Virus hay muchos. Su sola mención nos provoca ya un cierto desasosiego. Una disrupción irracional de la mente. Un miedo a lo desconocido. Quizás porque tenemos la impresión de que cuando no sabemos explicar la enfermedad, el desarreglo, esa y no otra es la palabra que oímos insistentemente en boca de nuestro médico como explicación a nuestros temores: ¡Eso debe ser un virus!
Si miramos —por intentar aclararnos— en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, ya saben aquella de limpia, fija y da esplendor, habría básicamente dos tipos. Uno, por decirlo así, sería el virus analógico. El de toda la vida. Aunque no se ve a simple vista, es posible creer en su existencia porque así se nos enseñó en los libros de biología, en los libros de la ciencia, mirando el microscopio. “Virus —dice la RAE— es un organismo de estructura muy sencilla, compuesto de proteínas y ácidos nucleicos, y capaz de reproducirse en células vivas específicas, utilizando su metabolismo”. Todo aséptico. Sin daño preconcebido. Hasta ahí parece sencillo. Aunque, eso sí, tengamos algunas dificultades para acabar de entender eso de los ácidos nucleicos.
Luego, tendríamos un segundo gran grupo semántico, una segunda gran definición. Ésta, más moderna. También potencialmente más maligna. A algunas personas de cierta edad nos cuesta de entender y movernos con agilidad en esa otra realidad figurada, aunque lo intentamos. Todo, quizás, ya digo, porque es cosa reciente, digital, tecnológica. Y dice así: “(Virus es) un programa introducido subrepticiamente en la memoria de una computadora que, al activarse, afecta a su funcionamiento destruyendo total o parcialmente la información almacenada”. Aunque nos cueste, aceptamos su existencia. Quizás porque en algún momento de nuestra existencia digital y virtual hemos padecido sus desastrosos efectos. Su irrupción nos ha borrado la memoria envasada en esos artilugios sin los que ya no somos casi nada. No se ve, pero aún así creemos en su existencia. Cuestión de fe.
Pero hay otro, que no aparece —de momento— en la RAE, que es al tiempo analógico y digital, que es —eso sí lo empezamos a saber ya— potencialmente mucho más dañino y destructivo que cualquiera de los dos citados, porque no afecta a un solo organismo si no que nos daña a todos como sociedad. Me refiero al virus declarativo de algunos (ir)responsables políticos —también algunos periodistas— que aprovechan cualquier anomalía, grande o pequeña, cualquier accidente, cualquier desastre natural, para vaticinar el fin de los tiempos. Como esas voces apocalípticas, mezquinas y de tintes surrealistas a cuenta del hantavirus del crucero del MV Hondius que ladran estos días en los noticieros.
Para estos irredentos voceros del desastre, la buena gestión de esta crisis sanitaria es lo de menos. Ellos solo tienen un único objetivo: crear el máximo de alarma social, aventurar padecimientos futuros, dolor inenarrable, provocar confusión y rabia, un disparatado disloque de sentimientos. Poco importa que al mando esté la OMS (Organización Mundial de la Salud), poco importan las opiniones de los científicos. Su marco mental es tan diabólico que pretenden hacernos creer que vivimos en el peor de los mundos posibles, gobernados por malignos sin sentimientos, como Pedro Sánchez, de gentes dispuestas al sacrificio humano por puro disfrute psicopático.
Las palabras de Santiago Abascal afirmando que el presidente del Gobierno es capaz de provocar una epidemia con tal de evitar que-se-hable-de-lo-suyo, forman parte de esa hipérbole, de esta otra y peligrosa variante del virus declarativo. También las de otros dirigentes negando en primer término el auxilio del territorio que ellos cogobiernan. “Me opondré por todos los medios a que el barco venga a Canarias”, vino a sentenciar inicialmente Fernando Clavijo, presidente de las Islas Canarias, negándose a socorrer a los turistas y a los enfermos. Y todo, antes de saber siquiera el alcance de la crisis sanitaria. ¡Casi es imposible imaginar una campaña de imagen en negativo peor para una tierra que vive precisamente del turismo!
En la misma entrada de la RAE aparece el ámbito semántico latino de la palabra que estos días atraviesa la realidad mediática del propio virus, de todo el país. Habla de veneno, de ponzoña. Debe ser que hasta los sabios romanos del imperio fueron capaces de adelantarse al futuro. ¿Estarían pensando en todas esas miserables declaraciones de tipos malignos que estos días aprovechan cualquier ocasión para insuflar miedo, confusión, división?
Necesitamos una vacuna, sí, y no solo contra el hantavirus. Una vacuna que nos prevenga de este otro virus, el que propagan los apóstoles del desastre y la irresponsabilidad una y otra vez.













Gracias, sin silenciar ni obviar que un bacteriófago, también conocido como fago, es un tipo de virus (antídoto contra déspotas ególatras) que infecta específicamente bacterias. Estos virus son altamente especializados (por violentos y radicales) y han demostrado ser herramientas clave en biología molecular (también en las democracias en peligro), microbiología y terapias innovadoras contra infecciones bacterianas (radicales y sectarias) resistentes.
Feliz semana 🤝
Pedro J Bernabeu
PD: No confundir los virus dañinos con un fago aliado del ser humano que destruye virus malignos como auguró George Orwell en su memorable y premonitoria novela 1984 presente en las mentes autócratas…