Tengo la imagen grabada a fuego en la mente del niño que era entonces cuando, como ahora, el calor se hacía dueño del territorio, cuando las piedras abrasaban. Para las gentes como mi abuelo materno, que vivían de lo que cultivaban en la tierra, su método de supervivencia era simple. Consistía en adaptarse. En anticipar. Empezaban a trabajar la tierra que les procuraba el sustento a toda la familia antes de que el sol despuntara en el horizonte y dejaban de hacerlo pronto, muy pronto, como a media mañana. En el centro del día, esas largas horas que van de las once de la mañana a las seis de la tarde, buscaban el abrigo de las viejas casas de muros recios. Los campos, mayormente, se abandonaban al albur del canto de las chicharras. Era su método. Un método milenario, que sabían que no podían quebrar porque la alternativa era la amenaza de la misma muerte. Su propia muerte.
Hoy, en cambio, que creemos que tenemos todo el conocimiento, eso que ahora llaman datos, no somos capaces de medio organizar la vida. De adelantarnos al nuevo escenario, ese que los científicos nos decían que era lo que iba a ocurrir y que está ocurriendo, ¡vaya si está sucediendo! Incluso más deprisa incluso de sus vaticinios. De planificar y anticiparnos. Y la realidad es la que es a poco que desbrocemos entre la actualidad asfixiante de tertulias y tertulianos.
Ahí está Francia, y media Europa, asolada por unas temperaturas nunca vistas, observando, absorta y extrañada, casi paralizada, cómo algunas de sus principales infraestructuras colapsan. El calor ha obligado al cierre de centrales nucleares, ese emblema tan suyo. Los trenes, metros, tranvías se paralizan porque las infraestructuras que los sustentan quiebran, no están preparadas para esta nueva realidad y estas altas temperaturas anunciadas porque era mejor y más cómodo no mirar. Los colegios tienen que cerrar también sus puertas, cambiar e improvisar calendarios escolares a medio curso, pues la vida dentro de las aulas estaba pensada para el frío pero no para el calor. Esta es la nueva realidad a la que se enfrenta la grandeur de una de las naciones más orgullosas de sí mismas, pero no solo.
Otro dato demoledor que está sucediendo en media Europa, también en España, es la elevada mortandad de sus habitantes, mayormente personas mayores, por causa del calor. Las estadísticas de estas muertes no previstas se disparan por miles y miles, empujadas por un parque de viviendas precario y unas ciudades pensadas para los turistas-trolleys en un constante y voraz ir y venir, ciudades que van dejando de lado la vida y condiciones de sus propios habitantes, los que viven en ellas, que no han sido pensadas ni acondicionadas a esta nueva realidad. Las ciudades, sus dirigentes, se ven improvisando refugios climáticos a regañadientes, como muestra y signo claro de su propio fracaso. Ese es el drama. Que la cobardía en la toma de decisiones de ayer nos obliga a tomarlas hoy tarde y mal. Seguimos haciendo políticas como si nada estuviera a punto de pasar, como si no estuviera pasando ya.
Este paisaje dantesco, nada que no pudiéramos haber previsto, incluye también incendios de esos que ahora llaman fuegos de cuarta, quinta o sexta generación, que, mezclados con la gasolina del negacionismo climático de los gobiernos que van surgiendo aquí y allá, con sus criminales recortes de partidas de emergencias y lucha contra las consecuencias de esta nueva realidad climática, nos aboca a un incierto futuro, a muertes que no deberían tener lugar, asesinatos silenciosos. Es como sucede aquí en la Comunidad Valenciana estos días, donde en la negociación de los presupuestos al parecer lo que en verdad importa, casi lo único que importa, es esa cosa zafia de la prioridad nacional, el recorte de ayudas y subvenciones a organizaciones tan sospechosas como la misma Cruz Roja impuestas por Vox y aceptadas, sonriente y alegre, por ese amigo del alma de nombre Juanfran Pérez Llorca. Si mi abuelo, ya fallecido, y tantos como él, se hubiese visto obligado a vivir en medio de alguna de estas ciudades turistificadas, en donde lo único que parece importar ya es el precio del metro cuadrado de AirB&b y su rentabilidad en los mercados criptos, sería, a buen seguro, otra potencial víctima. Una más de esas que estos días engrosan las frías estadísticas que nos hablan del exceso de mortandad provocada por un hecho tan predecible como es el calor. Él, y tantos como él, que pronto supieron que el trabajo y el descanso tienen sus límites, no habría sido capaz siquiera de organizar su propio horario en estas ciudades abrasadas por la indolencia de quienes las gobiernan… y la avaricia de quienes las explotan y saquean veinticuatro horas al día. 365 días al año. Sin tiempo para el descanso.
Imagen de portada: www.depositphotos.com.













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