No es el mayor de los problemas de nuestro oficio, que tiene un montón de frentes sin resolver y miles de dudas cara al futuro, pero, sin duda, el intrusismo profesional nos deja a los pies de los caballos. Si el líder de la oposición, Feijóo, califica a un activista político de compañero nuestro y de periodista cuando se dedica, no a informar, ni siquiera a opinar, sino a embarrar y acosar, lo tenemos crudo.
Mientras que si fuéramos médicos o abogados los intrusos estarían en la cárcel por ejercer una profesión sin habilitación legal, estos tipos sin oficio ni beneficio campan sin control y se forran el riñón con broncas e intimidaciones. No quiero dar sus nombres, pero tampoco hace falta: son más conocidos por la opinión pública que el periodista de un medio serio que contrasta sus fuentes y ejerce una férrea deontología profesional. Por cierto, conocí a uno de estos supuestos influencers que confundía la deontología con la odontología.
El fenómeno no es de ahora. Los de “Caiga quien caiga” hacían gamberrismo disfrazado de periodismo. Lanzaban preguntas incómodas y hasta estúpidas, pero no acosaban. No reventaban canutazos ni ruedas de prensa y, como mucho, regalaban unas gafas de pasta e iban vestidos con trajes negros y gafas de sol a imagen y semejanza de los “Blues Brothers”. Nadie podía confundir a los hombres de negro con un periodista de Radio Nacional o el ABC, ni ellos lo pretendían. Era humorismo, no periodismo.
Estos agitadores de ahora no hacen bromas ni chascarrillos, lo suyo es dinamitar el sistema, ganar audiencia entre los suyos e impedir el trabajo de los compañeros y de los políticos (de izquierdas, claro). Quién les financia está claro. Son la voz de su amo y el perro mordedor de oscuros intereses.
La verdad es que no me molestan por lo que dicen, que entra dentro del campo de la libertad de expresión cuando no rebasa los límites de la injuria o la calumnia. Me saca de quicio que alguien pueda darles una acreditación de periodistas, que como tal se autocalifiquen y que incluso Feijóo sea capaz de confundir esa bazofia con periodismo.
En este mundo de agitadores, influencers e impresentables siempre dispuestos a inventarse una información o hacer correr un bulo: ¿habrá futuro para el periodista serio que se dedique a comprobar fuentes y trabajar las noticias? Tengo muchas dudas. Incluso las empresas de comunicación necesitan profesionales baratos y ello va, lógicamente, en detrimento de la formación y la calidad del producto.
Los mercenarios que arremeten contra quien les señalan sus pagadores, respetables hombres de negocios que guardan celosamente el anonimato y mandan a sus chuchos a morder, podrán ser cualquier cosa menos periodistas. Confundirlos, a sabiendas, con compañeros me ofende profundamente y lo considero un insulto personal y profesional. Es evidente que sin periodismo libre no hay libertad y que estos activistas, generosamente pagados por la mano que mece su cuna, podrán ser cualquier cosa menos compañeros de oficio.













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