Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

Al paso

Si no tienes religión estás cojo (III Venezuela)

Estampa de la Virgen de Coromoto (Wikimedia).

No es fácil hablar de Dios cuando nos golpea una catástrofe como la de Venezuela. ¿Qué nos dice la fe ante un desastre de tales dimensiones? Miles de muertos y desaparecidos. El dolor puede ser tan fuerte como la rabia y la desesperación. Puedes sentir la tentación de clamar al cielo y enfrentarte al Altísimo. O puedes, como han hecho algunas familias venezolanas, improvisar pequeños altares con imágenes o estampas de la Virgen María, en alguna de su advocaciones más populares y queridas, entre ellas la de la patrona de la nación, Nuestra Señora de Coromoto, cuya aparición milagrosa al cacique de la tribu de los cospes, en Guanare, tuvo lugar en 1652.

La fe no explica las tragedias naturales, que obedecen a leyes de la naturaleza. Es cierto que Dios las permite y es muy difícil aceptar esa permisividad del Altísimo, a quien no podemos estar pidiendo que haga milagro tras milagro.

La Iglesia venezolana cree que los milagros los hace Dios por medio de todos nosotros. A su imagen y semejanza nos hizo a hombres y mujeres y nuestra misión es comportarnos como hermanos, hijos de un mismo Dios y, por deseo de Jesucristo clavado en la cruz, hijos de María. No hemos elegido nosotros a Jesús y María, nos han elegido ellos. Ya sabemos que este mundo es un valle de lágrimas. A los que se van hay que desearles el cielo. Creo que las víctimas de los terremotos van directas al cielo. A sus familiares hay que ayudarles a tope, primero para que sanen sus profundas heridas interiores, más terribles que el hambre o dormir a la intemperie. Y, luego, un largo acompañamiento hasta que sus vidas se parezcan lo más posible (ya nunca serán iguales) a las que tenían antes de la tragedia.

La catástrofes tienen varios mensajes claros, especialmente el de la fragilidad de la naturaleza humana y el de la solidaridad entre todos los humanos al margen de nuestras naciones, razas y religiones. Los países, con sus gobiernos al frente, aportan sus granitos de arena y numerosas organizaciones no gubernamentales compiten en colaborar a sanar las heridas físicas, sicológicas y materiales de miles de familias de Venezuela que tardarán mucho tiempo en recuperar una cierta normalidad. La Iglesia Católica concentra sus actuaciones, sobre todo, en las Cáritas nacionales en coordinación con la venezolana. Las aportaciones más importantes y necesarias, por eficaces, son las económicas, pues ellas garantizarán, en buena parte, la difícil y muy compleja reconstrucción. Los lectores que quieran aportar una cantidad de dinero en solidaridad con Venezuela tienen, entre otros caminos, contactar con Cáritas. Cáritas es caridad y caridad es sinónimo de amor. Una vez más, en la religión católica, al principio y al final de nuestras acciones, tiene que aparecer el nuevo (y casi único) mandamiento: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. A veces no es fácil, pero es lo que hay.

Ramón Gómez Carrión

Periodista.

2 Comments

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  • De lógica científica es que
    toda creación es fruto inexorable de un Creador
    -bien sea la Naturaleza Suprema Universal o una Inteligencia Suprema sintiente-
    que presiento aparecerá ante nuestros ojos
    más pronto que tarde…

    Abrazo agradecido…

    A esperar toca…

    • El mensaje de Jesucristo (“Amaos los unos a los otros como yo os he amado, hasta la muerte”) caló en las élites del Imperio Romano, hasta el punto que, tras tres siglos (¡trescientos años!) de martirizar cristianos, el emperador Constantino (primero se convirtió su madre, Santa Elena), legalizó el Cristianismo y hasta presidió el Concilio de Nicea en el año 325. Y más tarde, otro emperador, éste hispano, nacido en la localidad segoviana de Coca (en tiempos de la Hispania romana se llamaba Couca) proclamó el Cristianismo religión oficial del imperio. Un error. Jesús dejó bien claro esto: “Mi reino no es de este mundo”. Los verdaderos cristianos no deben conquistar el mundo y sus riquezas (tampoco las ‘irregulares’ joyas) sino las conciencias de los seres humanos -mujeres y hombres- para que sean solidarios los unos con los otros, que en eso, más que en ninguna otra cosa, consiste el amor. Me gustaría que todos descubriéramos, como Gandhi, la inmensidad inigualable del más grande nacido de mujer, quiero decir Mujer, quiero decir María, hoy, día 16, madre y protectora de las gentes del mar, en su advocación de Virgen del Carmen y la misma madre de todos con distintas advocaciones, siempre cercana, como lo fue con el indio Juan Diego, ese ‘pobretico’ indígena mexicano que tenía miedo de volver a trasladarle al obispo Juan de Zumárraga el deseo de la Virgen de que le construyera una ermita en el cerro Tepeyac. Esa Virgen de Guadalupe, emperatriz de América, que le dijo a ‘Juanito’ que no tuviera miedo ni al obispo ni a nadie porque ¿”acaso no te tengo yo un sitio reservado entre mis brazos”? ¡Qué pena que se haya perdido en gran parte las esencia del Cristianismo, coincidente totalmente con el mejor humanismo!