En un país donde cada cierto tiempo reaparece el lamento sobre los bajos índices de lectura, donde parece obligatorio anunciar el apocalipsis cultural antes incluso de abrir un libro, las presentaciones literarias sobreviven como pequeños actos de resistencia civil. Y quizá precisamente por eso hoy son más necesarias que nunca.
La escritura es, en esencia, un acto solitario. También la lectura. Uno escribe encerrado en sí mismo, peleándose con frases, dudas y silencios; el otro lee en la intimidad, a menudo aislado del mundo, construyendo una relación secreta con el texto. Entre ambos extremos —el autor encerrado y el lector solitario— las presentaciones de libros funcionan como un puente inesperado. Un lugar donde la literatura deja de ser únicamente un objeto y vuelve a convertirse en experiencia compartida. Parto de mi propia experiencia. Lo he comprobado este último año con la presentación de mis dos libros. Gaudeamus igitur: pensar, reflexionar, comentar, publicado por el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, y Nu, publicado por Vincle Editorial, me han permitido descubrir algo que, quizá, había olvidado: que los libros necesitan cuerpo, voz y conversación.
En la presentación del primero participaron Cristina Martínez, directora del Instituto Juan Gil-Albert, y, Rosalía Mayor, la presidenta de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante. En la de Nu, el editor Manolo Gil y la profesora Irene Mira acompañaron la conversación. Pero más allá de quienes estábamos en la mesa, hubo algo que verdaderamente me sorprendió: la participación activa del público. Preguntas, comentarios, discrepancias, conexiones inesperadas con experiencias personales. Personas que habían leído artículos previos, otras que acudían por curiosidad, algunas que simplemente querían escuchar hablar de literatura en tiempos donde casi todo parece reducido a titulares, algoritmos y vídeos de quince segundos.
Y uno acaba preguntándose: ¿por qué viene la gente a una presentación de libros? ¿Qué busca realmente? Porque nadie está obligado a asistir. No se regalan electrodomésticos ni entradas para un festival. No hay espectáculo. Apenas palabras. Sin embargo, las salas siguen llenándose. Tal vez el confinamiento provocado por la COVID dejó una huella más profunda de lo que creemos. Pasamos demasiado tiempo aislados, encerrados detrás de pantallas, consumiendo cultura de manera individual y acelerada. Y ahora existe un deseo evidente de recuperar espacios públicos donde compartir intereses comunes. Los lectores —esa especie silenciosa que algunos dan por extinguida con la misma alegría con la que otros anuncian el fin de la novela cada diez años— buscan proximidad. Quieren formar parte del proceso literario. Necesitan comprobar que detrás de un libro existe una persona real, con dudas, obsesiones y contradicciones. Porque, al fin y al cabo, sin lectores no hay literatura.
Daniel Pennac escribió en Como una novela (1992) que “el verbo leer no soporta el imperativo”. Tiene razón. Nadie puede ser obligado a leer. Pero sí podemos crear espacios donde la lectura deje de percibirse como una obligación académica o una rareza elitista. Ahí reside precisamente el valor de las presentaciones, de las ferias del libro, de los clubes de lectura y de las bibliotecas públicas: convierten la literatura en conversación y comunidad. Y, sin embargo, las administraciones públicas parecen no haberse enterado. Resulta paradójico, pues, escuchar discursos grandilocuentes sobre la importancia de la cultura mientras las bibliotecas continúan siendo noticia por motivos vergonzosos: instalaciones cerradas, horarios insuficientes, plantillas precarias o fondos mal actualizados. Alicante y otras poblaciones cercanas conocen demasiado bien esta situación. Se inauguran auditorios para la foto institucional, pero cuesta mucho más defender una red sólida de bibliotecas públicas. Quizá porque una biblioteca no genera titulares espectaculares. Solo lectores. Y eso parece cotizar poco electoralmente.
Mientras tanto, el sector del libro se resiente lentamente. Los autores seguimos escribiendo, sí, pero conviene desmontar ciertos mitos románticos: no lo hacemos por dinero. El famoso 10 % de derechos de autor continúa siendo una ironía contable más que una fuente de ingresos. Se escribe por necesidad vital, por el impulso irracional de contar aquello que nace en la cabeza y necesita encontrar a otros.
Pero alrededor del libro se acumulan demasiadas inercias preocupantes. Editoriales que apenas arriesgan con obras “incómodas” o difíciles de convertir en lectura obligatoria escolar. Distribuidoras incapaces de dar visibilidad real a muchas novedades. Librerías independientes que sobreviven heroicamente, aunque a veces atrapadas en una oferta demasiado previsible. Plataformas digitales todavía insuficientemente desarrolladas. Y lectores bombardeados casi exclusivamente por campañas de los grandes grupos editoriales. En medio de ese paisaje algo desolador, las presentaciones literarias funcionan como un respiradero. Allí todavía es posible descubrir libros fuera del circuito dominante, escuchar recomendaciones honestas, discutir ideas y establecer vínculos reales entre quienes escriben y quienes leen.
Ray Bradbury advertía en Fahrenheit 451 que no hacía falta quemar libros para destruir una cultura; basta con lograr que la gente deje de leerlos. Quizá el problema actual no sea exactamente que se lea menos, sino que cada vez cuesta más crear las condiciones para leer mejor y compartir esa experiencia. Por eso necesitamos recuperar planes lectores serios, sostenidos y ambiciosos. No campañas fugaces para la foto institucional del Día del Libro, sino políticas públicas decididas de apoyo al sector. Porque leer no solo entretiene: también fortalece el pensamiento crítico y amplía nuestra libertad. Necesitamos lectores capaces de cuestionar, imaginar y pensar por sí mismos. Las presentaciones de libros siguen siendo imprescindibles. Mucho más de lo que algunos creen. Son uno de los pocos espacios donde la literatura todavía respira colectivamente. Donde el libro deja de ser mercancía para volver a convertirse en diálogo. Y quizá ahí resida su verdadera importancia: recordarnos que leer, todavía hoy, sigue siendo una manera de encontrarnos con los demás y de defendernos juntos contra la intemperie. Una sociedad polarizada que exige momentos íntimos de reflexión para afrontar los retos del futuro.













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