencia tranquila. Hoja del Lunes ha construido un espacio singular: un lugar donde periodistas, colaboradores, amigos de la APPA y lectores curiosos compartimos reflexiones que no siempre caben en otros formatos.

Para mí, escribir aquí es un verdadero lujo. Encontrar un foro donde reflexionar con libertad, sin más filtro que el respeto, el rigor y la voluntad de aportar algo, tiene un enorme valor. Recuerdo con especial cariño la invitación de Rosalía Mayor. Cada vez que coincidíamos en algún acto, con esa simpatía que la caracteriza, me recordaba que tenía que escribir algo. “De lo que quieras”, venía a decirme, “seguro que la forma en la que escribís los ingenieros también aporta otro punto de vista”. Aquello era un reto amable: como si quienes vivimos entre números y ecuaciones pudiéramos mirar la realidad con otro tipo de narrativa. En ese camino siempre he encontrado la amabilidad de Marisa Ayesta y la cercanía de Mariano Soriano.

En mi caso, Hoja del Lunes me ha permitido hablar de inteligencia artificial, ingeniería, sostenibilidad, residuos, vocaciones científicas y cambios universitarios. Son temas distintos, pero unidos por una preocupación común: cómo cambia nuestra sociedad y cómo debemos prepararnos sin caer ni en el entusiasmo ingenuo ni en el rechazo automático.

La universidad es uno de los lugares donde esos cambios se perciben con mayor intensidad. Si un universitario de los años 80 volviera hoy a una facultad, encontraría una realidad difícilmente reconocible. Muchos cambios se han acentuado entre el número 1 y el número 500 de esta IV Época de Hoja del Lunes. Mientras la revista consolidaba su espacio digital, la universidad cambiaba planes de estudio, métodos docentes, prioridades estudiantiles, evaluación y una percepción de pérdida de autoridad del profesorado en la transmisión del conocimiento frente a internet y las redes sociales.

La biblioteca, durante años corazón silencioso del aprendizaje, ha ido dejando paso a salas de estudio donde los libros apenas se consultan. Hace poco, una estudiante de tercer curso se sorprendía al descubrir el contenido que había en los libros de mi biblioteca de Resistencia de Materiales o de Cálculo de Estructuras. Para ella, el libro técnico ya no es la puerta natural de entrada al conocimiento. Hace casi 2500 años, Aristóteles ya decía: “Las raíces de la educación son amargas, pero el fruto es dulce”; quizá la inmediatez nos hace olvidar el valor de ese esfuerzo.

Aquí aparece la Generación Z. Roberta Katz, en su libro Gen Z, explained: The art of living in a digital age, describe a estos jóvenes como la primera generación que no ha conocido un mundo sin internet. No usan la tecnología como herramienta añadida, sino como parte natural de su forma de relacionarse, aprender y construir identidad. A veces se les caricaturiza como frágiles o dispersos, pero son pragmáticos, colaborativos y sensibles a la autenticidad. Entenderlos no significa renunciar a la exigencia, sino adaptar mejor la enseñanza: proyectos, aula invertida, trabajo colaborativo, retroalimentación rápida y uso inteligente de herramientas digitales.

También están cambiado las prioridades vitales de estas nuevas generaciones. Muchos universitarios, egresados y doctorandos sitúan la vida personal en un lugar más relevante que generaciones anteriores. Despachos y laboratorios que hace menos de una década permanecían iluminados hasta altas horas hoy se vacían antes. Tal vez antes confundimos vocación con disponibilidad absoluta; tal vez ahora no siempre se comprende que investigar exige una intensidad difícil de encajar en un horario rígido.

San Agustín de Hipona escribió que “nosotros somos los tiempos”, y quizá conviene recordarlo antes de señalar con demasiada facilidad a los jóvenes como únicos responsables de lo que cambia. Quienes llegan hoy a la universidad lo hacen con unos hábitos, unas expectativas y una forma de mirar el mundo que no han surgido de la nada: son también el resultado de decisiones familiares, sociales, educativas y políticas acumuladas durante años. Algo parecido ocurre con el profesorado y con la propia institución universitaria. Para muchos padres, la docencia debería ser la prioridad natural del profesor universitario. Sin embargo, el sistema valora cada vez más la publicación científica, la captación de proyectos, los indicadores y los registros. Publicar, conseguir financiación, volver a publicar y volver a justificar. El pensador Peter Drucker advertía que pocas cosas son tan inútiles como hacer con gran eficiencia algo que no debería hacerse. Y esa advertencia resulta especialmente oportuna cuando dedicamos tanto esfuerzo a medir, registrar y justificar, pero no siempre nos detenemos a preguntarnos si todo ello mejora de verdad la enseñanza, el aprendizaje o la vida universitaria.

Y mientras todo esto ocurre, ha llegado el gran tsunami: la inteligencia artificial. Hace apenas dos años parecía una herramienta llamativa; hoy forma parte de la vida diaria de muchos profesionales. Algunos reaccionan intentando poner puertas al campo con detectores, restricciones o exámenes blindados. Ahora la IA nos obliga a dar otro paso. El conocido investigador en computación Andrew Ng la ha comparado con una nueva electricidad, capaz de transformar múltiples sectores.

