La historia se repite. Y el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla. Son frases coloquiales, generalmente repetidas y aceptadas. Pero, ¿es cierto que existe esa continua repetición? Parece que nadie inventa nada que no estuviera ya inventado, aunque muchos crean que sí. Incluso hay personas incautas, ingenuas o, peor aún, ignorantes, que creen haber inventado el sexo, la astucia o la desfachatez.
La historia se repite, en general, sí, pero nunca de la misma manera. Los reyes han sido capaces de matar a sus hermanos para alcanzar el trono, como sucede en Hamlet, allá en aquella Dinamarca medieval de ficción. Aunque, siendo ficción, seguro que haberlos, húbolos. También es sabido que algún rey persa mandó matar a su padre para ocupar el trono, y que el célebre Iván el Terrible mató a su propio hijo en un ataque de ira. La llamada del poder, el ego, el miedo, la soberbia, el ansia de ser alguien o algo más que los demás, son constantes en la historia de la humanidad.
A lo que interpela ese consejo inicial es a la necesidad de saber, conocer y estudiar los errores que nos llevan a equivocarnos. En teoría, conocerlos debería evitar que los repitiéramos. Pero no es así, ¿verdad? Porque cuando nos encontramos ante algo ya conocido entra en juego la variable humana. ¿Seremos inteligentes, malvados o, lo más común, estúpidamente estúpidos?
Y eso que lo más alucinante de la historia es que está basada en hechos reales.
Casi que la muerte del rey Favila a garras de un oso parece de lo más honorable que puede encontrarse. Sabemos también que el papa Formoso fue desenterrado, ya bastante descompuesto, para ser juzgado y condenado por su sucesor; un asco. Que, en Estrasburgo, en 1518, varias personas empezaron de repente a bailar de forma incontrolable. El episodio duró semanas y llegó a afectar a decenas, incluso a cientos de vecinos. Las causas siguen siendo discutidas: histeria colectiva, estrés extremo o intoxicación por cornezuelo, entre otras teorías.
En 1325, Módena y Bolonia, dos ciudades italianas enfrentadas, protagonizaron una guerra que la tradición popular vincula al robo de un cubo de madera. En 1618, varios representantes imperiales fueron arrojados por una ventana del castillo de Praga. Sobrevivieron, según unos, por caer sobre estiércol; según otros, por intervención divina. Según la tradición, el rey persa Jerjes I mandó azotar el mar después de que una tormenta destruyera un puente de barcos que había construido para invadir Grecia. En Inglaterra se implantó un impuesto según el número de ventanas de las casas. Mejor no dar ideas.
Todo muy cuerdo. Absurdo, pero cierto. Y es que somos como somos, y nuestros instintos son tan cortos como nuestras capacidades, sobre todo cuando tenemos poder y miedo a perderlo.
Encontrar algo de luz siempre viene del conocimiento y del saber. Estudiar tal vez nos evite persistir contumazmente en antiguos errores o, al menos, nos permita saber que caemos en ellos por voluntad propia y con todas sus consecuencias. Como Aquiles, que antes de partir a Troya consultó al oráculo y recibió una respuesta bastante clara: si iba a la guerra, moriría en el conflicto, pero su fama y su gloria serían universales, y siglos y generaciones posteriores recordarían sus hazañas. Y allí que fue el guaperas, a morir. Y murió, después del esguince de tobillo conocido.
Marco Antonio y Cleopatra perdieron un imperio por la ansiedad irrefrenable de estar juntos siempre. Dicen que ella tenía una nariz perfecta, pero, a pesar de todo, terminaron suicidandose. También es conocido lo que hizo el faba de Enrique VIII, capaz de crear una iglesia paralela y romper con Roma para poder yacer con su obsesión: Ana Bolena. Eso sí, en paz a los ojos de Dios, aunque hubiera que inventar una institución nueva para conseguirlo.
Helena de Troya también la lió con su adulterio y su fuga: diez años de nada de guerra bestial para poder darse el filete con su amante. Juana la Loca, tras la muerte de su hermoso Felipe, no permitió que la separaran de su cadáver. ¡Qué peste! Calígula demostró que el sexo también puede ser una forma de dominio, crueldad y desprecio. Mesalina llegó a casarse con su amante mientras su marido, el emperador, seguía vivito y coleando. Fue ejecutada. Rasputín, que al parecer era una bestia parda y una especie de sex machine, acabó seduciendo a media corte rusa y fue asesinado por la otra mitad. Especialmente desgarradora e infame es la historia del rey David, que se encaprichó de una mujer casada y envió al marido al frente para que palmara.
Pero quiero terminar diciendo que equivocarse también tiene lo suyo. Es una forma de probar por uno mismo y de atesorar experiencias. Los de Silicon Valley preguntan cuántas veces has fracasado, más que cuáles son tus éxitos. También existe el placer, un poco idiota pero muy humano, de comprobar en tus propias carnes los fracasos pretéritos, porque ingenuamente pensamos que el contexto, la situación o, como se dice ahora, “el estado del arte”, pueden modificar el resultado final.
Pero lo siempre cierto es que si quieres volar demasiado alto, o te quema el sol la cera de las plumas o te pegas un hostión en el mar de Icaria del que no te libra ni la Macarena.
Es un bucle. Una historia sin fin. Un desatino constante. Un intentarlo y fracasar.
Haciendo amigos.













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