Decíamos ayer, en estas páginas digitales de Hoja del Lunes, que muchos y grandes científicos creyeron y creen en Dios. Los cristianos creemos en Dios y en la vida eterna, que es lo mismo que creernos inmortales; que tenemos un alma que no muere con el cuerpo, sino que va al cielo o al purgatorio tras la muerte corporal y luego, al final de los tiempos, volverá a unirse a nuestro cuerpo glorioso para toda la eternidad. No me digan que no es un buen plan de futuro. Toda una eternidad para disfrutar del paraíso celestial, al lado del cual el paraíso terrenal, el de Adán y Eva, era una copia, incluso puede que una buena copia. Fue una pena que Eva primero desobedeciera a Dios y comiera la fruta prohibida y luego invitara a Adán a desobedecer a Dios. Y Dios los castiga y convierte su paraíso en un valle de lágrimas, como bien recordamos cuando, rezando la Salve, le decimos a la Virgen María “a ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”.
Luego viene santa Teresa de Jesús y nos canta aquellos versos inolvidables:
“Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero”.
Ella no sólo no tenía miedo a la muerte sino que la deseaba como una liberación para pasar a una vida mejor, la vida contemplativa en el cielo, lejos de tanta miseria terrenal. Y nos encontramos con la sorpresa de que a santa Teresa (siglo XVI) se le había adelantado san Francisco de Asís (siglo XIII), de cuya muerte en 1226 se cumplen ahora 800 años y que, poco antes de morir, dejó escrito su famoso Cántico de las criaturas en el que, tras loar a su señor por el hermano sol, la luna y las estrellas, el viento, el agua, el fuego y la madre tierra con sus flores y su hierba, canta así:
“Loado seas, mi Señor,
por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre
viviente puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:
bienaventurados aquellos a quienes encuentre
en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda
no les hará mal.
Load y bendecid a mi Señor
y dadle gracias y servidle con gran humildad”.
Hay científicos e investigadores médicos modernos seguros de la existencia de fenómenos naturales que demostrarían la continuidad de vida humana tras la muerte corporal, lo que un tanto vulgarmente se materializa en la frase “hay vida después de la muerte”. No porque lo diga la fe de los creyentes, sino basado ese aserto en constataciones científicas. Es asunto apasionante, pero que hoy no es objeto de mi consideración, centrada ésta en lo que nos enseña la religión católica. Hablamos de inmortalidad del alma y también de inmortalidad del cuerpo, inmortalidad ésta que tiene que ver con el dogma de la resurrección. El alma es un soplo divino, con el que el creador hizo a Eva y Adán partícipes de su inmortalidad, que no es lo mismo que su eternidad. Lo eterno es lo que no tiene principio ni fin. Ese es Dios. Los seres humanos sólo somos inmortales. Y no es poco.
Hay gente que no cree en el más allá; piensa que todo se acaba cuando morimos. Otros muchos terrícolas viven con la duda de si habrá otro mundo y otra vida. Y estamos, finalmente, los que creemos que sí, que Dios nos creó amorosamente, nos hizo hijos suyos redimidos del pecado original por Jesucristo y para que seamos herederos de su gloria por los siglos de los siglos, es decir, por siempre jamás, para lo que queda de la eternidad, que no tendrá fin. Y confieso que no me cabe en la cabeza. Ya me resulta casi ininteligible que la Policía, en mi nuevo documento nacional de identidad, ponga como fecha última de validez, el 1 del 1 del 9999. Y hay casi consenso universal entre los científicos para poner el fin de la vida en nuestro precioso planeta Tierra dentro de cuatro mil millones de años.
No me cabe en la cabeza lo que es la eternidad ni cómo será ‘la fin’ del mundo. Me preocupa el día a día y contribuir en lo que pueda a que hoy sea nuestra vida un poco mejor que la de ayer, también la vida de quienes nos rodean, empezando por nuestras familias, amigos y conocidos. Lo que hagamos por los demás, lo hacemos a Dios y nos lo premiará para siempre. Así termina san Francisco de Asís su Cántico de las criaturas: “Load y bendecid a mi Señor y dadle gracias y servidle con gran humildad”.
¿Y sabéis cómo dijo Jesús que se sirve y se ama a Dios? Sirviendo y amando a los demás. Así nos ganaremos la fabulosa inmortalidad. Amén, que quiere decir así sea.













Sólo mata el olvido…
Camino, verdad y vida,
del ejemplar Cristo,
guía de hermandad y humanismo feliz
en la “alegría plena” de Santa Teresa de Jesús…