La pregunta no es si la universidad debe aceptar la inteligencia artificial, sino cómo incorporarla. No tiene sentido evaluar algunas competencias como si estuviéramos en los años noventa. En programación, resulta difícil justificar que la prueba principal sea escribir código sobre una hoja en blanco, ignorando que cualquier profesional trabaja con editores, documentación, repositorios, buscadores y herramientas de IA. La informática, como recordaba el científico Edsger Dijkstra, no trata solo de ordenadores, del mismo modo que la astronomía no trata solo de telescopios. Enseñar debe orientarse a plantear problemas, verificar soluciones y usar herramientas con criterio.

Si una máquina puede resolver tareas rutinarias, deberemos enseñar mejor aquello que no es rutinario: el juicio, el criterio, la capacidad de formular buenas preguntas, la ética profesional y la responsabilidad sobre las decisiones tomadas. En ingeniería, una herramienta puede ayudar a calcular, pero no debe sustituir la responsabilidad del técnico que firma, decide y responde ante la sociedad.

En este contexto, Hoja del Lunes adquiere un valor especial. Permite contar estas transformaciones sin la rigidez de un artículo académico ni la urgencia de una noticia. Por eso he escrito aquí: porque puedo abrir una ventana desde la universidad hacia la sociedad alicantina y porque al otro lado hay lectores que no buscan dogmas, sino miradas, preguntas y reflexiones.

Dicen que Steve Jobs decía que no podemos conectar los puntos mirando hacia adelante, sino solo mirando hacia atrás. Tal vez dentro de unos años entendamos mejor lo que ahora vivimos. Mientras tanto, Hoja del Lunes nos ayuda a poner palabras a los cambios y a recordar que pensar en voz alta sigue siendo una hermosa forma de construir comunidad.

Gracias a Rosalía, a Marisa, a Mariano, a la APPA, a quienes hacen posible cada número y a quienes leen estas páginas para aceptar que, a veces, los ingenieros también opinemos más allá de planos y ecuaciones. Y gracias por recordarnos una paradoja querida: aunque se llame Hoja del Lunes, la edición se cierra el jueves. Para quienes necesitamos madurar las ideas, el jueves siempre llega demasiado pronto. Así que conviene empezar a pensar no en este jueves, sino en el jueves de dentro de dos semanas.

Salvador Ivorra Chorro

Catedrático de Universidad en el área de Mecánica de los Medios Continuos y Teoría de Estructuras en el Departamento de Ingeniería Civil de la Universidad de Alicante.
Vicerrector de Infraestructuras, Seguridad Laboral y Sostenibilidad en la Universidad de Alicante.

3 Comments

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  • Excelente reflexión, como siempre.
    Un recorrido de un antes y un después en la vida universitaria y como ha evolucionado la docencia.

  • Muy bueno este artículo que además es de lo que se deben leer. Y reflexiono contigo que ante los que creen que la IA y la tecnología empobrece la enseñanza y la facilita y no se aprende.
    Para mi la IA no idiotiza a los alumnos y aumenta la capacidad de los profesores. Muy al contrario lo que está claro es que los profesores (en general) ven otra oportunidad de trabajar menos, es duro pero es así. Muchas veces. esto hace que las posibilidades que ofrece la IA sean mal enseñadas y mostradas a un alumnado que solo tiene que hacer preguntas que ni siquiera lee, tras la respuesta de la IA.
    Verdaderamente creo que estamos ignorantes en el uso de esta herramienta. Me parece que volvemos a un momento crítico de la humanidad y el conocimiento, igual que en alta edad media los monjes comenzaron a copiar textos y libros y consiguieron transmitir la sabiduría pasada al futuro y muchos de ellos tuvieron problemas para hacerlo, ahora queremos quitar el pergamino y la pluma a las generaciones que tienen en su mano toda la información posible. Nos dan miedo sus posibles consecuencias sin saber sacar el verdadero jugo a lo que nos ofrece. Pensar en cómo hay que hacer con los datos para que se aprenda, en lugar de copiar, cómo hacer leer y confrontar resultados, debatir, como ampliar los conocimientos en varias áreas de estudio en todos los grados. Ahora que se puede estamos olvidándonos de que la creatividad es la ventaja humana a una IA que es la suma de nosotros mismos.
    Los educadores, los transmisores del conocimiento, deben ser los que abran caminos y los que trabajen duro para que las herramientas que aporta la tecnología sean útiles para todos. Perdona el rollo.

    • Me ha gustado que un ‘técnico’ cite a San Agustín de Hipona, un santo que también era un sabio y no sólo porque dijera “nosotros somos los tiempos”. Gracias, Salvador, por tu soberbio artículo. No me quiero extender tanto como el gran Pedro Picatoste, pero no me quedo con las ganas de recordar una frase de un sermón del de Hipona: “ama y haz lo que quieras”… con la IA y con lo que sea.